
Veintisiete
Vas descalza, y tus pies silenciosos. Vas descalza y vas conmigo, o voy contigo, o vamos, simplemente vamos. No es posible asimilarte, no logro sentir tu dolor, aunque quiero, te juro que quiero. Pero tus lágrimas no me corresponden, yo sólo siento que vienes, o que voy, o que vamos, entremezclados o aislados, pero visibles, completos, conscientes del uno y del otro; al menos yo del uno y yo del otro; aunque prefiero imaginarte también así, como yo, consciente del camino, de tu condición de Luna.
La suerte, por fin, me ha hecho un guiño; la vida, al fin me ha regalado las señales; estás aquí, junto o adelante, a veces atrás, pero estás aquí, más que una uñita deslucida en el inmenso azul oscuro. Tus lágrimas invisibles me alegran, no puedo evitarlo, porque sé que te has deslizado, que tu eje ya no es el mismo, y que tu rostro repetido se ha contagiado del otro, el oculto, el inextricable para todos menos para mí, que soy quien lo contempla más allá del mundo y de la Tierra, en este camino que es madera húmeda y bruma y sal y dolor por una muerte prematura. Quisiera acompañarte también en el dolor, pero no puedo, no puedo, no puedo aunque quiero.
Hoy sé que la muerte es un hecho, que antes o después, que por esto o por aquello, que para mi o para cualquiera. Hoy sé que la muerte es y por eso no me afecta. Desaparece el futuro; la muerte es eso, la desaparición del futuro, y quien ha muerto es tu padre, Esperanza; tu origen, tu causa, tu razón; y sin embargo estás aquí, conmigo.
Y por eso me siento feliz.
Egoísta y feliz.
***
Nadie la desea, pero todo el mundo se siente invitado a curiosear cuando llega para otro; la Muerte deja un rastro, signos que los vivos reconocen y persiguen; los siguen porque saben que Aquella ya se alzó con lo que buscaba, creyéndose a salvos, ignorando que tal vez ellos tengan turno para el próximo minuto; será por eso, para evitar pensar en la propia, que la ajena llama tanto. Ha muerto la morsa –piensa Lucio– y el mundo sigue andando; ayer sufrió y fue feliz, lloró y festejó, y se durmió pensando en el futuro, en el mañana, tal vez con miedo, o con deseos de empezar, de una buena puta vez, empezar, y ya no existe más que una cáscara vacía; hoy es ese manojo de carne que en horas comenzará a heder, y se hinchará y soportará el rigor que era flaccidez cuando respiraba y sonreía.
No los conoce, no sabe sus nombres, son un montón de gentes que viajan en la tercera del María Fioravanti y recién ahora repara en sus rostros, en sus colores, en sus aromas; allí estaban y recién ahora los ve, y los sabe vivos y presiente detrás de ellos la misma sombra que ya no proyecta don Guido. Esa misma sombra es la que carga Lucio, pero esa mañana en particular no se siente inclinado a permitirle una existencia; la ve en los otros y eso es todo, y así está bien, para él está bien. Alguien se acerca y le pregunta, él responde con datos vagos: el nombre, la provincia de procedencia, nada más; y aunque hubiese deseado ser más amable a los requerimientos, en realidad no conoce nada más de él, salvo que es el padre de una chica llamada Esperanza y que ayer se había librado de una muela, pero prefiere callar ese dato, creyendo que no es importante, o acaso porque lo carga como una piedra incrustada en el zapato, levemente molesta, una sospecha que sería mejor desterrar, Lucio, para qué, para qué... Lo que carece de importancia, en todo caso, y por eso también calla, es responderle a los ajenos.
Ajenos–piensa... por alguna razón, Lucio se siente parte del dolor. Incluso cuando algún despistado le dio el pésame creyéndolo de la familia, el lo aceptó sin comentarios...
...
...Lucio se sentía parte, y no lograba entender por qué. Don Guido no significaba nada para él, nada desde que el impulso que había sentido por Esperanza, ese juego, ahora se había esfumado, ahora que aún era mañana y advertía un sutil cambio en la rutina de sus días. Desde el pasillo se oían los llantos de las mujeres; el corro de curiosos elevaba sus demostraciones de piedad cada vez que una voz se quebraba dentro del camarote treintaicinco. Pensó que tal vez sería conveniente entrar y cooperar con Giovanni y Liberato, pero el sol era demasiado intenso y era demasiado el impulso vital que, sin que él lo notara, persistía y lo elevaba y lo llevaba mentalmente hacia la América, y el futuro. Era así, una imagen de segundo plano, casi desenfocada, tímida, pero esa imagen, ese impulso, eran los protagonistas de la mañana, como todas las mañanas, y le impedían sumergirse entre el dolor y el semblante de la muerte.
Pobre don Guido, pensó, casi obligándose a la piedad, sin embargo sólo deseaba fumar; sólo esperaba que Francisco regresara con el tabaco prometido, para luego liar un cigarrillo, gordo, bien gordo, encenderlo, y dejar que el humo le invadiera las venas, que la sangre se encargara de dimanar el hormigueo y el leve mareo de la primera bocanada; dejar que el humo picara en la garganta, que invadiera los pulmones, y luego expulsarlo despacio, primero por la boca, luego por la nariz, y si quedaba un resto, regresarlo a los pulmones, obediente al ritmo de la respiración, y expelerlo con fuerzas hacia arriba, orientado por los labios...
...Con la segunda bocanada, aprovechando la escasa brisa que llegaba del mar –muy calmo, demasiado calmo, pronto iría a llover– formaría aureolas perfectas, blancas; las expulsaría con un breve aliento, o tal vez probaría con la técnica que le había enseñado Pietro, en el pueblo; Pietro sabía expulsar el humo en argollas con sólo destrabar los carrillos; era su gracia predilecta; sentado sobre una roca, en los límites de la pendiente donde se abría el camino que moría en el caserío, la repetía una y otra vez; Lucio tal vez probaría, tal vez, sabiéndolo inútil, porque nunca antes lo había logrado y en verdad se contentaba con el leve aliento, e incluso era siempre mejor evitar las aureolas, porque las argollas de Lucio eran un logro a medias y, además, la obligación de la memoria; Lucio sentiría el triunfo sólo cuando lograra trabar y destrabar los carrillos, y acompañar la rueda blanca, casi sustancial, con el crac de los huesos, como Pietro, allá en el pueblo, en la pendiente, en el límite, en el camino que Lucio sí se atrevió a caminar, porque si algo quería Lucio era fumar y hacer aureolas con el humo del mejor tabaco.
Primero fue dejar el pueblo, sin mirar hacia atrás, pero intuyendo que su amigo le dedicaba las últimas aureolas como abrazo y despedida; luego fue el puerto y Alma, y la niña, con ellas, fumando en el cuarto, intentando inútilmente las argollas que sólo eran posibles con el auxilio de un leve aliento, tragando humo para engañar la mente, las ideas, al reclamo de su sangre embriagada por el tabaco, sentado en el borde de una ventana que le mostraba las dársenas y los barcos y el rumor de gentes marchándose mientras él intentaba trabar los carrillos, una y otra vez, prometiéndose mejor fortuna con el próximo cigarrillo; y el próximo era inmediato para engañar al tiempo, esta vez al tiempo, y a la realidad, a los reclamos de Alma y al llanto de la niña, y en la calle los bultos amontonados en el borde de las planchadas, y los pañuelos blancos, y las sirenas y el vapor, la bruma, el empedrado húmedo y recubierto de pasos, de voces que llegaban y partían, y lágrimas en silencio, y suspiros entrecortados, indecisos entre el dolor y la esperanzada alegría, y él era Pietro, intentando ser Pietro en el borde del camino, anclado, amarrado del cuello por esa cadena invisible que sólo le permitía los límites preconcebidos, pero que al menos le dejaba el tiempo y la audacia como para demostrar su destreza con el humo y los carrillos, y él era Pietro, consciente de que su cadena había sido más extensa, pero cadena al fin, dejándolo en el cuarto y en Alma, en el amor y en la niña, pero muy lejos de sí, de Lucio, que no era hábil para formar argollas ni lo suficientemente paciente como para soportar, inmóvil, la imagen de un camino esperando por él; por eso el barco, sin mirar atrás, con una buena provisión de tabaco en los bolsillos como para sentarse y fumar, sentarse y esperar, sentarse y mirar el mar, y evitarse probar argollas con la técnica de Pietro; tal vez alguna mañana, cuando fuese posible soportar la lejanía, la ausencia de Pietro y del pueblo, de Alma y la niña, porque a la tarde.... a la tarde... y en las noches...
La noche era olvidar que había una sombra en la cual todo es nada, que cualquiera, como don Guido, podía morir; o incluso decidir su muerte. La noche era perder los argumentos de las mañanas, era mirar hacia atrás y ver a Pietro y al pueblo, pero sobre todo a Alma, y más que nada a la niña. La noche su niña, y el amor, y el dolor; dolor por amor. La noche era buscar desesperado, ahogar los gritos, revolver la conciencia para que aquello de la mañana le sirviese, por Dios, le fuera útil. Lucio dispuesto a saltar los límites, a perderse, a reconocer sus culpas, se decía, se gritaba: “mejor sigue con lo tuyo, qué te importa si estás vivo, qué te importa si para ellas todo será igual contigo vivo o muerto. Qué te importan la vida y la culpa, la vida culpable, mientras tengas tabaco para fumar”.
Entonces palpaba su bolsa, en el filo de la madrugada, y se prometía que en América compraría del mejor.
Veintiocho
Había sido una premonición; el dolor que hubo presentido en la noche no había sido más que un eco del ahora, de la angustia silenciosa, de la increíble realidad que le decía a gritos que su padre había muerto. No lo podía creer; sentía el dolor, pero un dolor que nacía de la combinación de las palabras muerte y padre, de las ideas que representaban por separado, de la sustancia entremezclada de los conceptos, pero no era el dolor que había imaginado (si es que alguna vez se había permitido pensarlo) para el momento posterior a la muerte de su padre; aquello era algo irreal, insensible, como si la ausencia no fuera más que pasajera, ya que por las noches él regresaría y la besaría, y se marcharía al cuarto luego de haber cenado.
Había leído, en las novelas, escenas que le arrancaron lágrimas de piedad, deseos de arrojarse en las páginas y abrazar al hijo huérfano, porque de alguna manera, mientras leía, ella era ese hijo como había sido también el padre, en la vida y en la agonía; Esperanza, en los libros, era todo y era todos, y sentía como ellos, sentía las palabras que explicaban el dolor, sentía el dolor mudo, el sugerido, pero también sentía otro que era la suma de todos los dolores, los de esa historia y los de las anteriores, sumándose a los propios, nunca tan profundos como los de quienes vivían en los libros; los viejos dolores renacían con la muerte y la piedad y el deseo de estar allí para abrazar al héroe, para abrazarse a ella misma, aunque en ella los dolores pareciesen tan fútiles.
Éste dolor era distinto de aquél que se curaba con lágrimas y olvido, con un nuevo libro, con risas, o con aventuras. Este dolor era inmarcesible y no provocaba llantos. La idea padre estaba a un lado, la idea muerte al otro, y bajo sus pies descalzos quemaba la abertura que se abría para no tragarla, para mostrarse profunda y peligrosa, definitiva y consoladora, pero dejándola allí, en el borde, abrasándole los pies. Ese dolor no podía llorarse, no podía drenarse. Y era imposible, un dolor imposible para una realidad imposible. Muerte y padre. Padre y muerte, los conceptos cercanos le provocaban la angustia. Muerte y padre, padre y muerte, pero se negaba a enlazarlos y conformar padre muerto, muerto el padre, su padre ha muerto, ha muerto papá. Imposible, imposible, imposible, por eso no lograba llorar, por eso era el dolor, por su imaginación sádica, por sus pensamientos indeseados, por el miedo. Era mentira; era una verdad mentirosa, ¿qué le diría al capitán? ¿Que había muerto su padre?
Esperanza no sabía mentir.
Golpeó Antonio. No hubo respuesta. Esperaron. ¿Cuánto debía esperarse para volver a llamar a la puerta de un capitán? ¿Qué le dirían?
Si fuese Antonio quien hablara, diría que ha muerto un hombre, Guido G., pasajero del camarote treintaicinco del María Fioravanti, y esas palabras serían ciertas. Pero si fuese Esperanza, debería decir que quien ha fallecido fue su padre, y eso no sería verdad; habían las palabras, los conceptos, y el idioma para formar las frases, pero faltaban la sustancia y los hechos, porque nada de lo que Esperanza dijera podría sonar cierto. Esperanza no sabía mentir; hubiese deseado cerrar el libro, que todo hubiese sido una historia ajena, propia pero ajena, y abrazarse, y llorar, junto con ella, llorar.
Me engaño, sé que me engaño; porque te pienso mía y no lo eres, porque te doy las formas de mi Luna. Sé que me engaño y sin embargo persisto, retomo la senda y miro hacia arriba, y te veo, aunque no eres tú. Sí, sí eres, debes serlo, Esperanza. Ahora podría llorar y verías mis lágrimas y no debo, no debo, porque las tuyas son invisibles y el momento corresponde a tu dolor, no al mío; no debo, no debo; no debo pensar, Esperanza, no debo cuestionarme ni cuestionarte; no es mentira, eres tú, eres Esperanza, mi Luna, la que nunca llega y la que siempre está. La que me mira desde los bordes, desde la distancia que se extiende más a medida que intento el avance, y me esperas, Esperanza, me esperas porque sabes que camino por ti, que voy hacia ti, consciente del engaño... no, no, no, nadie me engaña, tampoco lo hago yo. Eres tú, Esperanza, mi Luna, mi nueva Luna, la Luna que brilla en las noches de América, y que a veces llega de día, como una uñita, Luna que nace para despedir al sol. Luna que llega y se inventa Luna, porque sabe que en el cielo no hay nombre ni conciencias, ni libertad. Luna que rota desde siempre y que siempre rotará, esclava del tiempo y de las formas, anónima, con tu rostro, sabiendo que eres luna pero no que te llamas Luna, mi Esperanza. Voy hacia ti, mi camino conduce al cielo; lo sé, aunque tantas veces he subido y he trepado, he escalado hasta la cima y me he dado cuenta de que aún estaba en el suelo, de que siempre es posible ir más arriba. En la cimas que creí más altas sólo es posible mirar hacia arriba y comprobar la distancia, o mirar hacia al frente y descubrir una cuesta más alta, o mirar hacia abajo para buscar la senda que me conduzca hacia ella; me engaño, sé que me engaño cuando busco la cima y no a ti; es a ti a quien debería buscar para que las sendas no sean fines sino medios para llegar; la cima no debe ser mi meta, tú debes serlo, y cuando por fin pueda decirlo, cuando por fin lo haya aceptado, entonces podré volar. Pero me engaño, aún me engaño, y te doy las formas de mi Luna, de esa Luna que veo desde las cimas sin comprender que tus formas no son dadas más que por ti; no soy yo quien te forma, yo apenas te descubro. Esperanza, Esperanza, cuando por fin acepte mi engaño, entonces me elevaré y volaré y te alcanzaré en lo más alto; y serás mía, Luna de las noches de mi América, serás mía también en los días, en los cielos azules de días, aquellos en los cuales la Luna llega para despedir al sol. No es mentira, no me engaño, eres mi Luna aunque no eres mía. Eres mía, Esperanza. No, no me engaño, sé que no lo hago, por eso camino y retomo las cuestas; tu nombre me impulsa; pronto serás mía.
Capítulos Veintinueve y Treinta

3 comentarios:
Como los que pasan en el Paragasana pero en Usuahia.
(El buque)
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