
Imagen: Jonás y la ballena, de Pieter Brueghel.
Cuarenta y cinco
Fue como un golpe, una cachetada de viento que le devolvió el ánimo, una gran porción de oxígeno que le llegaba puro y sólo para él, nada más que para él. Pero llegaba, era un viento que llegaba agradable, ciertamente, aunque esto tampoco había sido su decisión. Julián era joven, y no tan necio como para desconocer que la felicidad o el sufrimiento pudieran definirse por cuestiones externas; podía –y lo sabía– imaginar que tal cual situación le brindaban placer, o tal o cual otra displacer, y de hecho lograba sentirlos, pero quedaba allí, en la superficie, no eran la felicidad ni el sufrimiento en sí; no podían decidirse, sino, simplemente, aceptarse. Sin embargo deseaba tener control sobre los actos que determinaban el principio o el fin del aparente placer. Deseaba ser el dueño del tiempo para hacer con él lo que mejor le viniera en ganas, inventárselo si lo deseaba, trocarlo por mejores o peores, pero tener el control, amasarlo a su antojo. No, no era necio, solamente un joven; también sabía o sospechaba que el azar se justificaba en el destino ineluctable... Si no podía inventarse un pasado (inventarlo verdaderamente, para que sea cierto, no un mero disfraz, una mentira) ni definir el futuro, al menos hubiese deseado que el ahora fuese producto de su decisión. Julián viajaba en la tercera clase del María Fioravanti; estaba en la noche cálida, aguardando la tormenta, velando a un muerto que ni siquiera conocía de nombre, alimentando los sueños de su padre, allá en Italia, que ya lo veía convertido en un hombre de importancia en la Argentina, en Rosario, o en cualquier sitio que determinara el tío Francisco. Julián era Julián porque lo parió su madre y lo bautizó su padre; Julián vivía el presente que decidió su tío y esperanzó a su padre. Julián no era él mismo, sino el reflejo de lo que otros esperaban para y de él. De pronto le asaltó la idea absurda de que, al menos, si no tenía control sobre la vida, lo tenía sobre su fin, sobre la muerte.
Y en esto sí, Julián, comenzaba a mostrarse muy necio.
***
Hubo una intermitencia violenta y de inmediato se oyó el bramido del rayo que, milagrosamente, eligió el mar y no el mástil del barco para estallar. Lugo hubo un segundo, más lejano, y un tercero que, esta vez sí, dio de lleno en el pararrayos del María Fioravanti. Comenzó a llover. La cubierta pronto quedó vacía. Lucio y Giovanni se dirigieron al treintaidós; avisaron a Francisco, que los siguió. Liberato ya estaba en su litera, con la Biblia de Giovanni entre las manos, leyendo en la penumbra de una bujía ya casi sin aceite. Antonio regresó al treintaicinco, Francisco lo vio cerrar la puerta; creyó que también Julián estaría allí.
–¿Fumamos?–propuso Lucio.
Francisco aceptó, convidó.
Giovanni se acercó a Liberato y, sin decirlo con palabras, pero tan claro en su mirada, se sentó en el borde del camastro a esperar que el chico leyera en voz alta aquello que lo mantenía tan alejado, tan ausente, tan feliz. Liberato comprendió, y mientras el barco comenzaba a sacudirse violentamente con la tormenta por fin libre de todas las sogas que la mantuvieron en la insinuación, comenzó a leer, acomodando el libro en la luz caprichosa, elevando su voz para que el agua sobre las paredes, el viento colándose entre las hendiduras de la compuerta y los truenos cada vez más cercanos, no cegaran las palabras:
– “...Y dijeron cada uno a su compañero: Venid, y echemos suertes, para saber por quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Entonces le dijeron ellos: Decláranos por qué nos ha venido este mal. ¿Qué oficio tienes y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra y de qué pueblo eres? Y él les respondió: Hebreo soy, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo la mar y la tierra...
De España soy –pensó Francisco– y sólo temo a los hombres, a la ignorancia de los iguales que no han podido, aún, pensar como pienso yo; a eso temo, yo, imprentero de oficio, hombre libre por vocación, sólo a eso y, pensándolo mejor, tampoco a eso; no es temor, es fastidio. Les encanta ser esclavos, es tan fácil ser esclavo y no luchar para ser libre...
– “...Él les respondió: Tomadme y echadme a la mar, y la mar se os aquietará, porque yo sé que por mí ha venido esta grande tempestad sobre vosotros...
De pronto, con la misma intempestividad que demostró en el arranque, él viento amainó.
La lluvia persistía potente, pero tan insignificante sin el impulso huracanado del vengativo Poseidón.
No era yo, después de todo; no era yo–pensó Francisco. Encendió su pipa, sonrió, y le pasó el tabaco a Lucio. Lucio aceptó, lió un cigarrillo gordo, rebosante y, mirando hacia al fondo del camarote mientras exhalaba la primer bocanada, las paredes se le antojaron el estómago de una ballena. Sugestión –se dijo– pura sugestión; hizo un crac con los carrillos y el humo se dispersó sin formas, absurdo, muy blanco. No importa –pensó.
Y de verdad no importaba.
Cuarenta y seis
Y tomaron a Jonás, y echáronlo a la mar; y la mar se aquietó de su furia... Mientras de su boca salían palabras autómatas, Liberato pensaba que bien podría escribir historias más sugestivas y fantásticas que aquellas moradoras del libro santo... Mas Jehová había prevenido un gran pez que tragase a Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches... Sin haber escrito una sola palabra, sabía que podría pasarse la vida escribiendo, pero a la vez temía que escribiendo se le pasase la vida... Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo... La vida no podía ser el barco, el viaje, la inmovilidad, Antonio indescriptible, Giovanni antihéroe, él mismo, lector de frases vacías, voz sin sentido que repetía los fonemas sin lograr comprender los significados, y sin significados, es claro que nada existía... Los que guardan las vanidades ilusorias, su misericordia abandonan... Las palabras eran ruidos, vibraciones que cubrían el renacido sosiego en el alma de los emigrantes... Pagaré lo que prometí. La salvación pertenece a Jehová... Cada uno pensaba en algo, en alguien, cada quien en sus cosas, y nadie más que Giovanni podía estar escuchando la lectura, tampoco él, que apenas adivinaba el acto de hablar en el cosquilleo de su garganta... Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra... Quizás hablar y, en extensión, narrar, no era describir sucesos, ambientes, actitudes, sino aquello que él en ese momento advertía como la cima del decir: el pensamiento. Es que en el pensamiento era donde todo estaba diciéndose, donde las cosas hallaban explicaciones razonables, sublimes, casi divinas, y que luego al intentar llevarlas al exterior terminaban formando ruidos absurdos, historias no menos patéticas, como ésta, éstas, las del libro Santo que todo el mundo admiraba porque, porque, porque, por qué...
...Y fue palabra de Jehová segunda vez a Jonás diciendo: Levántate y ve Nínive, aquella gran ciudad, y publica en ella el pregón que yo te diré...
...Por alguna mentira –se dijo Francisco– seguramente, porque alguien, en la inconcebible trama de existencias se había encargado de dogmatizar las literalidades de la Biblia, cuando en realidad había que buscar otras cosas, otros mensajes, válidos, por cierto, pero no lo eran menos los de la Mil y Una noche... Y era Nínive ciudad sobremanera grande, de tres días de camino. Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y pregonaba diciendo... La magia era lo que subyugaba... Nínive será destruida... La magia, la esperanza tonta de que el sufrimiento de la humanidad, la angustia base de la existencia, podría cambiar en un abrir y cerrar de ojos, en un encontrarse con una zarza en llamas, en un oír de palabras llegando exteriores; ¿Nadie escuchaba las palabras de su alma? ¿Es que nadie sabía que tenía un alma y que esa alma era parte de...?... Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y arrepintióse del mal que había dicho que les había de hacer, y no lo hizo... No, no era eso lo que estaba dispuesto a admitir Francisco, no al menos por ahora; sin embargo era esto lo que admiraba del Cristo, del Mesías tergiversado: él supo que Dios moraba en su alma, como en el alma de cualquiera; Dios estaba en todos y el mundo era de Dios; él lo aceptó y por eso quiso enseñar, por eso murió, por eso no le importó morir; él sí creyó; él, un hombre, la condición más loable de su actitud. Pero Francisco hace mucho no creía, aunque hubiese necesitado un padre protector; para Francisco, lo único que podría sobrevenir de manera abrupta, era la destrucción... Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y enojóse...
...La vida estaba en otro sitio, su vida era escribir, no permanecer en el pueblo trabajando el barro, con su padre... Ahora pues, oh Jehová, ruégote que me mates; porque mejor me es la muerte que la vida... Su vida estaba en otro lado, y buscándola demoraba el comienzo de la historia y la vida se le escapaba por los bordes... E hízose allí una choza, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué sería de la ciudad...Es que la vida estaba en otro lado. Nadie le dijo qué hacer ni qué decir, de nadie huía, mucho menos de Dios, tal vez de la inercia... Y preparó Jehová Dios una calabacera... Él buscaba la vida, la manera de escribir, la sustancia de sus palabras, el motivo de sus pensamientos; el deseaba encontrar el origen de la vida sin advertir que en él mismo estaba la vida, el origen, y la simiente que daría la continuidad de las especies, de los hombres buscadores de vida, de ideas, de palabras con algún sentido, en cualquier idioma pero con sentido, por qué no en el idioma universal, el que estaba dispuesto a pronunciar... Mas Dios preparó un gusano al venir la mañana... Quería vivir; en América, en Nínive, en la Atlántida, allí donde fuese necesario llegar, quería vivir... ¿Tanto te enojas por la calabacera?... Liberato quería vivir, y estaba dispuesto a todo por vivir, porque sólo viviendo podría escribir y sólo escribiendo podría vivir... Mucho me enojo, hasta la muerte... Sentía la fuerza, las ganas y no advertía que estaba viviendo y que ya estaba escribiendo...Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cuál no trabajaste.... El María Fioravanti era su vientre de ballena, su tabla de salvación. La de todos.
La de todos.
Hasta la del pobre don Guido, con dos bronces como ojos.
...¿Y cómo no tendré piedad yo de Nínive...?
La violencia de la tormenta había cesado, pero el frente no se había retirado, y aún persistían algunos relámpagos, lejanos a juzgar por el trueno tardo y sin fuerzas. Cuando Antonio entró, Liberato dejó de leer, cerró los ojos... Y comenzó a pensar en el asunto aquél de las sustancias.
Francisco se movió y dejo que Antonio se sentase; luego cerró los ojos él también, y pensó, pensó, pensó en las palabras del libro, en que él también era, a su modo, un profeta, un propagandista de una idea, de la materialización de una idea que abjuraba de las ideas; era él la voz guía de un dogma que rechazaba jefes y guías, era él el igual distinto, el hombre que estando allí estaba en otro sitio, pensando que sus palabras eran también profecías y que como aquellas bien podrían no cumplirse. Odiaba ese miedo y por eso lo negaba. Lo sabía y lo negaba, porque él era un profeta, y los profetas no adivinaban ni inventaban ni dirigían ni tergiversaban ni especulaban; los profetas decían verdades de un futuro inevitable. Jonás no era un profeta, era un pobre bufón, un mentiroso que inventó a Dios para encubrir su yerro. Nínive no fue destruida, Nínive no fue destruida, Nínive no fue destruida; y por favor, que nadie le pidiera que creyese en los vientres de ballenas, ni en...
–¿Y su sobrino? – le distrajo Antonio.
–¿No estaba con ustedes, en la capilla?
–No.
–¡Julián!
Francisco salió del camarote corriendo. Antonio, ahora recostado, miró a Lucio como preguntándole a su paisano “¿y a ése, qué bicho le picó?”: Lucio abrió los ojos y profundizó su gesto de nada, con lo cual daba a entender: “¿Y yo qué sé? Liberato, igualmente desconcertado, dudó entre permanecer recostado o salir a cubierta: alzó los hombros y se quedó, le devolvió el libro a Giovanni. Giovanni recibió la Biblia, todavía embelesado con la historia que acaba de oír. No, no era con la historia, sino con la voz que había imaginado leyéndola; la historia en sí, para él, no tenía más sentido que la de un hombre a quien Dios encomienda una tarea y, antes o después, por las buenas o por las malas, habrá de cumplirla, aunque los resultados posteriores no se correspondan con los razonables a esa tarea, y terminen enfrentándolo con el inescrutable Dios... Para él, no tenía más sentido que éste... y le resultaba absurdo, viniendo de él, un lego. Prefería evocar la otra voz más que pensar en la historia; pensar en María más que en Dios. María era, al fin de cuentas, el móvil de su vida, de su instante, de aquel viaje que emprendía para cumplir con un sueño propio, es cierto, pero un sueño que debía cumplir si deseaba que María fuese feliz. ¿De qué manera podría hacer feliz a los suyos si él no era antes feliz? ¿Cómo podría decirles que la vida era maravillosa, si él no lo sentía, si tantas noches, como Jonás, rogó a Dios que le enviara la muerte? Detrás de Giovanni estaba María, y detrás de María, la promesa de felicidad. Eso era todo. Así lo creía. Y viniendo de él, le parecía absurdo.
Giovanni abrió el libro al azar e imaginó en cada palabra la voz de María. Se preguntó si Liberato podría enseñarle a leer, si aún le quedaría tiempo para aprender. Se preguntó si su voz, si el sentido de su voz, si la historia que narrarían su voz y su sentido, serían la misma que narraba la voz y el sentido de María. ¿Liberato podría enseñarle a leer con el mismo espíritu con el cuál lo hacía María? Tal vez hubiese sido conveniente armarse de paciencia y aprender con ella, pero le resultaba imposible admitir su pereza, o, por el contrario, fingir pereza para no descubrir su impericia. Tantas veces insistió María, y tantas veces Giovanni se negó. Lo mismo con todo lo que indefectiblemente debía ocurrir, todo, absolutamente todo en su vida, siempre retrasada, llegando después lo que hubiese debido ser antes, y no por un capricho de Dios, sino por el necio rechazo de Giovanni, por la duda, por el miedo, que lo obligaban a desviar el rumbo hacia temas de menor cuantía, o erróneos, o sencillamente circunloquios para llegar al mismo destino que hubiese obtenido de tomar por el atajo o por la ruta correspondiente, siquiera. Siempre igual con cada cosa, con cada decisión, postergando, negando cuando hubiese debido aceptar, aceptando cuando hubiese debido exigir más. Así era siempre, y el destino se encargaba de devolverlo por las buenas o por las malas, con ballenas o dóciles embarcaciones, pero siempre encausándolo al trabajo que debía terminar; así, como Jonás.
–Las tonterías que pienso–se dijo, y guardó el libro en el fondo del baúl.
Lucio encendió un cigarrillo, esta vez demasiado pendiente de las palabras que pensaba como para advertir que ya casi no le quedaba tabaco. En la oscuridad apenas quebrantada por un leve resplandor de luna, apareciendo tímida en un hueco entre grumos grises, Lucio podía ver esas palabras. No eran las formas, sino su sonido, su sentido; sería erróneo decir que oía alguna voz, pues, como se ha dicho, Lucio veía esa voz; y la visión era descarnada y desconcertante. Había las imágenes de personas, tal vez de sus padres, o de Pietro o de algún otro amigo, pero sin dudas la de Alma, y había las palabras, la visión de las palabras, de las cuales una era Amor. Y de allí surgía el desconcierto. Es que Lucio intentaba decir que amaba a su esposa, lo decía y se veía decirlo, y veía la voz diciéndolo, y veía al objeto de las palabras, pero no lo sentía. Él era apenas un observador de aquello que se representaba, para colmo, de manera tan cursi y trillada. Se quedaba pasmado por el esfuerzo que indudablemente hacía para demostrarse que amaba, pero sobre todo por la obvia inutilidad del esfuerzo. Saber que amaba pero no sentirlo, era un cachetazo tan potente que ni siquiera el buen humo hubiese podido amortiguar. Tanta era la sumisión de Lucio a ese día que estaba en el final del ocaso, en ese lapso que debía concluir con un sueño, límite hacia el nuevo día, que de manera inconsciente, con los carrillos, formó un perfecto círculo de humo... y no lo supo advertir. La argolla ascendió a mitad del camarote y permaneció allí, girando, envolviendo a un Saturno invisible, recostándose sobre la tenue claridad de la luna, ajena a los deseos de Lucio por formar una igual a ella. Saber que uno ama y no sentirlo, se dijo, y de inmediato resurgió la imagen de Alma y el impulso que sintió aquel día por conocerla, por hablarle, por acercarse, impulso que, con el mismo ímpetu, desapareció detrás del humo. ¿Eso era el amor? Si algo recordaba haber sentido, era aquello por Alma, un sentimiento alejado tanto en tiempo como en espacio. Tal vez el problema estuviese allí, en el tiempo y en el espacio, porque si bien hacía pocos días que no la veía, y los separaba una distancia real aunque inconcebible, Alma le parecía un sueño, una burla de sus deseos, de sus ansias por casarse, formar una familia y procrear; Lucio sentía (esto sí lo sentía) que todavía era un chico de quince años al borde de la vida, del camino. ¿Tan sutil era el amor? ¿Tan etérea la razón? Sin embargo, Lucio sabía que amaba...
La braza del cigarrillo le quemó los dedos; lo soltó ahogando un grito, bajó apenas un pie, aún calzado, y con el taco lo apagó. Se dijo que lo mejor sería dormir y no pensar. No pensar en nada, ni en la vida, ni en la muerte, ni en los amores que se razonan.
***
Ahí estás, sonriéndome, y yo aquí, incapaz de soportar tu angustia. Tal vez no sea yo, tal vez no seas tú. Allí está el camino, aquí estoy yo, en medio de una senda harto conocida, de una meta que se extiende infinita, tal como deben extenderse las metas, pero aún con todas mis ganas, aún con todos mis deseos de alcanzarte, sé que mis alas ya no sirven, que las he desperdiciado, que malgasté las fuerzas en el andar por tierra. Mira mis alas, son tan grises como el cielo; son mis alas las de una paloma vulgar, en cambio tú eres radiante... pero fría, casi... casi... no, me atrevo a decir esta palabra. No me atrevo, Luna.
¿Piensas en mí? ¿Esperas mi consuelo? ¿Qué hacer contigo, Esperanza? ¿Qué debo hacer con mis alas?
47- Final

1 comentarios:
"Se dijo que lo mejor sería dormir y no pensar. No pensar en nada, ni en la vida, ni en la muerte, ni en los amores que se razonan."
Gracias por dos capítulos más.
:)
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