
Treinta y seis
Liberato detestaba el cinismo del destino, aquel que mancaba a los escritores, cerraba el oído de los músicos, o cegaba a quienes respiraban por sus lecturas. Lo detestaba sin conocerlo, porque de alguna manera lo sospechaba. Cada vez que tenía oportunidad de hacerlo, la vida se encargaba de resaltar sus virtudes histriónicas, matando, por ejemplo, a la única persona que parecía desear la vida, allí, en el María Fioravanti. O depositando en manos de un analfabeto el único libro disponible, y que ese libro sea nada menos que la Biblia, la Santa Biblia que su madre le leía todas la noches como si se tratara de un cuento de hadas. No la culpaba, ni le echaba en cara nada en particular, porque difícilmente la simpleza de aquella mujer le hubiese permitido pensar que algunas de aquellas historias incuestionablemente sabias le robarían la tranquilidad y el sueño; es cierto que le entusiasmaban la fuerza de Sansón y la valentía de David, al igual que la sabiduría de Salomón y las riquezas de la ciudad de Ofir, pero nada lo atormentaba más que las penurias del pobre Job, acosado por el Dios que se decía justo y piadoso, o los días de Jonás en el vientre de la ballena, o las Trompetas del día del Juicio, o las promesas del infierno para los pecadores o, lo que era aún peor, la indiferencia divina para quienes serían llamados al reino y no serían admitidos. La angustia que Liberato sentía al imaginarse en la puerta del gran Palacio Celestial, aguardando inútilmente que las puertas se abrieran por piedad, por olvido del castigo, o por lo que fuese, le provocaban las atroces pesadillas que todavía lo hostigaban. Era el peor de los castigos: ser llamados pero no admitidos, haber sido seleccionados pero luego desechados, haber recibido la promesa majestuosa para luego descubrir que no se había sido todo lo digno que uno había creído, que no merecía el cielo, ni tan siquiera un sitio en la antesala del reino. Podía imaginarse a don Guido golpeando las puertas del cielo, las puertas abriéndose, la luz de Dios abarcándolo todo, a don Guido ingresando con una sonrisa cómplice, lavando sus pequeños pecados en un gesto de simpático diablillo, y Dios accediendo, distendiéndose, borrando su expresión adusta, ofreciéndole su reino, aquél paraíso sin frentes perladas, y de sabiduría inmanente. Pero como él no sabía sonreír como lo hacían los simpáticos diablillos, y como además era joven, demasiado como para morir, no sólo no sería admitido, sino que tampoco se sentía llamado, y esa extraña ansiedad también actuaba de manera contradictoria en el ánimo del chico. Estaba ansioso, eso era claro, y sabía que debía tomar una pluma y una hoja de papel para comenzar a escribir de una vez; era su vida la que lo reclamaba, un impulso sublime, la necesidad extrema de redactar palabras, con o sin sentido para el que fuese a leerlas, pero con todo el sentido para él, quien escribía y necesitaba leer para conocer, y leerse para reconocerse; el sentido de sus palabras sería, nada menos, el de rescatarse a la vida, el de reconocer el llamado y luchar por ser admitido.
Tenía miedo, mucho miedo; miedo de que el destino, también con él, jugara a ser cínico y lo dejara sin manos antes de que pudiese escribir; que lo dirigiera a la locura antes de haber razonado; que lo dejara sin ojos cuando todavía no había leído ni la diez millonésima parte de lo que necesitaba leer, que le arrebatara la vida cuando aún le restaba vivir... que lo condujera al reino sin haber sido llamado.
O que habiendo sido llamado, lo dejasen afuera.
Mirando hacia el horizonte, desde donde llegaban las ráfagas cada vez más violentas, acoplando su fuerza a la imagen negra y entrecortada por luces de la tormenta que se acercaba, buscaba un signo de la ballena, del leviatán que devoró a Jonás y que seguramente lo evitaría a él, Liberato B., joven hijo de alfarero, oriundo de Nápoles, Italia. Él no era un profeta, él no huía de las palabras de Dios, de las órdenes del Señor, él no había recibido el mandato de exhortar al arrepentimiento; Liberato no hacía más que obedecerse, rebuscar en su alma las palabras que diría; estudiarse a sí mismo para conocer a los demás; todo eso hacía Liberato sin que Dios tuviese nada que ver en sus asuntos; sin embargo allí estaba la tormenta, allí avanzaba el manchón negro y relampagueante hacia el barco donde ya se había instalado la idea de la muerte, donde ya había un muerto para sujetar la idea; pronto soplaría el viento, y él no podría dormir, pronto la tormenta haría zozobrar la embarcación, y él que no huía de nadie; doña Carmela seguiría rezando y nadie le pediría que también lo haga él; pronto el miedo a Dios lo obligaría a esperar que los marinos vinieran por él y lo arrojaran al mar para calmar Su ira; pronto se daría cuenta de que nada de eso ocurría, salvo la tormenta; nada, ni tampoco habría ballenas esperándolo; nada, y los días seguirían igual, con él en la tercera, pensando que debía vivir sin notar que estaba vivo, diciéndose que debía escribir sin advertir que ya lo hacía, soñando que algún día moriría sin aceptar que su muerte había comenzado el día que nació; sabiendo que sería llamado, temiendo no ser admitido, sin saber que... sin saber si... sin saber...
Treinta y siete
Se estaba bien así, entre el calor de las velas y la gente, olvidándose de que el tiempo corría, o simplemente pensando que el tiempo sí corría cuando en realidad era él, Giovanni, quien avanzaba sin pausa entre velones y gente.
Era extraño aquel leve resplandor de las velas, ahora que el cielo se había cubierto y el viento, extrañamente, había recobrado la calma de la víspera. La débil llama denunciaba la escasez de oxígeno en el camarote, cerrado a los curiosos y al aire. Sin embargo se estaba bien, así, adormecido, casi divagando con velas apresuradas y gente inmóvil y Giovanni evaporándose en la carrera. Se estaba bien, muy bien, aunque los relámpagos sin truenos parecieran burlarse de quienes velaban al muerto al decir que la vida y las luces centelleantes y atronadoras estaban lejos, muy lejos, o cerca, pero no allí, en el María Fioravanti, en la tercera del María Fioravanti, en el camarote treintaicinco de la tercera del María Fioravanti.
¿Habrá sabido leer don Guido? ¿Por qué se preocupaba por eso ahora? ¿Por qué, de pronto, creía que tenía el mundo y la vida por delante para aprender a leer, a escribir, y hasta enseñar a otro, más tarde, si lo deseaba? ¿Por qué sentía tanta confianza reconociéndose corredor, uno más, entre velones y gente, sabiéndose observado por un tiempo inmóvil? Es curioso, pero así ocurría. Tal vez fuese porque en el treintaicinco faltaba el aire. Tal vez. Quién sabe. Lo cierto es que no sentía el apremio de ayer, no necesitaba buscarse excusas para evitar pedirle las lecciones a Liberato porque en realidad no deseaba lecciones; ahora podía esperar, prefería quedarse así, allí, donde se estaba tan bien, muy bien. No pensaba en María, ni en América, ni siquiera reparaba en las lloronas, sólo aceptaba el instante, y lo disfrutaba, y se embriaga con los colores y los aromas renaciendo de la asimilación.
Se sintió feliz. Es que así se estaba muy bien, pensando que prefería vivir en viaje a llegar vivo y morir en (con) la meta.
Las luces eran tenues, perfectas, pero sintió que sus pies se aflojaban y que sus párpados caían.
–Giovanni, ¿estás Bien?
–¿Eh? Sí, sí, estoy bien.
–Ven, vamos a tomar un poco de aire antes de que comience a llover; tengo ganas de fumar.
–Vamos, sí; vamos.
Lucio convidó de su tabaco a Giovanni y lió un cigarrillo para sí con el tabaco negro que le había obsequiado Francisco. Mientras le ofrecía fuego a su compañero, mirando la punta fina y cerrada de la mezquina aguja de papel, pensó que ya le iba quedando poca autonomía a la provisión. Pensó que en Buenos Aires pronto podría comprarse el mejor tabaco y en la cantidad que quisiera y esa idea repetida le permitió alejarse de Giovanni y disfrutar de su propio cigarrillo; el de Giovanni, ayudado por el viento húmedo y salado que renacía bajo el cielo encapotado, se consumió pronto y al cabo de la última pitada, el joven T. regresó en silencio al clima espeso del camarote treintaicinco. Lucio permaneció en el pasillo, con algo más de medio cigarrillo, fumándolo lentamente, reteniendo en la boca el sabor acre del tabaco negro, masticando con dientes de aire el humo que ingresaba a los pulmones y contagiaba su picazón a la sangre, a los colores, a las ideas; puntos insignificantes, como gotas de sal, se extendían delante de sus ojos junto con el leve zumbido que más que un ruido era un mareo, una forma de sentir más que de oír o de ver, un sensación de humo en lugar de carne bajo la piel de papel de cigarrillo que se consumía con el fuego de la espera y la repentina tristeza de las tardes, de las agonías, del retomar viejos rostros, viejas culpas; de reconocer lúcidamente en sus palabras las excusas que había necesitado para confirmar su vida y que ahora eran sólo eso, meras excusas, estúpidas razones sujetas de las barbas por frases sin lustre ni sentido. Era una excusa la palabra América, era una razón inventada tanto para sus labios como para los oídos de Alma y las pequeñas manitos de la niña.
La niña, Lucio la recordaba así: la niña. En ese recuerdo de las tardes excusas, prefería recobrarla sin nombre, casi como una unidad, ella era una con él, sin importar que fuesen dos de nombres épicos o vulgares... era la niña, simplemente la niña, su hija, él mismo. No lograba concebirla como existencia individual, separada de la suya; por eso recaía en esas penas vespertinas, por eso olvidaba el impulso de las mañanas, el fuego del sol, la maravillosa concepción que tenía de la existencia, una existencia en la cual la vida sólo era vida para quien estuviese dispuesto a vivirla. Y Lucio sabía que cada mañana recobraba la disposición, por eso, por las tardes, cuando el impulso de arrojarse al mar era tan intenso, se aferraba a la promesa de las horas siguientes, y se permitía esperar un poco más, un poco más, un poco más, con humo en lugar de carne bajo su piel de papel de cigarrillo.
Y así, con una leve esperanza recobrada, omitía darle curso a las preguntas que se hacía frente al cuerpo de la morsa, ¿qué sentido tenían las vidas? ¿Por qué, para qué los afanes si al fin y al cabo sobrevenía la muerte? Era en las tardes, cuando desfallecía, que se hacía las mismas preguntas. En las mañanas, cuando hubiera podido responderlas, Lucio no pensaba en ellas, porque estaba ocupándose de vivir.
Treinta y ocho
No fue por las lágrimas de Regina, ni tampoco por los llantos de María. La noción de lo que en realidad estaba ocurriendo la tuvo al oír el extraño tono de voz que Carmela utilizaba para recitar su rosario; es que no había en el ritual diario la monotonía de las repeticiones sin sentido, no era un rumor de palabras que adormecen, como cualquier día, como un día cualquiera; Esperanza tenía la imagen de su madre rezando tan grabada en su mente, tan asimilada, que ni los cambios de lugar, ni las evidentes huellas que una vida de pobreza había dejado en la mujer mayor, lograban darle un toque que la diferenciara en el tiempo; sin embargo ahora era distinto, ahora las palabras resonaban como si hubiesen sido pronunciadas pensando en el valor de esas palabras, consciente, quien hablaba, del sentido de las frases. Dios te salve, María... el saludo, la doxología, no era un mero formulismo, había en ese comienzo repetido por diez y diez más y diez más un real deseo de ser oído; Carmela no sólo aplicaba un sentido religioso a la paciencia de los vivos y el destino de los muertos y de los que vamos a morir, todos pecadores, sino que destilaban una auténtica piedad hacia el alma del hombre que yacía con dos monedas de cobre sobre sus párpados ya fríos. Bendita tu eres entre todas las mujeres, repetía Carmela, y parecía entregarse a sí misma a la voluntad divina, parecía desear en ella la enorme capacidad de la Madre Santa, pero no como un acto de vanidad, sino de piedad, otra vez piedad; Carmela deseaba tener una milésima parte de la gracia de María para, con ella, poder consolar a Esperanza, sobre todo a Esperanza, que al oír el rezo verdadero de su madre, tomó real conciencia de lo que había ocurrido, y entonces se echó a llorar. Y en ella, las lágrimas no eran egoístas, sino que eran de temor. Papá había muerto y Esperanza quedaba sola en el mundo, sola en esa gran caja que era el mundo y que alguien alguna vez abrió para que huyeran y se esparcieran todos los males, todas las pasiones más allá del mundo, más allá del océano, de América y de los sueños, para dejarla sola. Sola Esperanza. Nada, nadie más que la pobre Esperanza en el camarote treintaicinco del María Fioravanti. Nadie, y sola siguió llorando. Sola. Sola Esperanza. Papá había muerto, su origen, la razón, aquél que la cuidaba y la protegía en su soledad. Esperanza estaba sola, desde ahora y para siempre, oyendo el rezo piadoso, huyendo del rezo piadoso, hallando piedad en el rezo... Y llorar, seguir llorando.
Aquí me ves, yo también estoy solo, buscándote, tratando de saber si dejarás que me acerque, si deseas que te encuentre. Por qué insisto en pisar sobre tierra firme, si sé que no existen las certezas, que lo único verdadero es lo inesperado, que tú eres como yo y bien podrías rechazarme para quererme mañana, o tal vez desearme en este instante, y olvidarte de mí por el resto del tiempo que nos que queda, que te queda, que me queda, al fin y al cabo el que me duele. Te temo porque me conozco, me atormenta tu decisión porque sé que no será firme, así como no lo son nunca las mías; sé que te condueles, que te arrepientes, que lloras pero después de haber reído. O que ríes sin nunca haber llorado, o que vives, simplemente vives, como vivo yo y vive la Luna, y vive el íntimo deseo de vida que arrastra consigo el viento y fecunda el sol por las mañanas. Sé que vives y que en tu vida reiteras los pasos de todas la vidas, que vas hacia el mismo sitio, hacia el recomenzar de los ciclos, ciclo nuevo con palabras, sin palabras, con sudor en la frente o libre del escollo de este sufrimiento. Todo lo sé, todo esto lo sé, y sin embargo persisto en mi error, en mis miedos que nos son más que el temor que yo mismo me provoco, el temor a equivocarme, a no ser firme, a no saber darle sustancia a mis deseos, a que habiendo encontrado la forma, ya no me importe, o ya no me quede tiempo para que al fin me importe. Sé que estoy aquí, en el camarote de un barco que parece tan fuerte y tan sólido pero es nada comparado a ese mar que ruge afuera, ruge con el viento, con las luces que quiebran el cielo y amenazan caer sobre el mástil mayor del barco, sé que la zozobra prefigura la flotación pero al mismo tiempo el peligro del abismo, de la oscuridad salada y húmeda que nos libraría de las penas, del tiempo, de las preguntas, de pensar en nada, de insistir con el temor de si tal cosa o tal otra, de si mañana o ahora, de si tú o quién. Todo, todo lo sé, pero desde cuándo lo sé. Cómo lo sé. Bien quisiera ser consciente de esta sabiduría, de estas palabras que la explican pero que jamás podría pronunciar. Bien quisiera ser consciente del mar y del rugido, del cielo oscuro y de las luces que lo parten, pero sólo tengo conciencia de ti, Esperanza, de tu cara y de mis dudas, en tus manos, y en tu piel, en tu figura, en tus lágrimas, en tu dolor; tus partes son el todo que alcanzo a percibir; no me apenan tus lágrimas porque sin ellas tú no serías ahora, ni me inquieta tu dolor, ni me afligen tus pensamientos; nada de esto tuyo, ahora, está de más o está mal; nada me mortifica porque todo es necesario para que tú seas tú, para que yo sea yo. Todo está aquí para confirmarte y confirmarme; somos lo que somos, Esperanza, y así está bien. Lo sé, todo esto lo sé; quisiera ser consciente de esto que sé desde cuándo, cómo, por qué. Lo sé, todo lo sé, y sin embargo soy tan ignorante.
Sus ojos se cruzan, parece que se miran, pero es él quien mira, ella está ausente. Sus ojos se cruzan y si no hay chispas ni roces, es porque una de las partes carece de sustancia, tal vez las dos, tal vez no se trate sólo de ausencias, sino también de temor. Sus ojos se cruzan, parece que se miran. Lucio lo nota y no le interesa. Liberato lo nota y aunque piensa que no le interesa, sin advertirlo toma notas, y sigue pensando en la vida que debe vivir. Francisco lo nota y encuentra diferencias en ese acto repetido, donde un hombre y una mujer parecen alistar los trajes para el baile de seducción, aún allí, en la sala de un muerto, pero... Julián lo nota, y se obliga a no pensar, a no mirar, a no desmenuzar el hecho como lo haría su tío; Regina lo nota, María lo nota, pero miran hacia otro lado y simulan que nada ha ocurrido, que aquello que está allí no existe. Carmela lo nota, aunque tenga los ojos cerrados y en su mente aún retumben las palabras que la sumen a la voluntad del Creador, de manera que no le importa, así está todo bien. Giovanni lo nota, quizá lo nota, pero en realidad parece dormido, alelado con la luz tenue de los velones ya casi a la mitad. Sus ojos se cruzan, todos lo notan, parece que se miran, pero sólo es Antonio quien mira, y no precisamente a Esperanza. Mira más allá de ella, casi sin impulso, sin voluntad de mirar. Mira las consecuencias, las buenas y las malas, ve América, o lo que imagina de ella, mira y ve hacia atrás, los caminos hacia la Luna, los falsos caminos de las noches sin lunas. Mira y ve todo cuanto le muestran los recuerdos y las proyecciones, pero el ahora donde está Esperanza es dolorosamente inexistente, es apenas la sala de espera de lo que vendrá, el cuarto de descanso para recuperarse de lo que pasó, o peor, para analizar y revolcarse en el barro, para no encontrar fuerzas que lo saquen del pantano; todo eso pasa por la mente de Antonio mientras parece que la mira. Esperanza, sencillamente no está; ha logrado acallar sus ideas, ha censurado sus palabras, tal vez en ella la vida duró un segundo, pero desde afuera parece mucho más, pero esto nadie lo nota, ni siquiera ella, ni siquiera Antonio que no la ve porque no está, y muchos menos ella, que, gracias a Dios, por un segundo dejó de pensar.
Capítulo Treinta y nueve - Cuarenta - Cuarenta y uno

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