domingo, 28 de diciembre de 2008

Capítulos Treinta y uno - Treinta y dos

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Treinta y uno

Rebotaban; entraban y salían, no les importaba, no les afectaba; los llantos eran más ruido, como el del agua sometida al filo de la proa, o el de las ratas reverberando en la penumbra de los depósitos. Que lloren, que llore, a Giovanni le preocupaba nada más que cumplir su papel, decir las palabras que debía decir, que también serían ruidos y se perderían en el instante, para luego reposar tranquilo en su conciencia camaleónica, adaptándose al momento, a las circunstancias que requerían de su nombre y de sus palabras, pues con ellas se completaban las formas de aquel patético mar de lágrimas.

Mar de lágrimas.

Mar de lágrimas: palabras repetidas, ruidos semejantes. ¿Cuántas veces habrá que sufrir esta expresión? Mar de lágrimas. Y sin embargo allí estaba de nuevo, en su conciencia, imitando la reacción de circunstancias similares, rotando en su sitio, aceitada, una más en el complejo sistema de engranajes que, de haberlo pensado, lo hubiese imaginado un reloj; un reloj de infinitas agujas (o al menos de cifra inconcebible) que recorrían la esfera una y mil veces, multiplicándose por mil, y por mil, y por mil. Y el ruido, el tic tac que se inventaba rítmico para medir lo inconmensurable. Se estaba bien así, aceptando los ruidos, pensando en ellos como simples ruidos, necesarios, además, como su hombro y sus palabras, y las lágrimas sobre sus hombros. Se estaba bien así, recordando (y esto también era un ruido, un pensamiento sin conciencia de él, un pensar por mero reflejo, o por costumbre, o porque el engranaje giraba y giraba y giraba...) la tarde en que quiso contar los segundos, todos los segundos, uno por uno, sin pensar en los anteriores, si no en los que quedaban por venir, empezar ahora y preguntarse si los números que sabía, los nombres de los números que sabía sin formas, le alcanzarían para todos los segundos que habría que contar. Hasta que se cansó, hasta que supo que no le alcanzarían sus números para contar el infinito; sospechaba, no sabía; a esa edad era imposible asimilar al Dios barbudo con el origen y el fin de todas las cosas, incluso de sí mismo, tampoco era posible pensar en la muerte, porque a sus cuatro años nadie moría, sino que se iban de viaje o se mudaban al cielo; un niño no podía pensar en la muerte, aunque sí en el tiempo y en la prisa, y en el miedo a que el tiempo no fuera suficiente para contenerlo, ni los números para contarlo, ni las palabras para explicarlo, a que su determinación (pero esto ahora, adulto, hombre niño) llegara siempre tarde; aún así postergaba, seguía demorando.

Y no se daba cuenta.

Como quien oye llover, así le pasaba la vida.


***


La coherencia que Liberato admiraba en Carmela hallaba un contrapunto en Giovanni. Y asimismo era admirable; había un cierto destello de aceptación que no llegaba a ser conformidad, una mirada sabia, una asimilación de la vida que se vive sin cuestionarla, sin cuestionarse, una animalidad paradisíaca, virgen del fruto del árbol prohibido. Esto es lo que Liberato encontraba en los acertados movimientos de Giovanni, adecuados al tiempo, al lugar, tanto como para estar sin que nadie lo notara, como una ventana en un frente repleto de ventanas, necesaria en el conjunto, pero inadvertida en la individualidad; era un soldado, sin dudas Giovanni era el héroe sin nombre, el personaje que cualquier autor necesitaba para edificar una historia sin que el héroe fuese la historia. No importaban los nombres, Giovanni era una insignificancia, pero, ¿por qué, de todos los nombres, justo habría de llamarse Giovanni? ¿A qué otro Giovanni le debe el nombre? ¿Cuántas vidas, de cuántos tiempos hubieron transcurrido hasta desembocar en Giovanni? Papá B., alfarero de tradición, alguna vez se interesó por su linaje de alfareros y llegó hasta un tatara tatara abuelo que ya no era B., sino otro apellido que no supo ni quiso perseguir, de nombre Liberato; y allí moría la historia conocida; la de Giovanni, ¿hasta donde llegaría? ¿Hasta qué punto podría llegarse?... La historia de Giovanni moriría en él, porque él era un héroe anónimo y así constaría en su historia, la que algún día Liberato escribiría, si es que antes no se dejaba seducir por la vaca abandonada y las pipas de raíz de almendro.

Giovanni no tendría nombre, y aún sin nombre lucharía con la vida (no con la vida, con la existencia) para encontrarse uno, para saber por qué se llamaba así y no asá, por qué Giovanni, aunque no se llamase así. Marco Antonio, Julio César, de todos ellos se sabía quién y por qué, pero Giovanni, tan común, tan simple como los Luis Alberto, los Jorge Luis, los Jorge Alberto, los etc. repetidos hasta la hartazgo en esa combinación (¡y en homenaje a quién, a quiénes? ¿Qué Jorge Luis en la historia podría merecer un homenaje semejante? Cuando Liberato tuviese hijos, ninguno se llamaría así... Y él creía que estaba bien).

Extasiado por los movimientos, por las expresiones, las reacciones, los diálogos que trataban sobre temas obvios con palabras conocidas con respuestas más que sabidas pero sin dudas necesarias para que todo continuase, Liberato se preguntaba si todo aquello era la vida, si acaso era testigo de su futura novela, o si en realidad estaba perdiendo el tiempo, el suyo y el de los otros, porque él no servía ni quería hacer nada por las mujeres que lloraban hipocresía y culpas, o por los hombres que actuaban por obligación de actuar; mientras tanto, la vida pasaba en otro sitio, tal vez en cubierta, entre los curiosos de la tercera, o quizás en los pisos superiores, donde las clases más adineradas ni siquiera sospechaban que en el María Fioravanti había muerto un hombre al que su familia lloraba; ni de la existencia de un joven que deseaba vivir y escribir la vida. Bien, se decía, le tocaba estar allí, en la tercera, y trataría de tomar todo cuanto pudiera: la expresión entre ausente y apacible de Giovanni, seguramente su héroe, los olores que convivían en los camarotes de los exiliados y que ahora comenzaba a asociar con la muerte (sin saber, quizá, que su reacción era acertada, tan acertada, y a la vez un profundo error, porque la muerte no hedía, no eran el hombre sin vida ni el futuro miasma, porque ella moría, también, en el acto de morir; sin embargo el aroma estaba allí, como algo más que un recuerdo, tal vez una seña de paso, un banderín de reclamo, o una huella que se deja para que todo el mundo recuerde y sepa, recuerde y viva, recuerde y admita que nada es para siempre y que ahora es el momento). Lo que más necesitaba Liberato eran diálogos, palabras, los verdaderos intercambios de frases que, a diferencia de los pocos libros (tan pocos) que había leído en la clandestinidad hogareña, jamás trataban sobre temas trascendentales ni utilizaban léxicos grandilocuentes; si en la vida se trataban temas de importancia, casi siempre ocurría de soslayo, ocultándose las verdades detrás de palabras que no metieran miedo. Los diálogos de la vida se repetían en lugares comunes, buscando sólo cubrir silencios; la vida era aburrida, mediocre, y muy bien podría transcurrir sin palabras, porque las sobreentendidos eran siempre más valorados que las afirmaciones verbales, aunque éstos indefectiblemente derivaran en disputas; sin embargo allí estaban las palabras, necesarias, justas, casi un escudo, una barrera contra esa muerte que moría consigo misma, un conjuro para alejarla, para demostrar que ahora, sólo ahora había vida.


Treinta y dos


¡América!, gritó al salir. ¡América!, les indujo a gritar. América, con una sonrisa forzada, casi tallada en madera, un rictus que podía engañar sólo si no se miraban los ojos. Los ojos no sonreían. Los ojos veían el ahora, y en la mente se dibujaban las imágenes del pueblo, de la senda, de Pietro fumando argollas, de Alma alimentando a la niña, pero no había lugar para el futuro. Al futuro podía decirlo, podía gritarlo, y podía hacérselos gritar, pero no lo podía ver. Lo que él creía el futuro, no eran más que las formas de sus deseos y aunque con el auxilio de la voluntad hubiese podido anticiparles un cuerpo, una existencia real, lo que en verdad sentía Lucio era un miedo atroz; prefería sentirse un burro, o, peor, una zanahoria. El futuro y América eran conceptos que se confundían en un mismo temor, sinónimos de su miedo. El mejor tabaco y el regreso en primera, la felicidad que gastaba a cuenta en las mañanas, y que la vida le reclamaba por las tardes, no eran más que miedo, miedo y más miedo. América, la meta difusa, la irrealidad detrás del mar, lo había sido también para la morsa, y la morsa había muerto.

Era día, mañana despejada, sol tranquilo y calor, perfecta armonía anticipando una tormenta, pero armonía al fin; por qué, entonces, se permitía la caída anticipada, por qué se sumergía en el cambio deseado sin desearlo, por qué estaba en la tercera del María Fioravanti y no sentado en el límite de su pueblo, allí donde empezaba (¿o concluía?) el camino de ripio y polvo seco, fumando junto con Pietro, intentando en vano formar argollas a golpes de carrillo; en el pueblo hubiese tenido una mujer que bien hubiera podido llamarse Alma, aunque no lo fuera, y haber sido padre de una niña, o tan sólo haberse quedado eternamente sentado en el borde del camino, imaginando que más allá de las lomas existían otros pueblos, y otras gentes, y un futuro que no lo atormentaría porque no sería el suyo, porque no estaría batallando con el riesgo de perder.

Es curioso que haya pensado en una batalla y no en una guerra, es curioso que, inconscientemente, hubiese aceptado que cada enfrentamiento con la vida, con el instante, no era más que una de tantas luchas de la gran guerra. Es curioso, porque Lucio negándose a vegetar hubiese preferido una guerra; en las guerras se jugaba todo, morir o ganar, morir o perder, ganar y morir, o perder y vivir, la inexistencia de grises, el resultado era definitivo; al fin del día, en medio del campo ensangrentado, cada uno sabía cuál era el cuadro de situación, y ése sería el que persistiría hasta el fin; pero en las batallas nunca estaba todo dicho. En las batallas se podía huir vivo, con una derrota en las espaldas, pero con la obligación de regresar para la próxima escaramuza, de la que tal vez se podría salir victorioso, aunque esto tampoco fuese definitivo.

Es curioso que haya pensado en una batalla cuando lo que había ocurrido en el camarote treintaicinco del María Fioravanti era el desenlace de una guerra, la de don Guido. Con él ya estaba todo dicho.

Es curioso que así, triste y pesado como estaba, a pesar de la gran mañana, haya aceptado seguir luchando aunque le temblasen las piernas.

Quiso fumar, pero Francisco estaba dormido.

En fin, se dijo, y lió un cigarrillo con su tabaco. Aspiró, golpeó los carrillos y el humo se esparció informe.

Sonrió.


Capítulos Treinta y tres - Treinta y cuatro - Treinta y cinco

sábado, 20 de diciembre de 2008

Capítulos Veintinueve y Treinta

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Veintinueve

–Nombre del occiso.

–Del muerto, dirá.

–Usted lo ha dicho.

–Guido, Guido G.

–Fecha de nacimiento, lugar de procedencia.

–Cuatro de abril de 1876, Génova.

–Motivos que ocasionaron la muerte.

–¿La vida?

–La muerte, es claro.

–La vida, sugiero.

–Bien, bien, ¿padecía alguna enfermedad?

–No, que sepamos.

–Ayer le dolía una muela, pero se la quitó el muchacho Lucio, aquí presente.

–Eh, yo, bueno...

–Silencio, por favor; responda sólo cuando se le pregunte.

–Sí, pero yo...

–Dónde está la muela del occiso.

–No está.

–¿Cómo que no está?

–La arrojé al mar.

–Bien, bien, el doctor ya se encargará de revisar.

–¿El mar?

–No, señor; la boca del occiso. ¿Son todos familiares?

–Sólo nosotras, capitán.

–¿Y los señores?

–Son nuestros vecinos de viaje, los conocimos aquí.

–Ajá, bien, bien

Anota un marinero:

–ve-ci... ¿vecinos con ce o con ese?

–Con ese, creo.

–Vee-sss-si-no.

–Bien, eso es todo, gracias; mis más sinceras condolencias, señoras.

–¿Cuándo podremos asearlo?

–Ya mismo, si lo desean.

–¿Podremos velarlo? Si por lo menos hubiese flores.

–Sí, claro, pero lo de las flores está difícil...

–¿Y luego? ¿Dónde lo guardarán?

–¿Guardarlo? No, señoras, lamento comunicarles que el cuerpo será arrojado al mar.

–Eh, capitán, qué dice, tenga un poco de consideración para con las señoras, cómo les va a decir que arrojarán el cuerpo de don Guido; un poco de tacto...

–Por favor, señores, si ustedes no pertenecen a la familia, les ruego que se mantengan al margen de la tramitación.

–Lo que digan las señoras.

–Está bien, muchachos, está bien.

–¿Está bien qué?

–Señor, don Guido en muy reacio al agua del mar, no puede hacerle esto.

–¡Madonna Santa, Regina!

–¡Qué! ¡Qué!

–Capitán, no puede arrojarlo al mar, don Guido es nuestro; además, a él le hubiese gustado llegar a la América; quisiéramos darle sepultura allí.

–Lo siento, señoras, por razones de salud e higiene no podemos conservar el cuerpo en la nave. Comprendo su situación, pero es lo que nos exigen las leyes y el sentido común. No podemos arriesgar la salud del resto del pasaje...

–De la primera, dirá.

–...Del resto del pasaje, que como usted y como yo tienen derecho a conservar su salud.

–Pero, capitán, por favor.

–Lo siento, señoras.

–Al menos permítanos velarlo como Dios manda.

–Dos días es mucho tiempo.

–Por favor.

–...

–...

–Le concedo veinticuatro horas. El médico se encargará de revisar el cuerpo. Hasta tener la seguridad de que no existen indicios de alguna enfermedad contagiosa, este sector permanecerá en cuarentena.

–Pero, Capitán, nuestro camarote está al otro lado de cubierta.

–Lo siento, usted y el joven deberán permanecer aquí. Mandaré un marinero con colchones y ropa de cama.

–Pueden quedarse en nuestro camarote.

–Gracias, gracias.

–En cuanto a usted, señor...

–R.; Lucio R.

–...Señor R., ¿tiene permiso para ejercer la medicina?

–¿Yo? eh, sí, claro, claro...

–Ajá... Bueno... Bien. Señoras, señorita, lamento mucho lo ocurrido.

–Gracias.

–Sí, gracias.

–No hay de qué.



Treinta


Recordaba paredes grises y descascaradas, con restos de cal negándose al abandono; recordaba un páramo yermo y gris, tan gris como a las ramas deshojadas; recordaba un cielo azul pálido de invierno, pero con un sol fuerte, demasiado cálido para cualquier enero. Recordaba una fuente repleta de almendros y una jarra vacía que olía a vino. Recordaba los vasos, las marcas circulares en la mesa, las formas de los pies en el piso de tierra: las huellas. Recordaba los cirios ya sin humo, y el primer silencio que se hizo cuando todo el mundo desapareció. Recordaba que en las calles rondaban, como siempre, sus amigos, pero callados, empujándose apenas cuando alguno elevaba la voz más de lo adecuado, arrojando pequeñas piedras que rebotaban cercanas y levantaban un aviso de polvo fugaz. Recordaba el rebuznar de Serafín, incómodo por la sed y las moscas. Recordaba el sabor del agua, las delgadas grietas de los platos sucios, la cantidad de líneas invisibles de las telas de arañas que renacían cada semana en los rincones de la casa, el aroma del establo, los sonidos que distinguían el girar de ruedas de las carrozas del pueblo, las palabras, las últimas palabras de su madre, pero no recordaba el dolor. Francisco se preguntaba si aquella tarde había llorado, se preguntaba si se había permitido una lágrima o si había permanecido inmutable como lo hubo hecho su padre, recostado en la sombra de la tarde, al Este de la casa, mirando hacia el pueblo, o más allá del pueblo, donde las piedras y los árboles grises se extendían hasta el fin del mundo. No lo recordaba, como tampoco recordaba cuándo ni por qué decidió que el páramo no era el mundo, que su padre no era la ley, y que la vida no era más que un absurdo, un capricho de algo o alguien que no era Dios, porque ese día, enojado con Él, decidió que no había Dios, lo negó, aunque tampoco esto recordaba y le ofrecía el mérito de haberle develado sus propios misterios al guía que le decía y le enseñaba y le señalaba más allá de los pueblos grises y los páramos existenciales.

Por qué preocuparse, entonces, por qué le dolía esa muerte extraña, por qué creía que aquello era dolor si al fin y al cabo no recordaba haber sentido nunca dolor; solo una pesadez, una picadura en el centro del estómago, o unas manos laceradas por el filo de una pipa, pero aquello tampoco era dolor, sino sangre que fluía. Era rojo, una sustancia ajena, un absurdo que en nada se modificaba estando allí o no. Lo mismo que don Guido, que la muerte; allí había un cuerpo, y seguramente había dolor, pero el mundo seguiría andando, y en los países nada sabrían de un don Guido muerto, ni siquiera más allá de los límites de la tercera del María Fioravanti las gentes se preocuparían de la inexistencia repentina y del dolor que tal vez provocaba. Tal vez era dolor, pero por qué le dolía, y cómo sabía que aquello era dolor. Francisco cometía el error fundamental: le daba a las palabras más importancia de la que realmente tenían; las palabras no eran más que una copia, el reflejo de una sustancia o de un sentimiento, acaso de una acción, pero esas palabras no eran ni la sustancia ni el sentimiento ni la acción; hubiera debido despojarse de sus palabras, de los significados erróneos y subjetivos, olvidarse de que aquello que sentía podía tener un nombre tan arbitrario como dolor o pena o angustia, o incluso satisfacción, o como quisiera llamarse en el idioma que fuera; hubiera debido abandonar los signos y dejarse llevar por el sentimiento anónimo, despreocuparse de ese anonimato, y fumar tranquilo, sin pensar en el concepto de fumar; y seguramente hubiese sentido ese algo para el que se carecen de palabras y de nombres adecuados.

–Tío.

–Qué quieres, Julián.

–¿Por qué lloras?

–¿Yo? Nada, Julián, nada; es el humo de la pipa. Ven, vamos a ver de qué manera nos acomodaremos esta noche.

–Sí, vamos.

“Sí, vamos. Sí, vamos. Está bien tío, vamos. Claro tío, tienes razón, cómo no seguir tus indicaciones si eres mi tío y eres mayor. Si tío, vamos”. Por qué, se preguntaba Julián, por qué no era capaz de contradecirlo, al menos una sola vez en la vida excusarse y decir que no, que mejor se estaba en la cubierta, que prefería no saber, que nada le gustaría más que no ver cómo se acomodarían esa noche, que nunca había deseado ir a América, y que en América jamás aceptaría estar junto con él. Por qué, Julián, por qué pensar en el viejo, allá en España, si el viejo había quedado atrás, o a un costado, o adelante, o en cualquier lugar según desde donde lo mirase, porque era él, Julián Á. quien se movía, y no su padre. Era él quien avanzaba o retrocedía (obediente, siempre obediente), y no su padre. Por qué no hacer lo que su corazón le exigía, por qué no reconcentrarse en sí mismo y comenzar a interpretar los mensajes inequívocos que su corazón le enviaba. Por qué no obedecerse a sí mismo, si es que a alguien debía obediencia, y no a los otros, al viejo, a su tío, al barco que lo encarcelaba y lo llevaba donde él quería, sin que le dejase elegir el rumbo, o advirtiéndole que con su elección perdería irremediablemente la vida. Por qué no preferir el norte cuando el barco siempre sudoeste, por qué no saltar al océano, o por qué no robar un bote y remar hacia el norte, siempre hacia el norte, hacia delante, porque el norte era adelante, llevase adonde llevase, porque era él quien se movía, y no el barco, él, siempre él, pero hacia atrás, ahora retrocedía, lo arrastraban; una fuerza lo tomaba de los hombros y le impedía avanzar, y en el esfuerzo por rebelarse sentía cómo se despojaba del alma, dejándola indefensa, al arbitrio de los barcos y de todas las fuerzas que se la disputarían, tirarían de ella hasta hacerla jirones, luego la pisotearían y la abandonarían destrozada, porque un alma en partes no sirve para esclavizarse. Por qué no lograba decirle (primero, admitir) que no deseaba ir al camarote para ver cómo se acomodarían esa noche, maldita la puta hora en que había muerto la morsa, como si la morsa tuviese algo que ver con sus indecisiones. Maldita la puta hora en que subió al Fioravanti, maldita cada una de las putas horas en las que los hechos habían ocurrido sin que él los decidiese. Malditas las putas vidas no correspondidas, maldito el puto aroma del sudor, maldita la puta cubierta de este puto barco de emigrantes, maldita la puta América, maldito los primeros porque siempre serán primeros, y malditos los últimos por boludear allá en el fondo, esperanzados por el sólo hecho de ser últimos; malditos, malditos todos.

Capítulos Treinta y uno - Treinta y dos

lunes, 15 de diciembre de 2008

Capítulos Veintisiete y Veintiocho


Veintisiete

Vas descalza, y tus pies silenciosos. Vas descalza y vas conmigo, o voy contigo, o vamos, simplemente vamos. No es posible asimilarte, no logro sentir tu dolor, aunque quiero, te juro que quiero. Pero tus lágrimas no me corresponden, yo sólo siento que vienes, o que voy, o que vamos, entremezclados o aislados, pero visibles, completos, conscientes del uno y del otro; al menos yo del uno y yo del otro; aunque prefiero imaginarte también así, como yo, consciente del camino, de tu condición de Luna.

La suerte, por fin, me ha hecho un guiño; la vida, al fin me ha regalado las señales; estás aquí, junto o adelante, a veces atrás, pero estás aquí, más que una uñita deslucida en el inmenso azul oscuro. Tus lágrimas invisibles me alegran, no puedo evitarlo, porque sé que te has deslizado, que tu eje ya no es el mismo, y que tu rostro repetido se ha contagiado del otro, el oculto, el inextricable para todos menos para mí, que soy quien lo contempla más allá del mundo y de la Tierra, en este camino que es madera húmeda y bruma y sal y dolor por una muerte prematura. Quisiera acompañarte también en el dolor, pero no puedo, no puedo, no puedo aunque quiero.

Hoy sé que la muerte es un hecho, que antes o después, que por esto o por aquello, que para mi o para cualquiera. Hoy sé que la muerte es y por eso no me afecta. Desaparece el futuro; la muerte es eso, la desaparición del futuro, y quien ha muerto es tu padre, Esperanza; tu origen, tu causa, tu razón; y sin embargo estás aquí, conmigo.

Y por eso me siento feliz.

Egoísta y feliz.

***

Nadie la desea, pero todo el mundo se siente invitado a curiosear cuando llega para otro; la Muerte deja un rastro, signos que los vivos reconocen y persiguen; los siguen porque saben que Aquella ya se alzó con lo que buscaba, creyéndose a salvos, ignorando que tal vez ellos tengan turno para el próximo minuto; será por eso, para evitar pensar en la propia, que la ajena llama tanto. Ha muerto la morsa –piensa Lucio– y el mundo sigue andando; ayer sufrió y fue feliz, lloró y festejó, y se durmió pensando en el futuro, en el mañana, tal vez con miedo, o con deseos de empezar, de una buena puta vez, empezar, y ya no existe más que una cáscara vacía; hoy es ese manojo de carne que en horas comenzará a heder, y se hinchará y soportará el rigor que era flaccidez cuando respiraba y sonreía.

No los conoce, no sabe sus nombres, son un montón de gentes que viajan en la tercera del María Fioravanti y recién ahora repara en sus rostros, en sus colores, en sus aromas; allí estaban y recién ahora los ve, y los sabe vivos y presiente detrás de ellos la misma sombra que ya no proyecta don Guido. Esa misma sombra es la que carga Lucio, pero esa mañana en particular no se siente inclinado a permitirle una existencia; la ve en los otros y eso es todo, y así está bien, para él está bien. Alguien se acerca y le pregunta, él responde con datos vagos: el nombre, la provincia de procedencia, nada más; y aunque hubiese deseado ser más amable a los requerimientos, en realidad no conoce nada más de él, salvo que es el padre de una chica llamada Esperanza y que ayer se había librado de una muela, pero prefiere callar ese dato, creyendo que no es importante, o acaso porque lo carga como una piedra incrustada en el zapato, levemente molesta, una sospecha que sería mejor desterrar, Lucio, para qué, para qué... Lo que carece de importancia, en todo caso, y por eso también calla, es responderle a los ajenos.

Ajenos–piensa... por alguna razón, Lucio se siente parte del dolor. Incluso cuando algún despistado le dio el pésame creyéndolo de la familia, el lo aceptó sin comentarios...

...

...Lucio se sentía parte, y no lograba entender por qué. Don Guido no significaba nada para él, nada desde que el impulso que había sentido por Esperanza, ese juego, ahora se había esfumado, ahora que aún era mañana y advertía un sutil cambio en la rutina de sus días. Desde el pasillo se oían los llantos de las mujeres; el corro de curiosos elevaba sus demostraciones de piedad cada vez que una voz se quebraba dentro del camarote treintaicinco. Pensó que tal vez sería conveniente entrar y cooperar con Giovanni y Liberato, pero el sol era demasiado intenso y era demasiado el impulso vital que, sin que él lo notara, persistía y lo elevaba y lo llevaba mentalmente hacia la América, y el futuro. Era así, una imagen de segundo plano, casi desenfocada, tímida, pero esa imagen, ese impulso, eran los protagonistas de la mañana, como todas las mañanas, y le impedían sumergirse entre el dolor y el semblante de la muerte.

Pobre don Guido, pensó, casi obligándose a la piedad, sin embargo sólo deseaba fumar; sólo esperaba que Francisco regresara con el tabaco prometido, para luego liar un cigarrillo, gordo, bien gordo, encenderlo, y dejar que el humo le invadiera las venas, que la sangre se encargara de dimanar el hormigueo y el leve mareo de la primera bocanada; dejar que el humo picara en la garganta, que invadiera los pulmones, y luego expulsarlo despacio, primero por la boca, luego por la nariz, y si quedaba un resto, regresarlo a los pulmones, obediente al ritmo de la respiración, y expelerlo con fuerzas hacia arriba, orientado por los labios...

...Con la segunda bocanada, aprovechando la escasa brisa que llegaba del mar –muy calmo, demasiado calmo, pronto iría a llover– formaría aureolas perfectas, blancas; las expulsaría con un breve aliento, o tal vez probaría con la técnica que le había enseñado Pietro, en el pueblo; Pietro sabía expulsar el humo en argollas con sólo destrabar los carrillos; era su gracia predilecta; sentado sobre una roca, en los límites de la pendiente donde se abría el camino que moría en el caserío, la repetía una y otra vez; Lucio tal vez probaría, tal vez, sabiéndolo inútil, porque nunca antes lo había logrado y en verdad se contentaba con el leve aliento, e incluso era siempre mejor evitar las aureolas, porque las argollas de Lucio eran un logro a medias y, además, la obligación de la memoria; Lucio sentiría el triunfo sólo cuando lograra trabar y destrabar los carrillos, y acompañar la rueda blanca, casi sustancial, con el crac de los huesos, como Pietro, allá en el pueblo, en la pendiente, en el límite, en el camino que Lucio sí se atrevió a caminar, porque si algo quería Lucio era fumar y hacer aureolas con el humo del mejor tabaco.

Primero fue dejar el pueblo, sin mirar hacia atrás, pero intuyendo que su amigo le dedicaba las últimas aureolas como abrazo y despedida; luego fue el puerto y Alma, y la niña, con ellas, fumando en el cuarto, intentando inútilmente las argollas que sólo eran posibles con el auxilio de un leve aliento, tragando humo para engañar la mente, las ideas, al reclamo de su sangre embriagada por el tabaco, sentado en el borde de una ventana que le mostraba las dársenas y los barcos y el rumor de gentes marchándose mientras él intentaba trabar los carrillos, una y otra vez, prometiéndose mejor fortuna con el próximo cigarrillo; y el próximo era inmediato para engañar al tiempo, esta vez al tiempo, y a la realidad, a los reclamos de Alma y al llanto de la niña, y en la calle los bultos amontonados en el borde de las planchadas, y los pañuelos blancos, y las sirenas y el vapor, la bruma, el empedrado húmedo y recubierto de pasos, de voces que llegaban y partían, y lágrimas en silencio, y suspiros entrecortados, indecisos entre el dolor y la esperanzada alegría, y él era Pietro, intentando ser Pietro en el borde del camino, anclado, amarrado del cuello por esa cadena invisible que sólo le permitía los límites preconcebidos, pero que al menos le dejaba el tiempo y la audacia como para demostrar su destreza con el humo y los carrillos, y él era Pietro, consciente de que su cadena había sido más extensa, pero cadena al fin, dejándolo en el cuarto y en Alma, en el amor y en la niña, pero muy lejos de sí, de Lucio, que no era hábil para formar argollas ni lo suficientemente paciente como para soportar, inmóvil, la imagen de un camino esperando por él; por eso el barco, sin mirar atrás, con una buena provisión de tabaco en los bolsillos como para sentarse y fumar, sentarse y esperar, sentarse y mirar el mar, y evitarse probar argollas con la técnica de Pietro; tal vez alguna mañana, cuando fuese posible soportar la lejanía, la ausencia de Pietro y del pueblo, de Alma y la niña, porque a la tarde.... a la tarde... y en las noches...

La noche era olvidar que había una sombra en la cual todo es nada, que cualquiera, como don Guido, podía morir; o incluso decidir su muerte. La noche era perder los argumentos de las mañanas, era mirar hacia atrás y ver a Pietro y al pueblo, pero sobre todo a Alma, y más que nada a la niña. La noche su niña, y el amor, y el dolor; dolor por amor. La noche era buscar desesperado, ahogar los gritos, revolver la conciencia para que aquello de la mañana le sirviese, por Dios, le fuera útil. Lucio dispuesto a saltar los límites, a perderse, a reconocer sus culpas, se decía, se gritaba: “mejor sigue con lo tuyo, qué te importa si estás vivo, qué te importa si para ellas todo será igual contigo vivo o muerto. Qué te importan la vida y la culpa, la vida culpable, mientras tengas tabaco para fumar”.

Entonces palpaba su bolsa, en el filo de la madrugada, y se prometía que en América compraría del mejor.

Veintiocho

Había sido una premonición; el dolor que hubo presentido en la noche no había sido más que un eco del ahora, de la angustia silenciosa, de la increíble realidad que le decía a gritos que su padre había muerto. No lo podía creer; sentía el dolor, pero un dolor que nacía de la combinación de las palabras muerte y padre, de las ideas que representaban por separado, de la sustancia entremezclada de los conceptos, pero no era el dolor que había imaginado (si es que alguna vez se había permitido pensarlo) para el momento posterior a la muerte de su padre; aquello era algo irreal, insensible, como si la ausencia no fuera más que pasajera, ya que por las noches él regresaría y la besaría, y se marcharía al cuarto luego de haber cenado.

Había leído, en las novelas, escenas que le arrancaron lágrimas de piedad, deseos de arrojarse en las páginas y abrazar al hijo huérfano, porque de alguna manera, mientras leía, ella era ese hijo como había sido también el padre, en la vida y en la agonía; Esperanza, en los libros, era todo y era todos, y sentía como ellos, sentía las palabras que explicaban el dolor, sentía el dolor mudo, el sugerido, pero también sentía otro que era la suma de todos los dolores, los de esa historia y los de las anteriores, sumándose a los propios, nunca tan profundos como los de quienes vivían en los libros; los viejos dolores renacían con la muerte y la piedad y el deseo de estar allí para abrazar al héroe, para abrazarse a ella misma, aunque en ella los dolores pareciesen tan fútiles.

Éste dolor era distinto de aquél que se curaba con lágrimas y olvido, con un nuevo libro, con risas, o con aventuras. Este dolor era inmarcesible y no provocaba llantos. La idea padre estaba a un lado, la idea muerte al otro, y bajo sus pies descalzos quemaba la abertura que se abría para no tragarla, para mostrarse profunda y peligrosa, definitiva y consoladora, pero dejándola allí, en el borde, abrasándole los pies. Ese dolor no podía llorarse, no podía drenarse. Y era imposible, un dolor imposible para una realidad imposible. Muerte y padre. Padre y muerte, los conceptos cercanos le provocaban la angustia. Muerte y padre, padre y muerte, pero se negaba a enlazarlos y conformar padre muerto, muerto el padre, su padre ha muerto, ha muerto papá. Imposible, imposible, imposible, por eso no lograba llorar, por eso era el dolor, por su imaginación sádica, por sus pensamientos indeseados, por el miedo. Era mentira; era una verdad mentirosa, ¿qué le diría al capitán? ¿Que había muerto su padre?

Esperanza no sabía mentir.

Golpeó Antonio. No hubo respuesta. Esperaron. ¿Cuánto debía esperarse para volver a llamar a la puerta de un capitán? ¿Qué le dirían?

Si fuese Antonio quien hablara, diría que ha muerto un hombre, Guido G., pasajero del camarote treintaicinco del María Fioravanti, y esas palabras serían ciertas. Pero si fuese Esperanza, debería decir que quien ha fallecido fue su padre, y eso no sería verdad; habían las palabras, los conceptos, y el idioma para formar las frases, pero faltaban la sustancia y los hechos, porque nada de lo que Esperanza dijera podría sonar cierto. Esperanza no sabía mentir; hubiese deseado cerrar el libro, que todo hubiese sido una historia ajena, propia pero ajena, y abrazarse, y llorar, junto con ella, llorar.

Me engaño, sé que me engaño; porque te pienso mía y no lo eres, porque te doy las formas de mi Luna. Sé que me engaño y sin embargo persisto, retomo la senda y miro hacia arriba, y te veo, aunque no eres tú. Sí, sí eres, debes serlo, Esperanza. Ahora podría llorar y verías mis lágrimas y no debo, no debo, porque las tuyas son invisibles y el momento corresponde a tu dolor, no al mío; no debo, no debo; no debo pensar, Esperanza, no debo cuestionarme ni cuestionarte; no es mentira, eres tú, eres Esperanza, mi Luna, la que nunca llega y la que siempre está. La que me mira desde los bordes, desde la distancia que se extiende más a medida que intento el avance, y me esperas, Esperanza, me esperas porque sabes que camino por ti, que voy hacia ti, consciente del engaño... no, no, no, nadie me engaña, tampoco lo hago yo. Eres tú, Esperanza, mi Luna, mi nueva Luna, la Luna que brilla en las noches de América, y que a veces llega de día, como una uñita, Luna que nace para despedir al sol. Luna que llega y se inventa Luna, porque sabe que en el cielo no hay nombre ni conciencias, ni libertad. Luna que rota desde siempre y que siempre rotará, esclava del tiempo y de las formas, anónima, con tu rostro, sabiendo que eres luna pero no que te llamas Luna, mi Esperanza. Voy hacia ti, mi camino conduce al cielo; lo sé, aunque tantas veces he subido y he trepado, he escalado hasta la cima y me he dado cuenta de que aún estaba en el suelo, de que siempre es posible ir más arriba. En la cimas que creí más altas sólo es posible mirar hacia arriba y comprobar la distancia, o mirar hacia al frente y descubrir una cuesta más alta, o mirar hacia abajo para buscar la senda que me conduzca hacia ella; me engaño, sé que me engaño cuando busco la cima y no a ti; es a ti a quien debería buscar para que las sendas no sean fines sino medios para llegar; la cima no debe ser mi meta, tú debes serlo, y cuando por fin pueda decirlo, cuando por fin lo haya aceptado, entonces podré volar. Pero me engaño, aún me engaño, y te doy las formas de mi Luna, de esa Luna que veo desde las cimas sin comprender que tus formas no son dadas más que por ti; no soy yo quien te forma, yo apenas te descubro. Esperanza, Esperanza, cuando por fin acepte mi engaño, entonces me elevaré y volaré y te alcanzaré en lo más alto; y serás mía, Luna de las noches de mi América, serás mía también en los días, en los cielos azules de días, aquellos en los cuales la Luna llega para despedir al sol. No es mentira, no me engaño, eres mi Luna aunque no eres mía. Eres mía, Esperanza. No, no me engaño, sé que no lo hago, por eso camino y retomo las cuestas; tu nombre me impulsa; pronto serás mía.




Capítulos Veintinueve y Treinta

sábado, 6 de diciembre de 2008

Veinticinco y Veintiséis

Veinticinco

Las palabras, las voces, los rostros y las intenciones eran los de la América, los de Argentina, sin embargo la familiaridad era más que exagerada; había banderas y escudos que eran argentinos pero eran de la Italia, y los hombres hablaban italiano, al igual que las mujeres, incluso los chicos. Como él mismo era italiano, hablaba italiano, y lo hacía con bastante locuacidad, pensó que no tendría problemas, que nada de lo que había imaginado como barreras infranqueables serían tales. Era de día, un hermoso día de nubes bajas y colores agrisados, algo de frío, pero no tanto; el sol aparecía intermitente y cuando lo hacía, remarcaba los verdes y amarillos de las hojas muertas y de los pinos algo más oscuros. El piso estaba mojado, los árboles también, y las casas, y los hombres; sin embargo no había razones para sospechar que había llovido. Podía percibirse claramente, además, que no llovía desde hacía meses. Sin embargo todo estaba así, mojado y gris, a veces amarillo y después otra vez gris. Y en la contemplación maravillada del entorno se hubiese perdido eternamente sin que por ello se arrepintiera, pero las altas cumbres lo interrumpieron y hacia ellas dirigió su atención. Curiosamente, también las cumbres parecían húmedas; no era la nieve, no, eso estaba fuera de toda discusión, porque era el pico blanco lo que parecía atacado por el agua. Eso era la América, eso era Argentina y mirase hacia donde mirase hallaba nuevas imágenes con las cuales asombrarse y de las cuales enamorarse. Tan diferentes todas entre sí, tan nuevas y prometedoras de porvenires variados y variables. ¿Dónde estaba el campo llano del que había oído hablar? ¿Dónde estaban los gauchos de a caballo con poncho, boleadora y mate? Allí en la América todo era fantástico y real, porque la fantasía y la hermosura que la circundaba, aquél fabuloso desconocido, era la tierra de su pasado, era lo que él ya conocía, pero mejor, sencillamente mejor. Y había incluso un mar, y un gran río, y barcos de los cuales descendían más y más personas provenientes de todos los países pero hablando un idioma común, el suyo, el que utilizaba desde siempre y el que utilizaría siempre para decirse y decir, para contarse y contar, para hablarle al mundo que hablaba y veía el mundo tal como lo contaba y veía él. Quién sería capaz de mentir y decirle, ¡ey, no entiendo nada de lo que dices! Quién sería capaz de emitir semejante improperio en el idioma que los unía, ¿acaso no modulaban las mismas palabras, no se ajustaban a la misma vida, no eran ellos personas pensantes, y no era una la vida? ¿Cómo sería posible que alguien intentara fastidiarlo con semejante absurdo? ¡Claro que entenderían! ¡Todo el mundo lo haría! Porque las palabras que utilizaría serían las que le había regalado la vida, la misma vida que todos veían y vivían. Y en ese vivir las vidas, habrían quien se encargaría de interpretarla sobre una cuerda, o sobre un tambor, y habría quien se encargaría de reflejarla en una madera o en la piedra, e incluso sobre una tela y una confección; aquél alfarero moldearía sus cacharros aplicando a su arte el idioma de la vida; lo mismo el pescador al arrojar sus redes y el mozo de establo al renovar el heno y limpiar los desperdicios; incluso aquella dama, arrodillada sobre el río, fregaría sus ropas blancas con palabras de la vida, y la anciana, en su mecedora, oiría con su amplificador de bronce la música que otros ejecutarían con el idioma de la vida; ése era el idioma que él utilizaba y utilizaría para hablarse y hablar, para contarse y contar, para explicarse y preguntar. No, no, imposible que alguien dijera no comprender sus palabras, sus intenciones; aquél lugar no permitía semejantes despropósitos; allí todo era perfecto, y, quién sabe por qué, húmedo. No había chaturas ni repeticiones, ni espacios interminables con los cuales enloquecer de hastío. Allí era todo nuevo y todo bello y todo restaba hacer; allí todo el mundo sabía qué era la vida y cuál era el idioma que utilizaba para expresarse; no debía tener miedo de hablar, claro que no; hablaría de esas montañas, de la ciudad al pie de la montaña, del páramo repentino que se habría no menos perfecto y hermoso en el mismo sitio donde hubo estado la montaña; de la increíble ausencia de animales, salvo aquellos que él deseaba, aquellos que aparecían tan pronto como los nombraba y se iban cuando ya no le importaban, cuando ya los había dicho, y contado, visto y sentenciado. Ah, perfecta América, perfecta Argentina de hombres y mujeres iguales a él, argentinos de su idioma, y de su alma y de sus ganas, como aquella muchacha que nacía sin nombre y sin rostro (o sí lo tenía pero no lo veía, o no lo recordaba, aunque fuese un rostro presente); esa mujer era un sentido, era más que un cuerpo y un aroma, era un arrobamiento en el alma, una alegría en sí misma, alegría de alegrías, felicidad arquetípica que prometía perdurar; todo eso era aquella chica que ahora desaparecía detrás de un arbusto repentinamente amarillo por el instante que le tocaba de sol. La chica se había marchado y sin embargo él no temía, porque estaba seguro, profundamente seguro, de que con sólo articular sus palabras ella vendría y ya nunca más se iría, y vigilaría que ninguna otra se le acercara porque las palabras y el relator de las palabras le correspondían, y el autor consentiría esa apropiación. Estaba tan seguro de ello que prefirió postergar el encuentro hasta tanto no hubiese visto ni oído ni interpretado ni comprendido todas las palabras que la vida recitaba, y las variaciones que ostentaba, y las entrelíneas que se permitía, y los silencios que también dirían. Todo lo quería ver, y todo lo quería vivir, porque allí en América, en esa tierra de nombre metalizado, merecía vivirse y oírse todo. Qué placer, qué tremenda sensación de paz era echarse a un lado y contemplar las luces que nacían y morían, los días que transcurrían mientras él era un instante, los rostros y las voces anónimas que se acercaban tan pronto como se alejaban rumbo a sus vidas y a sus pensamientos, que no serían distintos de los suyos, ni en esencia ni en palabras que permitiesen explicar la esencia. Bendita tierra, bendita e inmarcesible alegría, cuánto había allí para echar raíces y cuánto más prometían sus sin límites como para evitarse las raíces. Allí estaba la vida, y le hablaba, y le sonreía, y le permitía el tiempo necesario para vivir, un tiempo eterno, porque eso era lo que se necesitaba, la eternidad del paraíso; dónde más sino allí se encontraba el reino celestial. Tierra bendita, tierra de todo el mundo, hombres de toda la Tierra, ellos oirían su voz, él mismo oiría su voz y sus palabras, sus ideas y pensamientos, sus alegorías, sus sueños, su mundo encerrado en historias de vacas o de pipas o de guerras existenciales; todos ellos oirían al gran Liberato B., el B. del sur que ahora por fin se incorporaba, abría su boca y...

–¡Liberato, Liberato!

–Eh, qué, qué pasa, qué pasa, quién... Giovanni, qué pasa.

–Vístete, murió la morsa.

–¿Qué, quién?

–Vístete, ven, murió don Guido, el padre de Esperanza.



Veintiséis


Lucio prefirió quedarse en la puerta, fumando con Francisco el tabaco de Francisco. Giovanni y Julián se ocupaban de consolar a las mujeres. Liberato, con los ojos legañosos y entrecerrados, con el pelo arremolinado, se ofreció para ir a buscar al médico o al capitán, pero Antonio lo detuvo, dijo que iría él, eso era lo mejor; Esperanza quiso acompañarlo y Antonio, algo aturdido, decidió que estaba bien. Liberato permaneció en el camarote, en silencio, quizás ofendido, pero lo más probable es que aún tuviera la cabeza en otro sitio, en algún lugar que no era el camarote treintaicinco del María Fioravanti, y que sin dudas olía mejor; demoró varios minutos en mover apenas un pie. Entonces se sentó junto a Giovanni, y trató de oír las palabras que éste le decía a doña Regina. Y trató de comprender por qué prefirió hablarle a Regina que parecía la más entera, y no a María, entregada al llanto como una comadre paga de velorio de pueblo. Carmela rezaba un Rosario en un silencio desconocido, sin mover siquiera los labios, sin permitir una apertura en sus ojos, una intromisión que permitiese descubrirla destruida o indiferente. Giovanni murmuraba en un tono incomprensible y las pocas palabras que le llegaban a Liberato correspondían a un dialecto impropio, no eran palabras del idioma de la vida, eso estaba claro, pero no hubiese debido ser así, ¿o acaso la muerte no era también parte de la vida? ¿Lo eran las palabras que buscaban consolar una vida ante la muerte? ¿Lo eran? Tal vez el problema radicaba en que se consolaba no ya un temor ni un sentimiento piadoso, sino una muestra de egoísmo y vanidad, porque quien lloraba lo hacía por sí mismo, por el dolor que sentía, por la repentina conciencia de su indefensa soledad, de hallarse verdadera e irremediablemente solo en una existencia donde el otro siempre molestaba e impedía y se interponía y frenaba y era evitado y no deseado hasta que la muerte le daba crédito a sus deseos, hasta que el llanto evidenciaba la culpa y el remordimiento. Eso eran las lágrimas frente al muerto y tal vez por eso le resultaban incomprensibles las palabras de aliento y consuelo; era, sencillamente, porque no correspondían; y era esa la razón por la cual no sentía la necesidad de acercarse a Regina y al menos darle el pésame, apoyarle una mano en el hombro, transmitirle el calor de la compañía y la solidaridad, como sí lo hizo con Carmela, que rezaba sin lágrimas y sin gestos, sin razones para que alguien sospechara que sufría o le importaba un catzo la muerte de don Guido; era Carmela la única que vivía la muerte del viejo sin egotismos; era ella la única coherente y no las otras, que se decían creyentes de Dios y en Cristo, del cielo y la inmortalidad, y lloraban desconsolada por una muerte sin razón; Carmela en cambio rezaba en silencio, sin abrir los ojos para no demostrar si sufría o si le importaba un catzo, rezaba para que Dios lo recibiera en su seno; y tal vez de esa manera lo hacía feliz, incluso ella misma estaría feliz, alegre por el viejo, porque él ahora estaba con Dios, la única Voluntad, y libre de todo mal; ella sí lo creía, de verdad lo creía, ¿pero quién le hubiese permitido una sonrisa, una demostración de bienestar por el esposo ahora muerto? Doña Carmela era la única persona coherente del camarote, tal vez de la humanidad, por eso Liberato se acercó y le puso la mano sobre el hombro, y esperó hasta que ella lo mirase; Liberato miró los ojos de Carmela, luego se agachó y la besó en la frente; no fue por condolencia sino por admiración. Carmela continuó su rezo implacable e impasible, sin mostrarse víctima, porque no se sentía culpable.


***


Lucio fumaba y esperaba. Francisco fumaba y, sin notarlo, se aferraba a la pipa como si ella fuese el único bote en el naufragio del María Fioravanti.

–No somos nada–dijo Lucio.

–Y que lo diga.

–Hoy estamos...

–¡Eh!

–Era un buen hombre.

–Como todos. ¿Usted lo conocía bien?

–No, apenas de aquí, del barco.

–Ah, pensé que... como usted dijo que era un buen hombre.

–Es que Dios se lleva sólo a los mejores, ¿no?

–Así dicen, es un Dios injusto.

–No crea, parece que en el cielo se está mejor que acá.

–¿Cómo puede afirmarlo?

–No conozco a nadie que haya bajado arrepentido.

–¿No le teme a la muerte?

–No por ahora, no me considero tan buen hombre aún... Dios se lleva a los mejores.

–¿Y qué pasa con los peores? ¿Por qué cree que Dios determina la muerte de los malos?

–¿Para que no esgunfien?

–¿Cómo?

–No se me enoje, pero usted no parece muy creyente.

–No me enojo, no lo soy.

–Ah... en fin, no somos nada.

–Y que usted lo diga.

–Hoy estamos...

–¿Y mañana?

–También... eso es lo malo.

–Ahora el que parece un escéptico es usted.

–Ya le dije, no soy de los buenos...

–... Y por eso no teme morir, ¿y sería capaz de matar?

–Pero... pero... mire las cosas que se le ocurren; ¡si yo apenas le saqué una muela!

–¿Una muela? ¿Y qué tiene que ver la muela con mi pregunta?

–Mire, amigo, no sé qué tienen que ver sus preguntas con la muerte de la morsa.

–¿De quién?

–Deje, deje, ¿no le queda un poco de tabaco a mano? el mío, sabe, lo dejé en el treintaidós.


Estúpido, mil veces estúpido; ¿cómo pretendía, Francisco, reunir adeptos a la causa si se manejaba tan mal? La ansiedad lo empujaba, lo sacaba de madre y él permitía que tal cosa ocurriera, como si jamás hubiese atravesado por la misma experiencia. Francisco se maldecía por el mismo error, el apuro, el salir con el mazo en la mano como los misioneros de la conquista, cuando él debería ir de costado, insinuarse, sonreír dejar que fuesen ellos, sus iguales, quienes treparan al pedestal que lo sostenía allá arriba, tan solo. No, Francisco, tu verdad era demasiado cierta como para pretender que la creyeran, así, con simplezas, con apuros, con palabras que no tenían norte ni puerto destinado. Así no, Francisco, así no. Ellos debían abrirle sus mentes y no él a ellos, porque de lo contrario, de lo contrario...

–Eh, don Francisco, ¿se siente bien?

–Sí, sí, claro, por qué me lo pregunta.

–Pero, ¿no ve? Largue esa pipa, le está sangrando la mano.


Las cosas que hacían para no convidar de su tabaco, las excusas que buscaban para no abrir la bolsa y prestarle un poco de sus buenos tabacos; se decían generosos, compañeros, y ahí podía vérselos recurriendo a la flagelación por una pipa para no dar de su tabaco. Que se lo metiera donde mejor le cupiera. Ya tendría, Lucio, mil bolsas de tabaco con las cuales convidar a los necesitados de buen humo.

–No somos nada–dijo Lucio.

–Y que usted lo diga...

–Y algunos, menos que menos.


Capítulos Veintisiete y Veintiocho