Treinta y uno
Rebotaban; entraban y salían, no les importaba, no les afectaba; los llantos eran más ruido, como el del agua sometida al filo de la proa, o el de las ratas reverberando en la penumbra de los depósitos. Que lloren, que llore, a Giovanni le preocupaba nada más que cumplir su papel, decir las palabras que debía decir, que también serían ruidos y se perderían en el instante, para luego reposar tranquilo en su conciencia camaleónica, adaptándose al momento, a las circunstancias que requerían de su nombre y de sus palabras, pues con ellas se completaban las formas de aquel patético mar de lágrimas.
Mar de lágrimas.
Mar de lágrimas: palabras repetidas, ruidos semejantes. ¿Cuántas veces habrá que sufrir esta expresión? Mar de lágrimas. Y sin embargo allí estaba de nuevo, en su conciencia, imitando la reacción de circunstancias similares, rotando en su sitio, aceitada, una más en el complejo sistema de engranajes que, de haberlo pensado, lo hubiese imaginado un reloj; un reloj de infinitas agujas (o al menos de cifra inconcebible) que recorrían la esfera una y mil veces, multiplicándose por mil, y por mil, y por mil. Y el ruido, el tic tac que se inventaba rítmico para medir lo inconmensurable. Se estaba bien así, aceptando los ruidos, pensando en ellos como simples ruidos, necesarios, además, como su hombro y sus palabras, y las lágrimas sobre sus hombros. Se estaba bien así, recordando (y esto también era un ruido, un pensamiento sin conciencia de él, un pensar por mero reflejo, o por costumbre, o porque el engranaje giraba y giraba y giraba...) la tarde en que quiso contar los segundos, todos los segundos, uno por uno, sin pensar en los anteriores, si no en los que quedaban por venir, empezar ahora y preguntarse si los números que sabía, los nombres de los números que sabía sin formas, le alcanzarían para todos los segundos que habría que contar. Hasta que se cansó, hasta que supo que no le alcanzarían sus números para contar el infinito; sospechaba, no sabía; a esa edad era imposible asimilar al Dios barbudo con el origen y el fin de todas las cosas, incluso de sí mismo, tampoco era posible pensar en la muerte, porque a sus cuatro años nadie moría, sino que se iban de viaje o se mudaban al cielo; un niño no podía pensar en la muerte, aunque sí en el tiempo y en la prisa, y en el miedo a que el tiempo no fuera suficiente para contenerlo, ni los números para contarlo, ni las palabras para explicarlo, a que su determinación (pero esto ahora, adulto, hombre niño) llegara siempre tarde; aún así postergaba, seguía demorando.
Y no se daba cuenta.
Como quien oye llover, así le pasaba la vida.
***
La coherencia que Liberato admiraba en Carmela hallaba un contrapunto en Giovanni. Y asimismo era admirable; había un cierto destello de aceptación que no llegaba a ser conformidad, una mirada sabia, una asimilación de la vida que se vive sin cuestionarla, sin cuestionarse, una animalidad paradisíaca, virgen del fruto del árbol prohibido. Esto es lo que Liberato encontraba en los acertados movimientos de Giovanni, adecuados al tiempo, al lugar, tanto como para estar sin que nadie lo notara, como una ventana en un frente repleto de ventanas, necesaria en el conjunto, pero inadvertida en la individualidad; era un soldado, sin dudas Giovanni era el héroe sin nombre, el personaje que cualquier autor necesitaba para edificar una historia sin que el héroe fuese la historia. No importaban los nombres, Giovanni era una insignificancia, pero, ¿por qué, de todos los nombres, justo habría de llamarse Giovanni? ¿A qué otro Giovanni le debe el nombre? ¿Cuántas vidas, de cuántos tiempos hubieron transcurrido hasta desembocar en Giovanni? Papá B., alfarero de tradición, alguna vez se interesó por su linaje de alfareros y llegó hasta un tatara tatara abuelo que ya no era B., sino otro apellido que no supo ni quiso perseguir, de nombre Liberato; y allí moría la historia conocida; la de Giovanni, ¿hasta donde llegaría? ¿Hasta qué punto podría llegarse?... La historia de Giovanni moriría en él, porque él era un héroe anónimo y así constaría en su historia, la que algún día Liberato escribiría, si es que antes no se dejaba seducir por la vaca abandonada y las pipas de raíz de almendro.
Giovanni no tendría nombre, y aún sin nombre lucharía con la vida (no con la vida, con la existencia) para encontrarse uno, para saber por qué se llamaba así y no asá, por qué Giovanni, aunque no se llamase así. Marco Antonio, Julio César, de todos ellos se sabía quién y por qué, pero Giovanni, tan común, tan simple como los Luis Alberto, los Jorge Luis, los Jorge Alberto, los etc. repetidos hasta la hartazgo en esa combinación (¡y en homenaje a quién, a quiénes? ¿Qué Jorge Luis en la historia podría merecer un homenaje semejante? Cuando Liberato tuviese hijos, ninguno se llamaría así... Y él creía que estaba bien).
Extasiado por los movimientos, por las expresiones, las reacciones, los diálogos que trataban sobre temas obvios con palabras conocidas con respuestas más que sabidas pero sin dudas necesarias para que todo continuase, Liberato se preguntaba si todo aquello era la vida, si acaso era testigo de su futura novela, o si en realidad estaba perdiendo el tiempo, el suyo y el de los otros, porque él no servía ni quería hacer nada por las mujeres que lloraban hipocresía y culpas, o por los hombres que actuaban por obligación de actuar; mientras tanto, la vida pasaba en otro sitio, tal vez en cubierta, entre los curiosos de la tercera, o quizás en los pisos superiores, donde las clases más adineradas ni siquiera sospechaban que en el María Fioravanti había muerto un hombre al que su familia lloraba; ni de la existencia de un joven que deseaba vivir y escribir la vida. Bien, se decía, le tocaba estar allí, en la tercera, y trataría de tomar todo cuanto pudiera: la expresión entre ausente y apacible de Giovanni, seguramente su héroe, los olores que convivían en los camarotes de los exiliados y que ahora comenzaba a asociar con la muerte (sin saber, quizá, que su reacción era acertada, tan acertada, y a la vez un profundo error, porque la muerte no hedía, no eran el hombre sin vida ni el futuro miasma, porque ella moría, también, en el acto de morir; sin embargo el aroma estaba allí, como algo más que un recuerdo, tal vez una seña de paso, un banderín de reclamo, o una huella que se deja para que todo el mundo recuerde y sepa, recuerde y viva, recuerde y admita que nada es para siempre y que ahora es el momento). Lo que más necesitaba Liberato eran diálogos, palabras, los verdaderos intercambios de frases que, a diferencia de los pocos libros (tan pocos) que había leído en la clandestinidad hogareña, jamás trataban sobre temas trascendentales ni utilizaban léxicos grandilocuentes; si en la vida se trataban temas de importancia, casi siempre ocurría de soslayo, ocultándose las verdades detrás de palabras que no metieran miedo. Los diálogos de la vida se repetían en lugares comunes, buscando sólo cubrir silencios; la vida era aburrida, mediocre, y muy bien podría transcurrir sin palabras, porque las sobreentendidos eran siempre más valorados que las afirmaciones verbales, aunque éstos indefectiblemente derivaran en disputas; sin embargo allí estaban las palabras, necesarias, justas, casi un escudo, una barrera contra esa muerte que moría consigo misma, un conjuro para alejarla, para demostrar que ahora, sólo ahora había vida.
Treinta y dos
¡América!, gritó al salir. ¡América!, les indujo a gritar. América, con una sonrisa forzada, casi tallada en madera, un rictus que podía engañar sólo si no se miraban los ojos. Los ojos no sonreían. Los ojos veían el ahora, y en la mente se dibujaban las imágenes del pueblo, de la senda, de Pietro fumando argollas, de Alma alimentando a la niña, pero no había lugar para el futuro. Al futuro podía decirlo, podía gritarlo, y podía hacérselos gritar, pero no lo podía ver. Lo que él creía el futuro, no eran más que las formas de sus deseos y aunque con el auxilio de la voluntad hubiese podido anticiparles un cuerpo, una existencia real, lo que en verdad sentía Lucio era un miedo atroz; prefería sentirse un burro, o, peor, una zanahoria. El futuro y América eran conceptos que se confundían en un mismo temor, sinónimos de su miedo. El mejor tabaco y el regreso en primera, la felicidad que gastaba a cuenta en las mañanas, y que la vida le reclamaba por las tardes, no eran más que miedo, miedo y más miedo. América, la meta difusa, la irrealidad detrás del mar, lo había sido también para la morsa, y la morsa había muerto.
Era día, mañana despejada, sol tranquilo y calor, perfecta armonía anticipando una tormenta, pero armonía al fin; por qué, entonces, se permitía la caída anticipada, por qué se sumergía en el cambio deseado sin desearlo, por qué estaba en la tercera del María Fioravanti y no sentado en el límite de su pueblo, allí donde empezaba (¿o concluía?) el camino de ripio y polvo seco, fumando junto con Pietro, intentando en vano formar argollas a golpes de carrillo; en el pueblo hubiese tenido una mujer que bien hubiera podido llamarse Alma, aunque no lo fuera, y haber sido padre de una niña, o tan sólo haberse quedado eternamente sentado en el borde del camino, imaginando que más allá de las lomas existían otros pueblos, y otras gentes, y un futuro que no lo atormentaría porque no sería el suyo, porque no estaría batallando con el riesgo de perder.
Es curioso que haya pensado en una batalla y no en una guerra, es curioso que, inconscientemente, hubiese aceptado que cada enfrentamiento con la vida, con el instante, no era más que una de tantas luchas de la gran guerra. Es curioso, porque Lucio negándose a vegetar hubiese preferido una guerra; en las guerras se jugaba todo, morir o ganar, morir o perder, ganar y morir, o perder y vivir, la inexistencia de grises, el resultado era definitivo; al fin del día, en medio del campo ensangrentado, cada uno sabía cuál era el cuadro de situación, y ése sería el que persistiría hasta el fin; pero en las batallas nunca estaba todo dicho. En las batallas se podía huir vivo, con una derrota en las espaldas, pero con la obligación de regresar para la próxima escaramuza, de la que tal vez se podría salir victorioso, aunque esto tampoco fuese definitivo.
Es curioso que haya pensado en una batalla cuando lo que había ocurrido en el camarote treintaicinco del María Fioravanti era el desenlace de una guerra, la de don Guido. Con él ya estaba todo dicho.
Es curioso que así, triste y pesado como estaba, a pesar de la gran mañana, haya aceptado seguir luchando aunque le temblasen las piernas.
Quiso fumar, pero Francisco estaba dormido.
En fin, se dijo, y lió un cigarrillo con su tabaco. Aspiró, golpeó los carrillos y el humo se esparció informe.
Sonrió.
Capítulos Treinta y tres - Treinta y cuatro - Treinta y cinco

5 comentarios:
No gracias, aquí estamos bien leyendo con tranquilidad cada capítulo, j.j. Lo dice una fiel lectora.
Te deseo feliz año nuevo y que la musa no te abandone.
Un abrazo.
pd. eliminé el comentario anterior por repetición, sorry.
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