sábado, 6 de diciembre de 2008

Veinticinco y Veintiséis

Veinticinco

Las palabras, las voces, los rostros y las intenciones eran los de la América, los de Argentina, sin embargo la familiaridad era más que exagerada; había banderas y escudos que eran argentinos pero eran de la Italia, y los hombres hablaban italiano, al igual que las mujeres, incluso los chicos. Como él mismo era italiano, hablaba italiano, y lo hacía con bastante locuacidad, pensó que no tendría problemas, que nada de lo que había imaginado como barreras infranqueables serían tales. Era de día, un hermoso día de nubes bajas y colores agrisados, algo de frío, pero no tanto; el sol aparecía intermitente y cuando lo hacía, remarcaba los verdes y amarillos de las hojas muertas y de los pinos algo más oscuros. El piso estaba mojado, los árboles también, y las casas, y los hombres; sin embargo no había razones para sospechar que había llovido. Podía percibirse claramente, además, que no llovía desde hacía meses. Sin embargo todo estaba así, mojado y gris, a veces amarillo y después otra vez gris. Y en la contemplación maravillada del entorno se hubiese perdido eternamente sin que por ello se arrepintiera, pero las altas cumbres lo interrumpieron y hacia ellas dirigió su atención. Curiosamente, también las cumbres parecían húmedas; no era la nieve, no, eso estaba fuera de toda discusión, porque era el pico blanco lo que parecía atacado por el agua. Eso era la América, eso era Argentina y mirase hacia donde mirase hallaba nuevas imágenes con las cuales asombrarse y de las cuales enamorarse. Tan diferentes todas entre sí, tan nuevas y prometedoras de porvenires variados y variables. ¿Dónde estaba el campo llano del que había oído hablar? ¿Dónde estaban los gauchos de a caballo con poncho, boleadora y mate? Allí en la América todo era fantástico y real, porque la fantasía y la hermosura que la circundaba, aquél fabuloso desconocido, era la tierra de su pasado, era lo que él ya conocía, pero mejor, sencillamente mejor. Y había incluso un mar, y un gran río, y barcos de los cuales descendían más y más personas provenientes de todos los países pero hablando un idioma común, el suyo, el que utilizaba desde siempre y el que utilizaría siempre para decirse y decir, para contarse y contar, para hablarle al mundo que hablaba y veía el mundo tal como lo contaba y veía él. Quién sería capaz de mentir y decirle, ¡ey, no entiendo nada de lo que dices! Quién sería capaz de emitir semejante improperio en el idioma que los unía, ¿acaso no modulaban las mismas palabras, no se ajustaban a la misma vida, no eran ellos personas pensantes, y no era una la vida? ¿Cómo sería posible que alguien intentara fastidiarlo con semejante absurdo? ¡Claro que entenderían! ¡Todo el mundo lo haría! Porque las palabras que utilizaría serían las que le había regalado la vida, la misma vida que todos veían y vivían. Y en ese vivir las vidas, habrían quien se encargaría de interpretarla sobre una cuerda, o sobre un tambor, y habría quien se encargaría de reflejarla en una madera o en la piedra, e incluso sobre una tela y una confección; aquél alfarero moldearía sus cacharros aplicando a su arte el idioma de la vida; lo mismo el pescador al arrojar sus redes y el mozo de establo al renovar el heno y limpiar los desperdicios; incluso aquella dama, arrodillada sobre el río, fregaría sus ropas blancas con palabras de la vida, y la anciana, en su mecedora, oiría con su amplificador de bronce la música que otros ejecutarían con el idioma de la vida; ése era el idioma que él utilizaba y utilizaría para hablarse y hablar, para contarse y contar, para explicarse y preguntar. No, no, imposible que alguien dijera no comprender sus palabras, sus intenciones; aquél lugar no permitía semejantes despropósitos; allí todo era perfecto, y, quién sabe por qué, húmedo. No había chaturas ni repeticiones, ni espacios interminables con los cuales enloquecer de hastío. Allí era todo nuevo y todo bello y todo restaba hacer; allí todo el mundo sabía qué era la vida y cuál era el idioma que utilizaba para expresarse; no debía tener miedo de hablar, claro que no; hablaría de esas montañas, de la ciudad al pie de la montaña, del páramo repentino que se habría no menos perfecto y hermoso en el mismo sitio donde hubo estado la montaña; de la increíble ausencia de animales, salvo aquellos que él deseaba, aquellos que aparecían tan pronto como los nombraba y se iban cuando ya no le importaban, cuando ya los había dicho, y contado, visto y sentenciado. Ah, perfecta América, perfecta Argentina de hombres y mujeres iguales a él, argentinos de su idioma, y de su alma y de sus ganas, como aquella muchacha que nacía sin nombre y sin rostro (o sí lo tenía pero no lo veía, o no lo recordaba, aunque fuese un rostro presente); esa mujer era un sentido, era más que un cuerpo y un aroma, era un arrobamiento en el alma, una alegría en sí misma, alegría de alegrías, felicidad arquetípica que prometía perdurar; todo eso era aquella chica que ahora desaparecía detrás de un arbusto repentinamente amarillo por el instante que le tocaba de sol. La chica se había marchado y sin embargo él no temía, porque estaba seguro, profundamente seguro, de que con sólo articular sus palabras ella vendría y ya nunca más se iría, y vigilaría que ninguna otra se le acercara porque las palabras y el relator de las palabras le correspondían, y el autor consentiría esa apropiación. Estaba tan seguro de ello que prefirió postergar el encuentro hasta tanto no hubiese visto ni oído ni interpretado ni comprendido todas las palabras que la vida recitaba, y las variaciones que ostentaba, y las entrelíneas que se permitía, y los silencios que también dirían. Todo lo quería ver, y todo lo quería vivir, porque allí en América, en esa tierra de nombre metalizado, merecía vivirse y oírse todo. Qué placer, qué tremenda sensación de paz era echarse a un lado y contemplar las luces que nacían y morían, los días que transcurrían mientras él era un instante, los rostros y las voces anónimas que se acercaban tan pronto como se alejaban rumbo a sus vidas y a sus pensamientos, que no serían distintos de los suyos, ni en esencia ni en palabras que permitiesen explicar la esencia. Bendita tierra, bendita e inmarcesible alegría, cuánto había allí para echar raíces y cuánto más prometían sus sin límites como para evitarse las raíces. Allí estaba la vida, y le hablaba, y le sonreía, y le permitía el tiempo necesario para vivir, un tiempo eterno, porque eso era lo que se necesitaba, la eternidad del paraíso; dónde más sino allí se encontraba el reino celestial. Tierra bendita, tierra de todo el mundo, hombres de toda la Tierra, ellos oirían su voz, él mismo oiría su voz y sus palabras, sus ideas y pensamientos, sus alegorías, sus sueños, su mundo encerrado en historias de vacas o de pipas o de guerras existenciales; todos ellos oirían al gran Liberato B., el B. del sur que ahora por fin se incorporaba, abría su boca y...

–¡Liberato, Liberato!

–Eh, qué, qué pasa, qué pasa, quién... Giovanni, qué pasa.

–Vístete, murió la morsa.

–¿Qué, quién?

–Vístete, ven, murió don Guido, el padre de Esperanza.



Veintiséis


Lucio prefirió quedarse en la puerta, fumando con Francisco el tabaco de Francisco. Giovanni y Julián se ocupaban de consolar a las mujeres. Liberato, con los ojos legañosos y entrecerrados, con el pelo arremolinado, se ofreció para ir a buscar al médico o al capitán, pero Antonio lo detuvo, dijo que iría él, eso era lo mejor; Esperanza quiso acompañarlo y Antonio, algo aturdido, decidió que estaba bien. Liberato permaneció en el camarote, en silencio, quizás ofendido, pero lo más probable es que aún tuviera la cabeza en otro sitio, en algún lugar que no era el camarote treintaicinco del María Fioravanti, y que sin dudas olía mejor; demoró varios minutos en mover apenas un pie. Entonces se sentó junto a Giovanni, y trató de oír las palabras que éste le decía a doña Regina. Y trató de comprender por qué prefirió hablarle a Regina que parecía la más entera, y no a María, entregada al llanto como una comadre paga de velorio de pueblo. Carmela rezaba un Rosario en un silencio desconocido, sin mover siquiera los labios, sin permitir una apertura en sus ojos, una intromisión que permitiese descubrirla destruida o indiferente. Giovanni murmuraba en un tono incomprensible y las pocas palabras que le llegaban a Liberato correspondían a un dialecto impropio, no eran palabras del idioma de la vida, eso estaba claro, pero no hubiese debido ser así, ¿o acaso la muerte no era también parte de la vida? ¿Lo eran las palabras que buscaban consolar una vida ante la muerte? ¿Lo eran? Tal vez el problema radicaba en que se consolaba no ya un temor ni un sentimiento piadoso, sino una muestra de egoísmo y vanidad, porque quien lloraba lo hacía por sí mismo, por el dolor que sentía, por la repentina conciencia de su indefensa soledad, de hallarse verdadera e irremediablemente solo en una existencia donde el otro siempre molestaba e impedía y se interponía y frenaba y era evitado y no deseado hasta que la muerte le daba crédito a sus deseos, hasta que el llanto evidenciaba la culpa y el remordimiento. Eso eran las lágrimas frente al muerto y tal vez por eso le resultaban incomprensibles las palabras de aliento y consuelo; era, sencillamente, porque no correspondían; y era esa la razón por la cual no sentía la necesidad de acercarse a Regina y al menos darle el pésame, apoyarle una mano en el hombro, transmitirle el calor de la compañía y la solidaridad, como sí lo hizo con Carmela, que rezaba sin lágrimas y sin gestos, sin razones para que alguien sospechara que sufría o le importaba un catzo la muerte de don Guido; era Carmela la única que vivía la muerte del viejo sin egotismos; era ella la única coherente y no las otras, que se decían creyentes de Dios y en Cristo, del cielo y la inmortalidad, y lloraban desconsolada por una muerte sin razón; Carmela en cambio rezaba en silencio, sin abrir los ojos para no demostrar si sufría o si le importaba un catzo, rezaba para que Dios lo recibiera en su seno; y tal vez de esa manera lo hacía feliz, incluso ella misma estaría feliz, alegre por el viejo, porque él ahora estaba con Dios, la única Voluntad, y libre de todo mal; ella sí lo creía, de verdad lo creía, ¿pero quién le hubiese permitido una sonrisa, una demostración de bienestar por el esposo ahora muerto? Doña Carmela era la única persona coherente del camarote, tal vez de la humanidad, por eso Liberato se acercó y le puso la mano sobre el hombro, y esperó hasta que ella lo mirase; Liberato miró los ojos de Carmela, luego se agachó y la besó en la frente; no fue por condolencia sino por admiración. Carmela continuó su rezo implacable e impasible, sin mostrarse víctima, porque no se sentía culpable.


***


Lucio fumaba y esperaba. Francisco fumaba y, sin notarlo, se aferraba a la pipa como si ella fuese el único bote en el naufragio del María Fioravanti.

–No somos nada–dijo Lucio.

–Y que lo diga.

–Hoy estamos...

–¡Eh!

–Era un buen hombre.

–Como todos. ¿Usted lo conocía bien?

–No, apenas de aquí, del barco.

–Ah, pensé que... como usted dijo que era un buen hombre.

–Es que Dios se lleva sólo a los mejores, ¿no?

–Así dicen, es un Dios injusto.

–No crea, parece que en el cielo se está mejor que acá.

–¿Cómo puede afirmarlo?

–No conozco a nadie que haya bajado arrepentido.

–¿No le teme a la muerte?

–No por ahora, no me considero tan buen hombre aún... Dios se lleva a los mejores.

–¿Y qué pasa con los peores? ¿Por qué cree que Dios determina la muerte de los malos?

–¿Para que no esgunfien?

–¿Cómo?

–No se me enoje, pero usted no parece muy creyente.

–No me enojo, no lo soy.

–Ah... en fin, no somos nada.

–Y que usted lo diga.

–Hoy estamos...

–¿Y mañana?

–También... eso es lo malo.

–Ahora el que parece un escéptico es usted.

–Ya le dije, no soy de los buenos...

–... Y por eso no teme morir, ¿y sería capaz de matar?

–Pero... pero... mire las cosas que se le ocurren; ¡si yo apenas le saqué una muela!

–¿Una muela? ¿Y qué tiene que ver la muela con mi pregunta?

–Mire, amigo, no sé qué tienen que ver sus preguntas con la muerte de la morsa.

–¿De quién?

–Deje, deje, ¿no le queda un poco de tabaco a mano? el mío, sabe, lo dejé en el treintaidós.


Estúpido, mil veces estúpido; ¿cómo pretendía, Francisco, reunir adeptos a la causa si se manejaba tan mal? La ansiedad lo empujaba, lo sacaba de madre y él permitía que tal cosa ocurriera, como si jamás hubiese atravesado por la misma experiencia. Francisco se maldecía por el mismo error, el apuro, el salir con el mazo en la mano como los misioneros de la conquista, cuando él debería ir de costado, insinuarse, sonreír dejar que fuesen ellos, sus iguales, quienes treparan al pedestal que lo sostenía allá arriba, tan solo. No, Francisco, tu verdad era demasiado cierta como para pretender que la creyeran, así, con simplezas, con apuros, con palabras que no tenían norte ni puerto destinado. Así no, Francisco, así no. Ellos debían abrirle sus mentes y no él a ellos, porque de lo contrario, de lo contrario...

–Eh, don Francisco, ¿se siente bien?

–Sí, sí, claro, por qué me lo pregunta.

–Pero, ¿no ve? Largue esa pipa, le está sangrando la mano.


Las cosas que hacían para no convidar de su tabaco, las excusas que buscaban para no abrir la bolsa y prestarle un poco de sus buenos tabacos; se decían generosos, compañeros, y ahí podía vérselos recurriendo a la flagelación por una pipa para no dar de su tabaco. Que se lo metiera donde mejor le cupiera. Ya tendría, Lucio, mil bolsas de tabaco con las cuales convidar a los necesitados de buen humo.

–No somos nada–dijo Lucio.

–Y que usted lo diga...

–Y algunos, menos que menos.


Capítulos Veintisiete y Veintiocho

2 comentarios:

handmade jewelry dijo...
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sticker dijo...
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