
Treinta y nueve
La oscuridad había vuelto a estancarse. No sólo el viento había desaparecido, sino que con él parecía haber sucumbido también el oxígeno. Esto ocurría afuera, en cubierta, y es de imaginar el sopor de los interiores, sin embargo la compuerta del treintaicinco permaneció cerrada luego de que optaran por salir los hombres, de manera que don Guido, o vale decir, el cuerpo que hubo ocupado don Guido, ahora era acompañado sólo por las mujeres, estas últimas, después de todo, sus únicos parientes.
En la cubierta de tercera, Giovanni y Lucio se refugiaron en el tabaco, al igual que Antonio, algo alejado, como aislado incluso, del resto del pasaje, de la muchedumbre que recién ahora, con el calor y la sofocación, era notoria, real, verdaderamente allí. Antonio encendió la pipa de enebro, su pequeño tesoro, y fumó sosegadamente, pero no como si buscase un refugio en el humo o en el acto mismo de fumar, sino concediéndose apenas un respiro, una tregua reparadora para luego continuar su lucha. Pero, ¿qué tipo de lucha emprendían los hombres como Antonio? ¿Qué identificaba y diferenciaba del resto a los hombres como Antonio?
A unos pasos se encontraban Francisco y Julián; el primero, también rodeado de una cortina de humo, parecía querer mimetizarse inútilmente entre la multitud y Julián daba la impresión de un hombre que huye, así, parado, inmóvil como se hallaba, parecía un punto alejándose rápidamente hacia el horizonte por un camino de llanura, pero que dudaba, se detenía y regresaba antes de haber siquiera arañado las cercanías donde las paralelas del camino se unían ilusoriamente en un punto, falso punto, falsa meta yuxtapuesta. Es que hasta en ellos había una diferencia que podía atribuírseles, la más obvia, la que reluciría hasta para el espíritu más perezoso: Francisco y Julián, en aquella cubierta apátrida eran extranjeros, españoles rodeados de italianos; desterrados y extranjeros.
Liberato los miraba a todos y sólo en Antonio parecía esfumarse la idea que lo intranquilizaba. Hasta de la morsa podía decirse que era un muerto, un hombre muerto: la clasificación. Lucio se había ganado el título de sacamuelas y aún cuando fuese mentira, allí estaba para representarlo en un rumor que comenzaba a extenderse en el resto del pasaje, para bien y para mal. No fue Antonio, fue Lucio quien finalmente obtuvo el título y la airada sospecha que moriría a un paso de comenzar. Giovanni era su héroe, o su antihéroe, según como fuera a terminar la historia que algún día escribiría. No era su musa, estaba claro, simplemente un hombre que se le había presentado propio para darle cuerpo a las historias sin que ni él ni las historias fuesen los protagonistas, no más que sus propias ideas que, ya sospechaba, no serían diferentes de las de muchos otros, ni serían mal interpretadas pues él las dirías con un lenguaje universal que... Pero Antonio... Antonio escapaba a cualquier clasificación, Antonio era como los días, que bien podían presentarse oscuros, como éste de ahora, o con un gran sol, como aquel de ayer, o incluso éste en sus primeras horas; los días nunca serían nubes o sol, los días serían días nublados o días con sol, sin perder su condición esencial, que es la de ser simplemente días; en cambio con los hombres, a la vista de los otros hombres, cada uno era lo que hacía o lo que tenía, o lo que aparentaba, y no simplemente hombre. Estaba el médico, el militar, el alfarero, el granjero, el taxidermista, e incluso el vago y vividor; todos ellos eran nombrado de acuerdo a sus especialidades, dejando a la esencia hombre, ser humano, en un plano de sobreentendidos en el cual, lógicamente, era prescindible la explicación semántica de que un alfarero era un hombre porque resultaba inadmisible pensar en un buey moldeando el barro. Liberato se iba formando la idea de que las palabras habían anulado la verdadera esencia, que cada interpretación suponía diferencias, pero en todas ellas subyacía la esencia negada; la negación de su idioma era mayor, incluso, que la del inglés, que contemplaba el prefijo hombre (taxman, postman...) en la identificación; en el inglés podía suponer una hipocresía que entre los suyos no estaba, aunque esto no le parecía ni mejor ni peor. En Antonio le resultaba imposible discernir nada de esto, ¿qué era Antonio, allí, fumando su pipa, mirando sin ver, descansando? Ni siquiera era un convaleciente. ¿Qué era Antonio? ¿De qué manera podría escribir a Antonio el día en que por fin se pusiera escribir? A los hombres de la tripulación que descendían por la escalera del pasillo sí podía identificarlos; eran marinos, en general, y uno de ellos, en particular, apenas más joven que Antonio, era oficial. Un oficial que ahora golpeaba la puerta del treintaicinco y se presentaba como médico. Las situaciones eran claramente identificables: las explicaciones reiteradas, el llanto de las mujeres, el desalojo del camarote para quedar adentro sólo aquellos hombres de uniforme marinero. Todo podía comprenderlo, y, si no, sospecharlo. Pero Antonio, allí solo, mirando y ahora viendo, mirando en dirección de las mujeres, de una de las mujeres, no permitía que se lo encuadrase en nada salvo en lo esencial. Y esto fue lo que se propuso escribir Liberato el día en que por fin se pusiera a escribir.
Cuarenta
Faltaba el sol, faltaba el aire, faltaba el cielo bajo un compacto gris que no eran ya nubes ni tormenta, sino apenas un color de ausencias. Ahora, que todo faltaba, Francisco notaba que antes hubo algo, o alguien, y que detrás de aquella aparente cortina de nada subyacía la presencia. El instante era como una caída. El mar parecía una alfombra gris repleta de picos blancos, de espuma sucia y renegrida, el barco se movía con las formas del agua, sin embargo parecía estanco, parecía el mismo instante. No había viento, ni formas lejanas que permitieran presuponer un movimiento, la inmovilidad y la ausencia estaban allí; pero para conocer y advertir ausencias y estancamientos, era preciso antes conocer la acción y la compañía; para saber que alguien estaba solo en el universo y que el universo no era más que ese alguien, que Francisco solo e igual al resto de los solitarios, pero diferente en su torre aislada, era indispensable haber tenido una conciencia de acompañamiento, de interrelación, de trama unificando las individualidades para que el todo se mostrara a los solitarios. Pobre Francisco, desconocía no ya con cuáles de las ideas se había sentido mejor, sino con cuáles había sido menos infeliz; pobre Francisco, sobre todo ahora, que buscaba una idea obligándose al escepticismo.
El gris asfixiante, la ausencia, era la más clara prueba de la retirada de Dios; tal vez fuese como había leído en aquél alemán igualmente cuestionado por los suyos, que declamaba la muerte de Dios, pero en esto también, para dar por cierta una muerte, antes habría que aceptar la vida, que hubo un dios que vivió y creó y dejó sus asuntos en heredad. Allí estaba don Guido, siendo revisado por los médicos del Fioravanti; el cuerpo de don Guido no era una invención de su soledad, no era una nada representada por su imaginación; don Guido estuvo vivo y habló con él, y él fue parte de su vida, de aquel momento, e incluso de éste en que lo pensaba. Hasta los instantes más absurdos en la vida de don Guido hubieron sido necesarios para que un día abordara el barco, y un día se cruzara con Francisco en el camarote treintaicinco de la tercera del Fioravanti. Y así como lo fueron los instantes de don Guido, también los de los padres y los abuelos, y los tatarabuelos de don Guido, y de todos quienes lo precedieron desde el primer día. ¿Qué día? ¿El de la creación de un dios muerto? Si Dios no existía había que inventarlo, dijo alguien, y los suyos tomaron este mensaje como una forma de desacreditar a los creyentes, aún siendo creyente quien lo pronunció; decían de ellos que preferían creer en una ilusión antes que admitir la nada (y los otros decían que preferían estar equivocados a creer que más allá del mundo no había nada). Es que Francisco también necesitaba que hubiese una razón para la vida (aunque lo negara), por algo al hombre se le otorgaban tantos años, por algo se le ofreció el discernimiento y las ciencias, la manzana del árbol prohibido, por algo, por algo, no se podía ser y estar sólo para disfrutar del sol, o para renegar de ese sol. No podía ser sólo esto, aunque fuese sólo esto. Por algo Francisco había dejado su España, el pueblo reseco, la casa de grises más profundos que los de este cielo estancado; por alguna razón se encaminaba a la América, algún mandato que trascendía su discernimiento le orientaba los pasos hacia un territorio donde trabajaría en la imprenta, y en las ideas que sustentarían la inexistencia de Dios. Por algo, de haber un Dios, aunque este fuese inventado, permitía que Francisco lo negara, y hablara de la negación, de las razones de la nada. Por algo algunos hombres no lo oirían, aferrados a sus creencias, a los rosarios de cuentas de vidrio, a las palabras que había oído en la voz conmovedora, piadosa y calma, de doña Carmela repleta de Fe. Por algo otros tantos le creerían, aunque entre ellos, así como en él, hubiese quienes en el discernimiento de la nada, negaran su necesidad de inventarse un Dios.
Y es que la vida tenía esas cosas, las vueltas irónicas a la que siempre lo sometía. La ciudad que lo esperaba, la Villa del Santo Rosario, sería el refugio desde el cual anunciaría la libertad y la ausencia de Dios. Su compadre le había escrito: “Francisco, hermano, si vieras estas tierras, y éste río; aquí es el paraíso”. La vida tenía esas cosas. Tenía estas de la nada y la ausencia, la espera sin fundamento, la inmovilidad de los grises compactos.
Ausencia, estancamiento, nada que prefigurase la idea del devenir. Sin embargo las horas se acumulaban, al igual que los días; el transcurrir del Fioravanti era incesante. Francisco, con los pies fijos en la cubierta de la tercera, extranjero entre los suyos, diferente entre los iguales, con los ojos puestos en sí, sólo veía a un hombre inmóvil, fijo entre los grises similares de arriba y abajo.
Pero el transcurrir del Fioravanti era incesante.
Y él lo sabía; y lo negaba.
Cuarenta y uno
Se estaba bien así, sin pensar en nada. Se estaba bien creyendo que en la evaporación de las ideas, que en la sensación agradable de saberse vivo, sin pensarlo, sin decirlo, y aún debajo de aquel cielo gris sin formas y sin cielo, se había logrado doblegar al sol. Era aquél quien se había humillado, por fin; el sempiterno. Era aquél quien se había retirado con el rabo entre las piernas, temeroso, aturdido, porque Giovanni no lo necesitaba ni lo necesitaría jamás para sentirse bien. Giovanni seguía allí y se estaba bien. El barco seguía allí y todo estaba tan, tan bien. Un hombre había muerto, un hombre que no era él, de manera que todo seguía, y seguía bien. Y si la cosa hubiera sido con él, si entonces la muerte hubiese sido un hecho también para él, entonces lo mismo daba, porque Giovanni no estaba pensando ni quería pensar más desde que había descubierto que así se estaba siempre tan bien.
No pienso nunca más, pensó. Y sintió que se sentía tan bien.
La muerte no es para mí, se decía, porque no deseaba ni admitía que la muerte fuese algo real, aún con un hombre muerto, aún bajo el cielo compacto y gris; es que allí se estaba tan, pero tan bien.
No había María, porque no pensaba en ella. No existía el tiempo porque no miraba hacia atrás, no tenía miedo porque tampoco buscaba espiar en el futuro. América y Argentina eran palabras huecas, meros ruidos, onomatopeyas de aquellas especies encerradas en la tercera clase de un arca como el de la historia que le leía María, aquella que no existía. Así se estaba tan bien, en el instante irrespirable, en la aislación protectora. Así se estaba tan bien, igual que un muerto a salvo de la muerte.
Así se estaba tan, pero tan bien.
Le caía tan bien no ser.
Pensó que no pensaba que le caía tan bien no ser.
Pensaba.
Pensaba.
Pensaba.
–¿En nada?
–En nada.
–¿Cómo es posible?
–No sé explicarlo, pero se está muy bien, muy bien así.
Lucio lo miró casi con lástima, tal vez con un poco de envidia, y lió un cigarrillo muy fino, pensando que los días no pasaban, que el mar estaba siempre allí, pero el tabaco se consumía y las ropas apestaban cada vez más. Toda la cubierta apestaba, ¿de dónde había salido tanta gente? ¿Tanto sucio olor a gente? Era el mismo olor de la antesala del hotel, el de las noches frías aferrado a la carne tibia de Alma, a la gravidez de acelerado latido; era un olor que conocía y odiaba, el olor de la pobreza. ¿Porque la pobreza olía así? Pero no toda la pobreza, sólo la material, la de las ciudades, porque en el pueblo, a pesar de todo, era posible disfrutar de los olivares, de la sequedad del polvo rayando el tiempo y arrojando fuera del espacio la inmundicia que apestaba. El pueblo olía a humo en el borde del camino y tenías las formas de una argolla y el sonido de los carrillos que la creaban. Nada olía tan mal. Él era el que olía mal, el que podía trabar los carrillos y destrabarlos con un ruido escalofriante, pero incapacitado de hacerlos, de crear, de consolidar las formas circulares del humo, allí, en la cubierta del María Fioravanti.
Miró hacia el frente y trató de desplegar un hueco en la línea que dividía el gris compacto de las aguas dentadas. Miró hacia el frente con todos los sentidos, como si quisiese oír y palpar el futuro, oler los huecos si con eso lograba desprenderse de aquel hedor persistente. ¿De dónde había salido tanta gente? ¿Tanto sucio olor a gente? En América no habría gente, ni tampoco aromas de los cuales renegar. En América habría sólo tierra y tabaco, y promesas de regreso en éste u otro barco, pero en primera, entre perfumes y buen tabaco, con América en los bolsillos, con argollas sustanciales formadas a golpes de carrillo, con un camino de agua, al borde, sin piedras ni Pietros, sólo agua y Lucio. Y Alma. Y la niña, que al verlo llegar fumando un tabaco de los mejores no tendrían más remedio que admitir que siempre, siempre, siempre, aún estando equivocado, aún cuando él mismo preveía la posibilidad del error, aún cuando la idea de que el tiempo se pondría de su lado le sabía a una tonta excusa, aún con todo eso por delante, siempre, siempre, siempre, había tenido razón. Siempre.
Eso mañana. ¿Y ahora?
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