
Treinta y tres
La vida tenía esas cosas, las obviedades necesarias, como en los diálogos, para confirmarse como vida; verdad de perogrullo: para que alguien advirtiera que aquella forma que tenía delante de sus narices era la de una montaña, pues antes debía haber visto una montaña, o al menos haber oído una descripción del objeto montaña, aunque en este punto, la certeza se prestaría a confusiones; la subjetividad del relator podría fácilmente perderse en la del oyente... y por qué no pensar, entonces, que aquello que parecía vida porque alguien le había dicho que así era la vida, no era una percepción subjetiva y falsa de aquel relato a su vez erróneo y así hasta el primer hombre, colgado del árbol de esta misma desconocida y sin embargo ahí, adelante para que todo el mundo la confundiera. Liberato B. huyó de Nápoles creyendo en las palabras de alguien que le habló de la vida, frases oídas y leídas que hablaban de viajes atormentados y regresos no menos problemáticos y frustrantes; la vida no estaba en Nápoles, o también estaba en Nápoles, repetida y absurda, repleta de sobreentendidos y lugares comunes cuya función era confirmarla, confirmar el error. Para escribir sobre la vida, había que vivir, y allí en el Fioravanti nada era diferente, nada se prestaba a la revelación, o acaso todo servía a ella.
Allí estaban sus personajes, sus diálogos, sus historias, pero era todo tan obvio, tan calcado a la vida, que no podía dejar de preguntarse si harían falta más palabras, las suyas; si alguien podría interesarse por su descripción subjetiva y falsa de aquello que estaba ahí, delante de sus narices, confundiéndose con la inercia de una existencia sin sentido.
En la vida del Fioravanti, en la de Nápoles, en la del mundo, en cualquiera de los límites imaginados, las circunstancias le regalaban, por ejemplo, situaciones en las que se encontraba con una mujer llamada Esperanza en un sitio donde todo el mundo se la inventaba. ¿Era necesaria la obviedad? Hasta su nombre le resultaba más que obvio. Pobre B., suspirando entrecortado en el camarote treintaicinco, perdiendo el hilo de sus penas en el dolor egoísta y ajeno de las damas que lloraban por una muerte sin sentido.
En el corredor opuesto de la tercera, clausurado ahora por una valla improvisada y un marinero aburrido, la gente, en su mayoría españoles, preguntaban a viva voz el motivo de la muerte. No había motivos, ninguna muerte lo tiene más allá de la vida; sin embargo la preocupación era hasta cierto punto justificada. Imaginaban una peste, una invasión de ratas, o cualquiera de los fantasmas conocidos o temidos. La indiferencia no era el mejor remedio, pero el mismo miedo de aquellos obligaba la desidia de estos. Y nadie, absolutamente nadie, reparaba en el calor, en el día atravesando el trópico, en la dirección firme del Fioravanti; las cosas ocurrían ahora, el terror silenciado era presente; y la muerte ya era el pasado.
Un oficial y dos marineros bajaron de la sala de mandos con velones que acomodaron en el treintaicinco, en los bordes de la litera de don Guido.
Liberato observó las velas y pensó que las muertes en el mar habrían de ser corrientes. Se prometió guardar este detalle para el libro que algún día escribiría.
Los preparativos se hicieron en silencio. Esperanza vistió a su padre con la ropa de los domingos; antes tuvo que revolver el baúl y rescatarlas del fondo, pues ya se sabe que en los barcos no había domingos, acaso tampoco había diferencias entre días. Doña Carmela lo aseó lo mejor que pudo, mientras Regina y María encendían los velones. Mientras la acción era el centro, el mundo giraba como siempre, imperceptible, sin risas ni lágrimas, las miradas como piedras, las personas como agua o viento, apenas elementos; pero cuando la escena estuvo dispuesta, cuando las mujeres, unidas por el dolor, contemplaron la improvisada capilla, el llanto espontáneo fue unánime, salvo Carmela, que aún con un brillo húmedo bordeándole los ojos, mantuvo la coherencia repasando las falsas perlas de su Rosario.
Era un hecho, don Guido estaba muerto, y las circunstancias repetidas, los ritos necesarios, como los diálogos y la vida subjetivada, estaban allí para confirmarlo.
Treinta y cuatro
Las cosas ocurren como deben ocurrir, siempre lo supe. Lo bueno, lo malo, los deseos negados, los golpes imprevistos, todo. Es que no hay bueno ni hay malo, solo valoraciones personales. No existen deseos negados, solo el temor de verlos cumplidos. No existen los golpes imprevistos, solo la negación de los signos que los anuncian. Siempre supe que debía volar y preferí caminar en caminos a veces impenetrables, pero otras placenteros y hasta sumisos. Siempre supe que detrás de mi afán por conquistar la Luna, estaba el miedo de llegar y encontrar que no era como la había imaginado. Siempre supe que sería Giovanni y no yo quien pudiera decir si mi supuesto destino le había resultado bueno o malo, cuando aquél simplemente era.
Y ahora que estás conmigo, que te siento entre mis brazos, que tus lágrimas lloran un dolor aún ausente y caen insustanciales sobre el hombro que te ofrezco, que mis manos apenas rozan tus brazos tibios y mis dedos sienten la sutil aspereza de tus ropas, vuelvo a preguntarme si eres tú la Luna que deseo, si debo alcanzarte en vuelo o acaso seguir un camino, si debo alcanzarte... si me dejaré alcanzarte.
Quisiera sentir tu dolor, ser yo quien sufre por ti, pero apenas albergo lugar para esta duda que antes fue alegría. Estás conmigo, me has elegido para descargar tu incredulidad, y eso no sé si es bueno, aunque sé que es.
Luna, mi Luna, somos este instante sobre tablas crujientes y viento insinuado, somos aquel cielo que comienza a dibujar oscuras nubes allá, tan lejos, donde parece terminar el mundo, un mundo de agua, donde dicen que está la tierra, y más allá la América; la tierra, la América, la Tierra, y tú girando tu órbita distinta.
Las cosas ocurren como deben ocurrir, siempre lo supe. Los deseos se cumplen para quienes están dispuestos a enfrentarlos; los que no, aunque se quejen, aunque lloren, aunque blasfemen por un destino al que gritando califican de injusto, en el fondo saben, ellos también saben, nosotros, todos sabemos que recibir la inercia es haberla deseado; hay que estar dispuesto a ser valientes para enfrentarse a los anhelos.
Lo sé, siempre lo supe.
Treinta y cinco
Una brisa fuerte, que no llegaba a ser violenta, le impedía encender la pipa. Más allá adivinaba el grumo pardusco que prefiguraba la tormenta. Cualquier persona que hubiese mirado la misma escena hubiese pensado en un incendio en pleno océano, en un tren que dejaba su huella de humo expandiéndose esclavizada por el viento, incluso se hubiese permitido fantasear con el hálito inmenso de un dios gigante soplando sobre el agua como cualquier niño podría hacerlo sobre un plato de sopa caliente, todo esto estaba dentro de las posibilidades, allí, en la abstracción del María Fioravanti, salvo la realidad de un frente tormentoso que se acercaba aún en silencio y opaco, sin las estridencias sonoras y visuales de los rayos, sin la vanidad centelleante de las tormentas. El viento, incluso, llegando después de horas, tal vez de días de calma absoluta, le resultaba imperceptible; su cabello se agitaba, al igual que los pliegues de sus ropas; sus manos eran incapaces de impedir que se apagaran los fósforos, sin embargo lo negaba; lo sabía y lo negaba. Ahora, obligado al límite impuesto por un hombre que era su igual pero que sin embargo dominaba, ahora, delante de un cuerpo inerte de alguien que fue su igual y que ahora le parecía tan distinto, ahora, contemplando el rostro de un dolor que había desconocido, se preguntaba cuándo fue que había tomado real conciencia de sí mismo, de su igualdad a pesar de todas las diferencias que existían. No fue en el pueblo, bajo el ala de su madre, al morir su padre. No fue siquiera al partir, en las aulas de una escuela que le enseñaron de libros de tiempos remotos semejantes a los actuales, tampoco fue en la Iglesia, donde el cura lo obligaba a la culpa en la sangre del Cristo crucificado, tampoco fue al conocer a su guía, quien le señaló el camino de la libertad, mucho menos el día en que comenzó a explicarse y admirar en esa explicación al Cristo que antes había asesinado, a ese Cristo más humano que empezaba a tener un sentido justamente por humano, quizá el único y verdadero sentido, permitiéndose la aceptación porque las palabras de aquél hombre no se oponían a las de la libertad. No, no podía precisar en qué momento advirtió que ya no era hijo ni padre, ni siquiera tío, o amigo, o cualquier otro título que lo justificase en la sociedad; no lograba dar una fecha al instante en que advirtió que él era quien era individualmente, que el tiempo que vivía era el suyo, que él era un representante de su generación, de la generación de iguales repletas de diferencias, que nadie podría vivir su vida y que mucho menos él podría vivir las ajenas; ¿cuándo fue que entendió todo aquello? Ni siquiera podía imaginar esa conciencia que parecía absoluta y eterna, sin comienzo (y probablemente sin fin) más allá de los días que lo limitaban al María Fioravanti. Bien podría ser una idea que albergaba desde su niñez, es cierto, incluso desde antes de los cirios apagados y las paredes grises, pero no se había expresado o no le había permitido nacer, porque su viaje había necesitado justificarlo a los demás, sus ideas necesitaban justificarse en la aceptación de los demás, la continuidad debía asegurarse en la apertura de la juventud, de los Julianes y los Liberatos, incluso de los Lucios, los Antonios y los Giovannis; todos ellos debían oírlo y aceptarlo, aunque para él, para Francisco, para que Francisco se sintiese Francisco, no necesitara más que de Francisco, de la mente de Francisco, y de la pipa que por fin consentía en encenderse, del fumar, de la conciencia del acto de fumar. Y de unas nubes que él veía, allá, como grumos oscuros, como un incendio, o como huellas de un tren. Allá, donde un dios poderoso y gigantesco soplaba para entibiar los ánimos, o acaso para impulsar las velas de un marino desconocido.
El humo agradable le hacía olvidar la muerte, de la esencia que él mismo llevaba consigo en esa conciencia sin tiempo. Había lágrimas en los rostros, lágrimas que ahora estaban pero que mañana ya no; tal vez, con el recuerdo, reaparecerían furtivas y consoladoras, pero volverían a desaparecer, y con ellas la muerte, don Guido, la influencia del viejo italiano sobre cualquier acto de la vida; la muerte de don Guido no sería como la de aquél hombre coherente, sobre quien recaían las penas dos mil años después. O tal vez sí, tal vez sí... quién podría asegurarlo.
El primer quiebre de luz sobre el grumo oscuro, que desapreció en una bifurcación viperina, le devolvió la conciencia de nube, la conciencia de hombre que piensacuestionarechazaoacepta, y se preguntó: ¿qué hago aquí, obediente de los hombres?
Capítulos Treinta y seis - Treinta y siete - Treinta y ocho

5 comentarios:
Me ha gustado la reflexion del capítulo 34 (es mi número, el que me persigue) que casualidad ¿no? Hasta lo he leído varias veces, como queriendo memorizarlo.
Con tu permiso Guille, quisiera guardarme el capítulo para compartirlo en alguna ocasión en mi blog. Por supuesto lo haría siempre haciendo referencia a tu blog, la novela y al autor.
Un beso, y feliz domingo :)
Claro, Gata, para mí sería un gran honor. Beso grande:D
Gracias Guille, me lo tomo como regalo de Reyes ;). Espero que a ti también te hayan traído cosas bonitas.
PD. Cuidado con el comentario de Jordan shoes ese, tiene pinta de ser un mensaje de esos que te llegan para que pinches en su nick y al pinchar te descarga un virus en tu pc. A mi me pusieron varios ya en el blog ;)
Publicar un comentario en la entrada