
–¿Quién catzo será?
–Guido, por favor, trágate las groserías.
–Debe ser algún tripulante.
–¿Le parece, a esta hora?
–¿Abro, papá?
–Má qué sabe tu padre de nada, deja que abro yo.
–Buenos días.
–¡Francisco, compadre!
–Cómo está, Antonio.
–Bien, bien; don Guido, éste hombre de aquí, un español de los mejores, es un buen amigo mío.
–De los mejores.
–Faltaba más, qué pase. ¿Qué lo trae por aquí, amigo?
–Oí la conversación animada y me atreví a golpear.
–Hizo bien, hizo bien, en nuestra casa siempre son bienvenidos los amigos de mis amigos; pero, hombre, qué bien habla usted el italiano.
–Bueno, son muchos los amigos que hice en su país.
–Madonna santa, Guido, ten cuidado con la camisa, ya te has derramado media taza de café.
–No, no se preocupe, aquí parado estoy bien.
–¿Le sirvo café?
–Francisco es un hombre muy culto, lee libros como nuestro amigo Liberato.
–Y fuma buen tabaco.
–Va a instalar una imprenta.
–Se dice que en América marcha bien ese tipo de negocios.
–Y se consigue el mejor tabaco.
–Regina, alcánzale una galleta al señor.
–No, señora, no se moleste.
–No es molestia, no es molestia.
–Virgen María, qué calor que está haciendo.
–Es que estamos en la zona de los trópicos.
–Éste muchacho me ha sacado un gran peso de encima.
–Una gran muela, querrás decir.
–Jajaja, sí, eso mismo; es un gran sacamuelas y seguramente le irá muy bien en la América.
–Esperanza, por qué no sales un momento mientras...
–Mamma, mamma, cuando quiero salir que me quede, cuando me quiero quedar que me vaya...
–Deje, doña Carmela.
–¡Claro, deje, como si en este camarote sobrara el espacio!
–Bueno, en ese caso...
–Pero no, mi amigo, Carmela no lo decía por usted...
–¿Y usted qué hará en la América, don Guido, si me permite la pregunta?
–Muchacho, a usted le permito cualquier cosa, le debo la vida.
–Anoche oí pasos como de ratas.
–Regina, Regina.
–¿Y a qué se va a dedicar?
–¿Cómo me dijo que se llamaba, usted, mozo?
–Francisco Á.
–Á, Á, me resulta conocido.
–Fuma un buen tabaco.
–Hace bien, si ha de fumar, debe hacerlo de la mejor manera de la que sea capaz. ¿Así que una imprenta?
–Sí, en realidad ya funciona precariamente, la ha instalado uno de mis socios.
–Si Dios y la Virgen quieren, seguramente le irá muy bien.
–Así lo creo, señora, pero dudo de que Dios o la Virgen tengan alguna injerencia en mi decisión y en mis actos.
–¿Alguna qué?
–Má, Carmela, no interrumpa al joven; ¿de dónde se conocen ustedes?
–Ah, una larga historia, don Guido. Aquí Francisco es un hombre muy generoso.
–Y fuma del mejor tabaco, debe ser por la edad, se lo nota mayorcito.
–Pero es muy buen mozo.
–¡Regina!
–Carmela, Carmela.
–Sí, yo creo que una imprenta debe de dar sus buenos dividendos.
–¡Eh! Y qué lo diga...pero ustedes no le irán a la saga con el oficio que tan bien desempeñan.
–Se agradece, se agradece, ¿y usted, don Guido, a qué se dedicará en la América?
–Don Guido, ten cuidado con la camisa, por el amor de Dios.
–Deja a Dios tranquilo en este asunto, mujer.
–Habría que dejarlo tranquilo en varios asuntos...
(Silencio)
–Jajaja, estos españoles, estos españoles.
–Jajajaja.
–Esperanza, ¿has visto el cielo? Es de día y se ve la Luna.
–¿Ah, sí? Bueno; don Lucio, ¿le sirvo más café?
–No me llame don, Esperanza, no me lo merezco.
–Muchacho, usted se merece todo. Dígame, don Francisco, ¿Usted...? ¡Carmela, qué haces ahora con eso!
–Es la hora del Santo Rosario.
–Pero deja eso, mujer, que tenemos visitas y estamos festejando.
–Dios es al único a quien se debe festejar.
–Me iba a preguntar algo, don Guido.
–Sí, le...bueno, me olvidé.
–¿No le gusta la Luna, Esperanza?
–Sí, es redonda.
–Pero ahora se está diluyendo.
–Parece una uñita, ¿no?
–Sí, parece una uñita.
–Qué ganas de fumar un buen tabaco.
–¿Le puedo ofrecer del mío?
–Faltaba más.
–De todas formas, acéptelo, me sentiría halagado.
–Si es así, venga nomás.
–Dios te salve, María, llena eres de...
–¿Y cuánto le parece que tardaremos en llegar?
–¿Hará calor, como acá?
–Estamos en diciembre, pleno invierno.
–...ta María, madre de Dios, ruega...
–¿Necesita fuego?
–No, gracias.
–...tra muerte, amén. Dios te salve, María...
–¿Y, dígame, don Guido, usted qué piensa hacer en la América?
–Tengo planeado una... eh, Carmela, reza en voz más baja que me interrumpes los pensamientos.
–...Y BENDITO ES EL FRUTO DE TU VIENTRE: JESÚS...
–Bah, vete al diablo.
–...RUEGA POR NOSOTROS PECADORES...
–¿Qué me decía, muchacho?
–Papá, ¿no parece una uñita?
–Má, qué cosa, Esperanza.
–La luna, don Guido.
–Ya tengo bastante yo de lunas y lunáticas...
–... EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE, AMÉN. DIOS TE SALVE...
–La descubrió Antonio.
–Muy bueno, muy bueno este tabaco.
–Cuando guste.
–Faltaba más.
–...EL SEÑOR ES CONTIGO...
–Mamá, ¿justo ahora?
–...ENTRE TODAS LAS MUJERES Y BENDITO...
–Más le vale rogar que nos vaya bien.
–¿Y a qué piensa dedicarse, don Guido?
–¿Le gusta, Esperanza?
–Y... ahora que la miro...
–Mire tranquila, mire que no se escapa...
–Rico, muy rico, se ve que acostumbran buen tabaco los imprenteros.
–...AMÉN. PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS...
–Yo no generalizaría, Lucio; cada persona vive como mejor le parece, así debería ser siempre...
–Estoy de acuerdo, don Francisco, ¿no le parece, muchacho?
–Y que lo diga, don Guido.
–...ASI EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO...
–Es una lástima que la gente no lo entienda así.
–Yo lo entiendo, yo lo entiendo.
–...Y PERDONA NUESTRAS DEUDAS, ASÍ COMO NOSOTROS...
–Sometidos a voluntades ajenas... cada uno debe actuar como mejor le parece, cada uno sabe lo que debe o no hacer...
–Claro, para eso están las leyes...
–...Y NO NOS DEJES CAER...
–No, ninguna ley, no me refiero...
–...LÍBRANOS DEL MAL, AMÉN. PADRE NUESTRO QUE...
–¿Por la noche se verá entera, Antonio?
–Si me lo pide, yo haré que se vea como usted quiera.
–¡Esperanza, ven aquí!
–Voy, tía, voy.
–Las leyes sólo sirven para...
–¿Y dónde funciona esa imprenta?
–Yo le decía de...
–Acá el joven podría hacer unos buenos panfletos... “Lucio y Antonio, dentistas, sacamuelas”.
–Sí, claro, panfletos...
–...HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA...
–¡Finishela, Carmela!
Veintiuno
¡Aire, por fin! No será fácil, no será nada fácil. Francisco sacudía el resto de cenizas de la pipa y trataba de darse ánimos, se decía que no todos serían así, que habría algunas mentes dispuestas, o al menos necesitadas de que alguien les diera una certeza: sí o no, esperanza o absurdo, pero certeza al fin. Francisco no estaba perdiendo el tiempo; no, no podía ser siempre así, un mundo de gentes demasiado simples o demasiado complicadas, demasiado arraigadas en sus rutinas equivocadas, demasiado iguales entre sí, pero tan distintos a Francisco, el único y verdadero igual de todo el Fioravanti . En algún resquicio del buque, y si no en el barco en algún punto de Buenos Aires, o en Rosario, o donde fuese, Francisco encontraría hombres deseosos de igualdad, de la verdadera igualdad: hombres que deberían ser valientes, además, porque no les sería tan sencillo desligarse de Dios y mucho menos del Nazareno, ese muchacho tan coherente... ¿Acaso él lo había logrado? Le gustaba creer que sí, le gustaba pensar que los años que había dedicado a su empresa no habían sido en vano, que los sueños, los suyos, aún guardaban algún significado, que de entre todos los iguales hallaría un diferente que entendiera el ser igual. Le gustaba darse fuerzas y sentirse un hombre libre diciéndose ajeno a la idea, a Dios; le gustaba saborear ese orgullo vanidoso que experimentó cuando con gestos, entrelíneas y sobreentendidos, la vida le dio permiso para ser un hombre, un individuo semejante a todos los individuos... pero solo, tan solo; claro que para llegar a esto no había necesitado permiso, en realidad, tampoco una orden; de igual manera, él se apartó de Dios porque quiso, porque aquél le dijo que podía hacerlo, y le explicó cómo, y le dijo por qué, y lo dejó a su arbitrio pero sin opciones: sin embargo, lo había decido él y entonces miraba al cielo como un hijo rebelde que desafía la autoridad del padre. ¿Era eso: un desafío? No, no podía ser un desafío porque Dios era nada, nadie, y un desafío se le hace a alguien, a una persona, a un algo que acompañe...
Cargó la pipa y la encendió. Aspiró profundamente... Si de verdad existía un Dios no hubiese permitido que ocurriera todo aquello que le dolía; Dios no era piadoso ni su palabra podía ser amor. Un Dios que exige amor a sí mismo por sobre todas las cosas, incluso por sobre el individuo y el semejante de ese individuo, no podía ser un Dios bueno, un buen Dios. Eso le había dicho su guía, y él le creía. Y leyó lo que el guía le dio, y leyó en ese libro que alguien había dicho que si dios no existiese habría que inventarlo... era claro, Dios era un invento... Francisco miró su pipa y pensó: su pipa existía porque alguien la había fabricado, y a su vez alguien más lejano en el tiempo había inventado la pipa y el concepto de fumar, alguien a quien le llegó un cigarro de alguien que había descubierto que el tabaco se podía quemar y se podía fumar, porque alguien había creado una planta que después alguien llamó tabaco y... A todos esos alguien los desconocía, pero sin embargo podía formarse una idea ontológica de casi todos ellos, aunque había uno, el primero de la cadena... Ése alguien se le perdía... Era absurdo, claro, la vida era absurda, por eso fue necesario inventar la pipa y el concepto de pipa, y el concepto de fumar.
Y la pipa existía, al igual que el tabaco, el humo y el concepto de fumar.
Y eso, a Francisco, en el fondo lo hacía feliz.
Veintidós
Podía decirlo, podía gritarlo, pero cuando pensaba en Alma y en la niña, cuando veía en su mente la imagen que intentó evitar al abordar el María Fioravanti, la certeza se le iba al diablo y no había tabaco ni promesa de mejor humo que le sacase la cortina que le impedía ver más allá. Más allá hacia delante, y más allá hacia atrás. El futuro se caía en el centro del océano, y el pasado quedaba estancado en la imagen de Alma y de la niña repitiéndose infinitamente. Era una imagen inabarcable y opresiva, angustiante, igualita que el mar, igualita a la libertad. ¿Sabía adónde iba? Iba a la América, claro. ¿Pero sabía? ¿Llegaría? Tal vez hubiese sido mejor quedarse, y morir hambrientos y tristes pero quedarse, porque ahora también estaba triste y lo estaría con las tripas llenas o vacías, con o sin tabaco.
Cada tarde era igual; todas las tardes de su vida eran exactamente igual. Apenas desaparecía el envión de la mañana y cuando todo indicaba que la noche llegaría sin que nada hubiese cambiado, el alma se le iba al mar, o a la tierra, o a la montaña, o allí donde él estuviera. Despertaba con la angustia que le duraba de la noche anterior, pero con el primer sol había un no sabía qué de fuerza y fe que lo empujaba a levantarse y a silbar mientras se aseaba, y comenzaba la vida, la rutina, y llegaba el mediodía con el ánimo todavía intacto, pero cuando caía la tarde, cuando el sol declinante avisaba que en poco tiempo más llegaría la noche y todo estaría allí, donde había estado ayer, entonces al piso, al diablo, al pecho que se le cerraba y le impedía respirar. Ni siquiera era la noche, ni siquiera era la muerte en sí, era el miedo, la cercanía, la frustración, y la culpa. Porque también había culpa, o es que tal vez era la culpa lo único que había. Eso eran Alma y la niña, la imagen inabarcable del mar. Se fue gritando ¡América! y haciéndoles gritar ¡América! Es que podía decirlo y podía gritarlo, pero...
Tal vez hubiese sido mejor quedarse y morir allí, sin vida, pero aún allí; hubiese sido mejor, porque ahora moría y estaba en algún lugar del cual desconocía el nombre, y es que el mundo era tan grande... Para llegar a América había que cruzar el océano, y aunque subió al barco sabiendo el tiempo que demoraría, ahora le parecía que ese viaje jamás iba a terminar. No era como ir al pueblo vecino, tan lejos, a diez kilómetros. ¡Y era tan lejos, tan agotador caminar hasta allá! Liberato era un chico joven, para él estaban bien las distancias, pero Lucio había pasado los treinta, y cuando se pasaban los treinta era muy tarde para comenzar, para viajar, para esperar que un día que empieza no vaya a terminar igual.
Y sin embargo al día siguiente despertaría, y silbaría mientras se aseaba. Y podría gritar ¡América! Y podría fumar deseos de un tabaco mejor, sabiendo que en América podría agenciárselo. Y no se preocuparía por la tarde, porque como todos los días, igual que todos sus días, creería que las fuerzas lo acompañarían hasta al final. Y así hasta la muerte, y así llorando y pensando en Alma, y en la niña, o deseando haberlas dejado en Italia cuando por fin estuvieran con él. Y así, Lucio, así hasta el final.
***

El camarote estaba fresco a pesar del día bochornoso. Giovanni pasaba las páginas de su libro sin comprender una palabra, tal vez sospechándolas, o recordando malamente las aseveraciones rápidas y de compromiso del cura Calógero, allá en el pueblo, donde la modorra de la siesta quitaba cualquier ánimo para responder preguntas de críos. Y así Giovanni se iba satisfecho; confundido pero satisfecho de ese Dios de la misa, de los libros que él no leía, el del sol en los pedregales y los páramos resecos, pero de esto él tampoco sabía, ni sospechaba. Las páginas delgadas, unas tras otras, amarillas, ilegibles, enigmáticas, se apilaban en la izquierda con los bordes ensalivados; flap, flap, retumbaba en el silencio, esperando que aquel sonido llegara a Liberato traducido tal como Giovanni quería. Por qué no se atrevía a pararse, por qué no se atrevía a decirle que comenzaran de una vez. Por qué esperaba que Liberato entendiera por sí mismo lo que acaso Giovanni jamás hubiese comprendido. Flap, flap, esperaba unos segundos con la atención puesta en el muchacho y al comprobar la indiferencia reiterada, repetía la operación; flap, flap, caían las páginas en porciones cada vez más gruesas, una bandada de páginas desparramadas desdeñosamente, insignificantes, sonoras, muy sonoras; una pausa nueva y otra vez igual que antes, y en cada repetición, Giovanni dejaba a Liberato solo, tan solo como él, y se metía en las páginas del misterio, en la lengua suya e ignorada, en los gráficos, las manchitas negras sobre el papel sepia que olía a humedad y a María, y a la Génova natal de María, y al cura Calógero y a María, y a sus recuerdos y a María. Y así como el aroma del polvo antológico, la presencia vaga de María y del pasado se disgregaban en la misma indiferencia que antes le dedicó el muchacho, por eso él también las olvidaba y le daba su instante, ahora sí, a los signos, a las manchas que eran esos signos, las letras, las mismas letras que había visto tantas veces en carteles, en otros papeles, en el pasaje, en la proa de este barco que se llamaba María Fioravanti y por tanto esas cinco marcas debían significar María, como su María, y probaba en el aire como en una página translúcida las cinco marcas que recordaba y las iba dibujando con la mano, con un dedo, con la mente, con la intención, y una a una, superpuestas y torpes, daban forma a su María y los signos que, sabía, querían decir María, y de ahí a comprender que las tres primeras daban mar, porque la primera era la “mm”, la segunda la “a” y la tercera la “rr”, había nada más que un paso, un paso gigantesco, una alegría que hacía cosquillas en la boca del estómago y trasladaba la energía por las venas, las dejaba en las manos, en las piernas, en el pecho y en la mente, y en la boca un deseo inmenso de gritar “Mar, puedo escribir Mar y puedo leer Mar”, sin saber, o queriendo olvidar que si aprendía lo que aprendía fue porque antes tuvo la intención, la voluntad, y luego la acción y así leyó y escribió María, la de Génova, la que esperaba y ahora, seguramente, lloraba y lloraba, y lloraba por él.
***
Antonio estaba mudo, Liberato estaba mudo; el silencio era absoluto. Pero Antonio pensaba y Liberato pensaba, cada uno en sus nortes, en sus zanahorias, en sus deseos. Sin conciencia, acaso, de que las palabras que pensaban y las imágenes que veían, aunque tuviesen como centro sus propias existencias, involucraban al otro, y los encadenaba y los inventaba solidarios, sin saberlo siquiera, pero ayudándose, complementándose, compenetrándose en aquella aparente aislación. Y es así que el mayor de los T., mientras clavaba los ojos en el pedacito de uña incrustado en el celeste azul de la tarde, cada vez más tarde y cada vez más azul, se recordaba en la edad de Liberato, tan inocente, tan crédulo, tan infantil allá en la Italia, y éste muchacho aquí en el barco, arrastrado a la misma aventura, pero él con dieciséis y T. con treintaitrés. Liberato tenía por delante diecisiete años antes de morir, en cambio él ya estaba en el límite, había llegado al calvario y a la hora de su crucifixión. Treintaitrés vidas desperdiciadas, donde nada de lo que había sucedido le permitía suponer que las siguientes treintaitrés le abrirían las puertas del cielo; hubiese debido aceptar las tentaciones del demonio, allá, en la cuaresma de su ayuno; sin embargo eligió la senda que lo llevaría hacia la Luna, y sólo encontró pasto, tierra y piedras, pero ninguna Luna, ninguna gracia plateada y redonda, perfecta, nada... Ahora intuía una nueva Luna, y por momentos la deseaba y la creía ya con él, por eso estaba dispuesto a retomar el camino, pero cuando se miraba las manos perforadas por los clavos, cuando caía en la cuenta de que el tiempo había pasado y el calvario había llegado, y que ya Pilatos se había lavado las manos, entonces sentía ganas de llorar, porque la cruz le pesaba y lo hacía caer. En cambio Liberato era joven, tenía otra vida delante de la muerte. Liberato, dieciséis, diecisiete años, solo en un barco, solo en la América, pobre chico, pobre chico, al menos Antonio tenía su cruz. Al menos eso, y entones así estaba bien. Así estaba bien porque allí estaba la uña, cada vez más blanca en el cielo cada vez más noche, cada vez más cielo.
La guerra podría ser buen tema para una primera narración. Las guerras siempre eran un buen tema para narraciones iniciales. Tal vez Liberato escribiera sobre eso en lugar de escribir sobre pipas, o sobre vacas. La vaca ya le parecía una mala idea, y la pipa no terminaba de convencerlo, no encontraba las palabras adecuadas que sirvieran para escribir una historia sobre pipas. En cambio las guerras daban una amplitud que ni las vacas ni las pipas; en la guerra como en el amor todo valía, y por alguna razón que no alcanzaba a comprender en su totalidad, Liberato suponía que escribir sobre guerras y sobre amores sería más o menos lo mismo. De todas formas aún nada sabía de amores, aunque sí tenía alguna referencia sobre guerras (demasiadas, para su gusto), entonces sería una guerra y en esa guerra lucharía Antonio. No, Antonio no, pues le resultaba indefinible, tan sin peculiaridades que hasta llegaba a sobresalir del montón, de la uniformidad. En cambio Giovanni daba perfectamente con el perfil de un soldado, el que necesitaba para que fuesen la historia y las ideas de la historia los protagonistas, más que el personaje y la acción. Giovanni era el indicado; era en sí mismo la figura de un soldado; no de un general, ni siquiera de un sargento, el personaje principal sería un soldado, uno más del montón, con las leves diferencias necesarias para establecer la igualdad, el arquetipo desconocido en una guerra cuyo enemigo estaría más allá de las tropas uniformadas con ropas de distinto color: el enemigo sería la vida. No, la vida no, la vida era demasiado bella como para imputarle una enemistad; Giovanni libraría una guerra contra la existencia; sí, contra la existencia sería la cosa. ¿Y qué podría decir de esa guerra? Los buenos generales, había leído, debían estar amparados por una doctrina creíble, por una aceptación plena de la armonía pendular del tiempo, por un conocimiento del terreno; por su capacidad de mando; y por la disciplina de su tropa. Pero Giovanni no era un general, ni siquiera llegaba a cabo, él no podría explicar los pormenores tácticos de una guerra; Giovanni era un soldado, sería el soldado de sus primeras páginas y lucharía contra la existencia por obediencia y no por decisión; sí, él daba con el perfil del hombre que requería su historia; pero aún no sabía si lo escribiría vencedor o derrotado.
Y no se atrevía a preguntarle.
***
Y así, poco a poco, sumida en ese rumor sordo de pensamientos, llegó la noche, y todo el mundo parecía dormir, ahí, en el María Fioravanti, donde la existencia flotante estaba limitada por unas cuerdas y unos fierros oxidados. Más allá y más acá, el océano; allá la vida prometida y deseada, prometida por los deseos y deseada a causa de las promesas; y ahora ésta que era, simulando dormir, ni deseada ni aceptada, pero era vida y era ahora, le pesara a quien le pesara, y que a nadie se le ocurriese preguntar a quién le resultaba pesada, porque vería que no habría Cristo que no levantase la mano.
Capítulos Veintitrés y Veinticuatro

3 comentarios:
Fantástico!!
Grazie ;)
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