
Veintinueve
–Nombre del occiso.
–Del muerto, dirá.
–Usted lo ha dicho.
–Guido, Guido G.
–Fecha de nacimiento, lugar de procedencia.
–Cuatro de abril de 1876, Génova.
–Motivos que ocasionaron la muerte.
–¿La vida?
–La muerte, es claro.
–La vida, sugiero.
–Bien, bien, ¿padecía alguna enfermedad?
–No, que sepamos.
–Ayer le dolía una muela, pero se la quitó el muchacho Lucio, aquí presente.
–Eh, yo, bueno...
–Silencio, por favor; responda sólo cuando se le pregunte.
–Sí, pero yo...
–Dónde está la muela del occiso.
–No está.
–¿Cómo que no está?
–La arrojé al mar.
–Bien, bien, el doctor ya se encargará de revisar.
–¿El mar?
–No, señor; la boca del occiso. ¿Son todos familiares?
–Sólo nosotras, capitán.
–¿Y los señores?
–Son nuestros vecinos de viaje, los conocimos aquí.
–Ajá, bien, bien
Anota un marinero:
–ve-ci... ¿vecinos con ce o con ese?
–Con ese, creo.
–Vee-sss-si-no.
–Bien, eso es todo, gracias; mis más sinceras condolencias, señoras.
–¿Cuándo podremos asearlo?
–Ya mismo, si lo desean.
–¿Podremos velarlo? Si por lo menos hubiese flores.
–Sí, claro, pero lo de las flores está difícil...
–¿Y luego? ¿Dónde lo guardarán?
–¿Guardarlo? No, señoras, lamento comunicarles que el cuerpo será arrojado al mar.
–Eh, capitán, qué dice, tenga un poco de consideración para con las señoras, cómo les va a decir que arrojarán el cuerpo de don Guido; un poco de tacto...
–Por favor, señores, si ustedes no pertenecen a la familia, les ruego que se mantengan al margen de la tramitación.
–Lo que digan las señoras.
–Está bien, muchachos, está bien.
–¿Está bien qué?
–Señor, don Guido en muy reacio al agua del mar, no puede hacerle esto.
–¡Madonna Santa, Regina!
–¡Qué! ¡Qué!
–Capitán, no puede arrojarlo al mar, don Guido es nuestro; además, a él le hubiese gustado llegar a la América; quisiéramos darle sepultura allí.
–Lo siento, señoras, por razones de salud e higiene no podemos conservar el cuerpo en la nave. Comprendo su situación, pero es lo que nos exigen las leyes y el sentido común. No podemos arriesgar la salud del resto del pasaje...
–De la primera, dirá.
–...Del resto del pasaje, que como usted y como yo tienen derecho a conservar su salud.
–Pero, capitán, por favor.
–Lo siento, señoras.
–Al menos permítanos velarlo como Dios manda.
–Dos días es mucho tiempo.
–Por favor.
–...
–...
–Le concedo veinticuatro horas. El médico se encargará de revisar el cuerpo. Hasta tener la seguridad de que no existen indicios de alguna enfermedad contagiosa, este sector permanecerá en cuarentena.
–Pero, Capitán, nuestro camarote está al otro lado de cubierta.
–Lo siento, usted y el joven deberán permanecer aquí. Mandaré un marinero con colchones y ropa de cama.
–Pueden quedarse en nuestro camarote.
–Gracias, gracias.
–En cuanto a usted, señor...
–R.; Lucio R.
–...Señor R., ¿tiene permiso para ejercer la medicina?
–¿Yo? eh, sí, claro, claro...
–Ajá... Bueno... Bien. Señoras, señorita, lamento mucho lo ocurrido.
–Gracias.
–Sí, gracias.
–No hay de qué.
Treinta
Recordaba paredes grises y descascaradas, con restos de cal negándose al abandono; recordaba un páramo yermo y gris, tan gris como a las ramas deshojadas; recordaba un cielo azul pálido de invierno, pero con un sol fuerte, demasiado cálido para cualquier enero. Recordaba una fuente repleta de almendros y una jarra vacía que olía a vino. Recordaba los vasos, las marcas circulares en la mesa, las formas de los pies en el piso de tierra: las huellas. Recordaba los cirios ya sin humo, y el primer silencio que se hizo cuando todo el mundo desapareció. Recordaba que en las calles rondaban, como siempre, sus amigos, pero callados, empujándose apenas cuando alguno elevaba la voz más de lo adecuado, arrojando pequeñas piedras que rebotaban cercanas y levantaban un aviso de polvo fugaz. Recordaba el rebuznar de Serafín, incómodo por la sed y las moscas. Recordaba el sabor del agua, las delgadas grietas de los platos sucios, la cantidad de líneas invisibles de las telas de arañas que renacían cada semana en los rincones de la casa, el aroma del establo, los sonidos que distinguían el girar de ruedas de las carrozas del pueblo, las palabras, las últimas palabras de su madre, pero no recordaba el dolor. Francisco se preguntaba si aquella tarde había llorado, se preguntaba si se había permitido una lágrima o si había permanecido inmutable como lo hubo hecho su padre, recostado en la sombra de la tarde, al Este de la casa, mirando hacia el pueblo, o más allá del pueblo, donde las piedras y los árboles grises se extendían hasta el fin del mundo. No lo recordaba, como tampoco recordaba cuándo ni por qué decidió que el páramo no era el mundo, que su padre no era la ley, y que la vida no era más que un absurdo, un capricho de algo o alguien que no era Dios, porque ese día, enojado con Él, decidió que no había Dios, lo negó, aunque tampoco esto recordaba y le ofrecía el mérito de haberle develado sus propios misterios al guía que le decía y le enseñaba y le señalaba más allá de los pueblos grises y los páramos existenciales.
Por qué preocuparse, entonces, por qué le dolía esa muerte extraña, por qué creía que aquello era dolor si al fin y al cabo no recordaba haber sentido nunca dolor; solo una pesadez, una picadura en el centro del estómago, o unas manos laceradas por el filo de una pipa, pero aquello tampoco era dolor, sino sangre que fluía. Era rojo, una sustancia ajena, un absurdo que en nada se modificaba estando allí o no. Lo mismo que don Guido, que la muerte; allí había un cuerpo, y seguramente había dolor, pero el mundo seguiría andando, y en los países nada sabrían de un don Guido muerto, ni siquiera más allá de los límites de la tercera del María Fioravanti las gentes se preocuparían de la inexistencia repentina y del dolor que tal vez provocaba. Tal vez era dolor, pero por qué le dolía, y cómo sabía que aquello era dolor. Francisco cometía el error fundamental: le daba a las palabras más importancia de la que realmente tenían; las palabras no eran más que una copia, el reflejo de una sustancia o de un sentimiento, acaso de una acción, pero esas palabras no eran ni la sustancia ni el sentimiento ni la acción; hubiera debido despojarse de sus palabras, de los significados erróneos y subjetivos, olvidarse de que aquello que sentía podía tener un nombre tan arbitrario como dolor o pena o angustia, o incluso satisfacción, o como quisiera llamarse en el idioma que fuera; hubiera debido abandonar los signos y dejarse llevar por el sentimiento anónimo, despreocuparse de ese anonimato, y fumar tranquilo, sin pensar en el concepto de fumar; y seguramente hubiese sentido ese algo para el que se carecen de palabras y de nombres adecuados.
–Tío.
–Qué quieres, Julián.
–¿Por qué lloras?
–¿Yo? Nada, Julián, nada; es el humo de la pipa. Ven, vamos a ver de qué manera nos acomodaremos esta noche.
–Sí, vamos.
“Sí, vamos. Sí, vamos. Está bien tío, vamos. Claro tío, tienes razón, cómo no seguir tus indicaciones si eres mi tío y eres mayor. Si tío, vamos”. Por qué, se preguntaba Julián, por qué no era capaz de contradecirlo, al menos una sola vez en la vida excusarse y decir que no, que mejor se estaba en la cubierta, que prefería no saber, que nada le gustaría más que no ver cómo se acomodarían esa noche, que nunca había deseado ir a América, y que en América jamás aceptaría estar junto con él. Por qué, Julián, por qué pensar en el viejo, allá en España, si el viejo había quedado atrás, o a un costado, o adelante, o en cualquier lugar según desde donde lo mirase, porque era él, Julián Á. quien se movía, y no su padre. Era él quien avanzaba o retrocedía (obediente, siempre obediente), y no su padre. Por qué no hacer lo que su corazón le exigía, por qué no reconcentrarse en sí mismo y comenzar a interpretar los mensajes inequívocos que su corazón le enviaba. Por qué no obedecerse a sí mismo, si es que a alguien debía obediencia, y no a los otros, al viejo, a su tío, al barco que lo encarcelaba y lo llevaba donde él quería, sin que le dejase elegir el rumbo, o advirtiéndole que con su elección perdería irremediablemente la vida. Por qué no preferir el norte cuando el barco siempre sudoeste, por qué no saltar al océano, o por qué no robar un bote y remar hacia el norte, siempre hacia el norte, hacia delante, porque el norte era adelante, llevase adonde llevase, porque era él quien se movía, y no el barco, él, siempre él, pero hacia atrás, ahora retrocedía, lo arrastraban; una fuerza lo tomaba de los hombros y le impedía avanzar, y en el esfuerzo por rebelarse sentía cómo se despojaba del alma, dejándola indefensa, al arbitrio de los barcos y de todas las fuerzas que se la disputarían, tirarían de ella hasta hacerla jirones, luego la pisotearían y la abandonarían destrozada, porque un alma en partes no sirve para esclavizarse. Por qué no lograba decirle (primero, admitir) que no deseaba ir al camarote para ver cómo se acomodarían esa noche, maldita la puta hora en que había muerto la morsa, como si la morsa tuviese algo que ver con sus indecisiones. Maldita la puta hora en que subió al Fioravanti, maldita cada una de las putas horas en las que los hechos habían ocurrido sin que él los decidiese. Malditas las putas vidas no correspondidas, maldito el puto aroma del sudor, maldita la puta cubierta de este puto barco de emigrantes, maldita la puta América, maldito los primeros porque siempre serán primeros, y malditos los últimos por boludear allá en el fondo, esperanzados por el sólo hecho de ser últimos; malditos, malditos todos.
Capítulos Treinta y uno - Treinta y dos

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