
Cuarenta y dos
–No hay rastros, no hay manchas; no parece haber tenido nada contagioso.
–¿Entonces?
–Supongo que murió porque debía morir.
–Ayer le dolía una muela.
–¡Regina, por favor!
–Antes del anochecer tendremos que proceder...
–No comprendo.
–...Y mantendremos el aislamiento al menos dos días más, por precaución...
–Papá.
–¿Qué significa proceder?
–Eso es todo, señoras, mis condolencias; el capitán les informará.
–Doctor, doctor, qué significa proceder.
–No puedo decirles más.
–Usted dirá o no le permitiremos salir, ¿soy claro?
–Está amenazando a una autoridad, señor.
–Yo no creo que nadie tenga autoridad sobre mí, ni tampoco creo que una advertencia sea una amenaza. Las señoras le piden una explicación y será preciso que se las brinde...Por su bien, y esto sí es una amenaza.
–Bien, sí así, lo quiere. Al anochecer, el cuerpo será arrojado al mar. Lo siento.
–¿Cómo?
–Señora, entienda; falta mucho para llegar a tierra. No podemos conservarlo.
–¡Usted es un...!
–No, por favor, señor Francisco, el capitán ya nos había advertido.
–Esperanza, por qué no...
–Es la verdad, tía Regina, y además es lo más adecuado. No podemos transportar un cuerpo que ya empieza a corromperse.
–Qué bueno que comprenda, señorita.
–Sólo le pido que nos de tiempo hasta mañana, al amanecer; a mi padre le hubiese gustado así.
–Bien, veré que puedo hacer por usted.
Cuarenta y tres
Ahora el reloj indica que ya es la noche, aunque las luces apagadas persistan grises y ausentes como en la tarde, como en el comienzo declinante. Lucio siente la inquietud, la ansiedad de cada noche, pero esta vez es menos brusca; no hay la diferencia extrema del día y la noche. Es el denso y perpetuo gris, el color tibio y vomitable, el que le otorga la sutil tregua en el desasosiego. Al menos ahora hay una brisa, al menos renacieron los relámpagos rajando el cielo, al menos ahora el gris se justifica, y las nubes parecen nubes, hay los grumos y las sombras de los grumos en cada centellazo. Ahora, en la caída, el día parece haber recuperado la voluntad. El día, la noche, lo que fuese ese instante; los relojes decían que era noche.
Ya han dejado de oírse los lamentos, tal vez las mujeres se han dormido, o simplemente han agotado las lágrimas, o las ganas de llorar. Lucio mira hacia la oscuridad intermitente y descubre en las sombras otras sombras, más oscuras que las primeras, como formas de un continente, de un bosque, no, no de un bosque, mejor decir una selva; sí, las formas que Lucio ve ahora son las de una selva, un contorno selvático que se extiende sin fin en este ahora, en este instante, en este presente. Suelta el humo con desidia, casi es un acto reflejo, una exhalación necesaria para permitir la nueva inhalación, y seguir así, respirando, y fumando, consciente de que en el acto de fumar se reconoce con vida y sabiéndose vivo, ahora que el pozo es tan profundo, que la oscuridad posee esas formas caprichosas de selva en el medio de la nada, o en medio del océano (tan obvio pensarlo un desierto de aguas, tan obvio asociar ese todo, esa mayoría con la nada), sabiéndose vivo huye de la muerte. Vuelve a inhalar y luego a exhalar; lo hace consciente, estudia los movimientos y ahora, como cuando era niño, allá, en el límite del pueblo, con Pietro, cuando humo y tabaco todavía no formaban parte del universo, le molesta la sensación de respirar. No, no la sensación, sino la consciencia del acto de respirar. Recuerda que de niño, al descubrirse respirando, al sentir que su pecho se expandía y luego retomaba las formas, rítmicamente, acompañando el movimiento de los pulmones y el cosquilleo del aire entrando y saliendo por la nariz, creyó que ese respirar era un trabajo que requería de una inmensa responsabilidad, ¡y cuánta responsabilidad, tratándose nada menos que de la vida! Es que si olvidaba tomar el aire y luego soltarlo para permitir el ingreso de una nueva bocanada, moriría, como su abuelo. ¿Por qué murió el abuelo?, le preguntó a su madre. Porque se olvidó de respirar, le respondió la mujer. Y Lucio comprendió la importancia de aquella operación, fue consciente de la carga que la vida traía consigo y él que tan sólo era un niño. No era justo, no era justo que la vida propusiera trabajos tan arduos a los niños, así estos no tuvieran mayor responsabilidad que sentarse en el borde del camino, en los límites del mundo, con el mejor amigo, a sentir el sol en el rostro, a imaginarse historias de héroes y dragones, o de hadas, o de duendes, o de cualquier cosa que pudiesen confiarse entre ellos siempre y cuando no olvidasen respirar. Hacerlo sin consciencia, sin saber que se respiraba, no era nada desagradable, pero ahora que estaba la carga, la obligación de observar la vida, el solo pensar en su pecho inflándose y desinflándose en una cantidad de veces que excedía la cantidad de números que conocía (apenas hasta el diez y no en el orden correcto), lo fatigaba, como ahora, que fuma para restarle importancia al hecho de respirar, que suelta el humo del vicio como para darle a entender a la vida que las cosas no son tan importantes como ella cree, que uno puede inventarse preocupaciones muchos más graves y humanas, más reales, más de este tiempo en un barco en la tercera clase en el María Fioravanti en una noche de gris estancamiento; fumando se puede burlar de la vida, de los colores, del presente, fumando se sabe vivo, allí, donde un hombre yace muerto sin razón, sin señas de enfermedades; un hombre que parecía tan vivo, tan despreocupado, un hombre que seguramente se ha olvidado de respirar. A Lucio jamás le ocurrirá un olvido; para los recados se ata hilos en los dedos; para los cumpleaños marca en rojo los almanaques, para la vida lleva consigo el tabaco... Las lágrimas, las pocas lágrimas que le resulta imposible restañar, se encargan de traerle a sus chicas; Alma; la niña; sus chicas. Ahora, en el instante, en el presente, en el gris, en los grumos intermitentes, en el cielo que se parte en mitades caprichosas, en la selva lejana de formas fantasmales, en todo, en la brisa cada vez más fuerte que llega desde el Este, en todo, en el humo acre que exhala con desgano, casi como una burla, en todo, en todo, en todo: sus chicas. Sus chicas. Las suyas, las únicas, las de nadie más.
Las suyas.
Sus chicas.
Cuarenta y cuatro
La palabra que necesitaba Liberato, pero que indefectiblemente desconocía, era sinécdoque. Con ella hubiese podido enmarcar la idea que lo estaba acorralando. Un oficio, sólo una parte de la persona, tal vez la menos deseada por ella aunque ocupase su día, su vida, era la que lo definía. Pero Antonio carecía de otra identificación que no fuese su nombre. Por eso, cuando en su mente lo repitió tantas veces hasta lograr que la palabra perdiera su significado, su racionalidad, y se convirtiera en un ruido, en el onomatopéyico vuelo de una abeja, se creyó perdido. La persona Antonio estaba allí, con brazos y piernas, con torso y rostro (aunque éste nada dijera), con las ropas que le conocía, que eran las de Antonio, fumando la pipa de enebro, la pipa que Liberato sabía de Antonio, pero la palabra Antonio ya no tenía sentido, había desaparecido de su conciencia y con ella lo poco que había logrado captar de Antonio. Liberato entró en pánico, se dijo que todo aquello le pasaba por pensar demasiado, que todo tiene un límite, una cantidad que no acepta abusos. Creyó que de tantas vueltas que había dado en torno a la idea Antonio había logrado agotarla y agotarlo, desaparecerlo; ya nunca más podría recuperar la conciencia Antonio y mucho menos escribir sobre él; le quedaba Giovanni, y el resto de la humanidad, es cierto, pero Liberato había censurado todo nivel de pensamiento que pudiese provocar un agotamiento, que lo trastornase, que lo vaciase y le impidiese comenzar a escribir, sobre vacas, al menos, o sobre pipas. Liberato no quería pensar, pero pensaba, pensaba en la posibilidad de no tener más palabras, de que todo desapareciera junto con las palabras, porque era claro que el mundo existía porque existía el vocablo mundo, al igual que el barco por la palabra barco. ¡Dios, Dios Santo! ¿Qué ocurriría de agotarse la palabras barco, y luego cualquiera de los sinónimos que, por otra parte, Liberato desconocía? ¡Dios, Dios Santo! ¿Qué ocurriría de agotarse la palabra Dios? ¿Y si alguien ya conociera el nombre de Dios y, nombrándolo, o pensándolo en su nombre, estuviera agotándolo?
Liberato pensó tanto en su temor que poco a poco lo agotó, desapareció. Y gracias al cielo Antonio recuperó su nombre, o el nombre recuperó a Antonio... si es que alguno, al fin, era pasible de recuperación.
***
No estoy aquí, sé que no estoy aquí, siempre lo supe. Yo soy quien atraviesa el camino, quien viaja, siempre viaja y jamás llega. Es que no deseo llegar. Lo sé, siempre lo supe, aunque mi mente piense otra cosa, aunque crea que sólo espero la meta. Si al menos tuviera la suficiente sabiduría como para reconocerme, con o sin estas palabras, pero reconocerme viajero, eterno caminante de valles y montañas, siguiendo las huellas o inventando las mías, pero andando, siempre andando, sin un verdadero deseo de llegar. El camino es el que enseña, instruye los sentidos; si al menos mi atención se aplicara a una sola legua de este camino, y no siempre allá, en la Luna, en mi Luna, entonces ya no querría otra cosa, porque sabría que la felicidad está aquí, en ser quien soy y como soy; no gastaría mi ánimo en llegar a la Luna, pues la Luna no sería mi meta (no tendría metas, sólo el impulso de andar; por algo la tierra es redonda y la existencia circular), y sencillamente la invitaría a caminar conmigo, porque su compañía sería la perfección de este viaje; pero no sería mi meta; mi vida no dependería de la suya, ni de ninguna otra que la mía; la vida es para quienes estén dispuestos a vivir, y los caminos para quienes tengan voluntad de caminar; Luna, cómo desearía ser consciente de todo esto, cómo me alegraría saber que estarías dispuesta a caminar conmigo... verías que en el camino, en la conciencia del camino, tus lágrimas serían imposibles, tu dolor no tendría sentido, porque en la senda es imposible morir; sin metas que nos esclavicen, la muerte ya fue vencida.
Capítulos Cuarenta y cinco - Cuarenta y seis

2 comentarios:
Quiero felicitarte por lo que escribes,te mando un saludo
Gracias, Victor. Saludos!
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