sábado, 8 de noviembre de 2008

Capítulos dieciséis y diecisiete

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La conversación era animada; don Guido parecía contento, aunque Carmela bufara y Regina le reprochara sus modos al comer. María estaba como ausente en la tarea de calentar más café. Esperanza permanecía en silencio, lo mismo que Antonio, que asentía con la cabeza cada palabra de la morsa mirándolo fijo a los ojos, aunque la atención estuviese puesta en la percepción periférica, en la figura desenfocada y seguramente sonriente de Esperanza...

Lucio percibió un aroma de tabaco, de buen tabaco, que llegaba insinuado detrás del aroma del café; sintió ganas de fumar, pero se contuvo pensando que si comenzaba desde ahora, para lo noche habría acabado con buena parte de la provisión. Quiso recordar cuántos días de viaje quedaban, pero no logró darle cuerpo a esa idea ahora vaga. ¿Por qué se le escapaba el cálculo que hasta hacía dos días era lógico y perfecto? ¿Dos días, o quizás tres? En fin, más o menos ... Faltaban ... Tendría que preguntarle a Antonio para mayor seguridad. Ahora no convenía, no fuera cosa que creyeran que le estaba fallando el cerebro. Después sí, cuando estuviesen en el camarote, o en la cubierta, o mejor esperar al camarote, a la tarde, en algún momento que estuviesen solos y... ¡Trece días! ¡Al fin! Trece días, yeta maldita, puto numerito. Trece días más de viaje y el tabaco no alcanzaría sino para tres más, a lo sumo cuatro, y eso si fumaba muy, pero muy poco. Sin embargo ese aroma lo tentaba, sospechó que el deseo le estaba jugando otra mala pasada, pero no, no podía ser, porque aquél era un aroma real de tabaco, de buen tabaco, y aunque llegase casi diluido entre los buenos del café y los asimilados del sudor, no había dudas de que era cierto. Era como el aroma del tabaco que fumaba don Constanzo, allá en el pueblo. Don Constanzo era un buen hombre, y valía lo que pesaba, o más todavía, aunque el pobre viejo era bastante gordo y en los últimos años apenas si podía caminar o levantarse de un banco siquiera; mil kilos pesaría don Constanzo, pero cada kilo valía oro; ese hombre sí que merecía que lo llamasen don; era un gran amigo del padre de Lucio, a quien lo hacía feliz estar con él, beber con él, pasar el tiempo juntos aunque no dijesen una sola palabra; Lucio sabía que su padre, cuando estaba con don Constanzo, se olvidaba de todo y se permitía descansar, no tanto los músculos como la mente. ¿Por qué se acordaba de su viejo y de Constanzo? ¿Por el tabaco? ¿Tenía alguna relación con su memoria aquella intensa idea de liar un cigarrillo con el mejor tabaco? O de rellenar un pipa y encenderla ahora que deseaba con tantas ganas fumar, y no mañana, en la América. ¿Qué era mañana? ¿Qué era la América? Hoy era lo importante, y hoy estaba en el camarote treintaicinco del María Fioravanti con muchas ganas de fumar y con el tabaco que se le iba terminando al igual que se había terminado la tierra, y el pasado, y su padre feliz, bebiendo en la tarde seca, en silencio, junto con don Constanzo.

Esperanza le ofreció más café; él lo rechazo.

Quería fumar, pero fumar de ese tabaco que invadía tímidamente el aire del treintaicinco, del ahora, de toda la vida. Un cigarrillo, una pipa de buen tabaco, del mejor tabaco. Dios –pensó– si existen los milagros, entonces que ahora mismo se multiplique mi tabaco como los panes y los peces en el monte de la bienaventuranza. Ahora era el tabaco, sólo el tabaco; el presente era lo que importaba y en el presente es cuando debían producirse los milagros; mañana era un tiempo improbable en un lugar desconocido; ayer era un recuerdo, quizás el recuerdo de un sueño, quizás también Alma y la niña no hayan sido más que eso, un sueño, o una pesadilla de la que había despertado hoy, ahora, en el camarote de tercera de un barco del cual misteriosamente sabía el nombre (¿pero qué otros misterios pueden caber en un sueño, el origen mismo de los misterios?), y en el que un aroma de tabaco alimentaba su imperio de fumar; esto no era un sueño, esto era la vida, la realidad, sólo en la realidad, y no en los sueños, son posibles los aromas de tabaco y las ganas de fumar. Dios, un milagro, ahora un milagro, ahora que vivía... Y no se atrevía a fumar.


Golpearon a la puerta.


Diecisiete


El sol realmente lastimaba, sin embargo no tenía ganas ni intención de moverse hacia la sombra; por qué hacerlo, después de todo, por qué tenía que ser él, Giovanni, quien se aviniera a modificar su lugar, y no el maldito sol que estaba allí, inmóvil, rey, lacerante, sobre el María Fioravanti, también inmóvil, lacerante y dueño provisional de los destinos. No, no se movería, no cambiaría su sitio hasta que el sol se dignase a no molestarlo, a no insultarlo con esa vitalidad de fuego y de milenios, con esa sabiduría del que no tiene otra cosa por objeto más que mirar y aprender, aprender y saber; si tanto sabía, si tanta vitalidad tenía, que fuese él quien se humillara, al menos una sola vez en la vida; Giovanni permanecería allí, firme, rebelde, joven y perenne, tan perenne como el sol, sin dudas, pero la suya más inmediata, más previsible, sin embargo ni a una ni a otra era posible concebir; Giovanni no pensaba en la muerte sino como un acontecimiento lejano e imposible; le dolía saberse inmortal, hubiese preferido saborear la urgencia de las horas, los minutos de la cuenta regresiva acercándose al cero fatal; hubiese querido no mirar sus bolsillos llenos de tiempo y pensar que en ellos no había más que un suspiro, una nada, hubiese querido apurase a vivir, pero Giovanni no pensaba en la vida sino como un derecho que le encajaron sin que mediaran exigencias, le llegó, así como cada día llega el sol y se queda y se burla aún detrás de las nubes o de la luna eclipsada. La vida de Giovanni era un bien a perpetuidad, por eso se quedaba allí, rebelde al sol y a la propia vida, porque la muerte le era indiferente, lejana, sin nombres, y sin formas, así como tampoco los tenía la luna, ni cualquier planeta del universo, ninguno de ellos tenía nombres, ninguno de ellos era María.
Julián le ofreció la pipa. Giovanni no respondió, no tuvo ganas de hacerlo.

–Se durmió; el sol le va a lastimar la piel–oyó que dijo Julián.

–No más que a nosotros–oyó que respondió Liberato.

No más que a ellos, y ellos estaban allí, junto a Giovanni, tan inmóviles como el Fioravanti, como el sol, como la vida, como el universo; nadie pensaba moverse, y así estaba bien, los muchachos eran aliados aún cuando no lo supieran ni lo pensaran con las mismas palabras que pensaba Giovanni. Que se moviera el sol, o les aplastara la piel, el ánimo, la vida. ¿Por qué, allí, empantanado en el desconsuelo, de pronto sentía fuerzas para maldecir y escupir a ese sol que durante tanto tiempo se hubo pretendido un dios? De pronto sentía fuerzas, deseos, ansias de transformar esa realidad de apariencia inmóvil, el tedio verdadero de una falsa inmovilidad, porque en realidad el Fioravanti avanzaba rompiendo la calma de un océano extremadamente tranquilo, el mundo giraba, el mismo sol avanzaba en la galaxia y la galaxia derrotaba en el infinito; el movimiento era constante pero asimilado, tanto como para creer que no lo había... ¿Por qué, de pronto, debajo de ese sol que antes vituperaba y escupía, ahora sentía que la cubierta se mecía, y que el viento que golpeaba en su cara enrojecida no era una brisa ociosa, sino que estaba allí para demostrarle el movimiento? Otra vez renacía una confianza tímida, y un miedo para con el dios al que antes había insultado, de pronto sabía que un día despertaría, un día semejante a ese día inmóvil, debajo de ese sol inmóvil, y se encontraría en las costas de la América, con los botes listos y cargados, esperando por él para transportarlo a tierra, a la Tierra que parecía imposible pero que allí estaba y hacia allí se dirigían, y sabía que una vez en tierra, tendría que emplear todas sus fuerzas para enfrentar las nuevas circunstancias, las desconocidas y fieras circunstancias que lo harían extrañar los días calmos y pacíficos bajo el sol del María Fioravanti.

Sabiendo todo esto, entonces, porqué no se atrevía a relajarse y disfrutar, ahora que podía, por qué no aprovechar el tiempo en aprender a leer, por ejemplo, si Liberato ya le había dicho que era posible intentarlo. Por qué no se levantaba y de un salto le daba un movimiento más real a aquel derrotero imperceptible, por qué no gritaba con los brazos extendidos, por qué no bostezaba como un oso después de la hibernación y comenzaba a darle la forma que él quería a su viaje en el María Fioravanti, por qué el sol inmóvil ahora se emperraba en ser tan delicioso como para obligarlo a quedarse allí, sobre la cubierta, con la cara enrojecida, simulando que dormía, igual que antes, pero ahora feliz, aceptando y aceptándose en ese instante feliz...


Así se estaba bien, inmóvil, ausente. Así se estaba bien, testigo de sí mismo. Así se estaba perfectamente bien, doblegado al calor soportable, al hambre moderado, a la sed saciada. Así se estaba más que bien, creyendo que atrás y María no pesaban en su conciencia porque estaban más allá de sus posibilidades, de su acción, de su responsabilidad. Así se estaba bien, diluyendo segundo tras segundo el cúmulo de palabras que antes lo atosigaban, dimanándolas en la impersonalidad. Así se estaba bien, casi como en un nirvana invertido, donde era el cuerpo el que se incorporaba y se alejaba del alma, dejando tras de sí la luz plateada y descarnada para que disfrutara del sol y de la vida. A sí se estaba bien, ignorando quién era Giovanni, si el cuerpo apresurado o ansioso que buscaba acortar las distancias hacia la América y hacia la muerte, o este alma sosegada que no pretendía más que un poco de agua y un poco de minerales, y tal vez algún otro nutriente que le permitiera crear clorofila, y entonces deshojar y florecer. Así, la verdad, vegetando, se estaba bien.
Ya no pensaba en el sol, ni tampoco en la movilidad; ya no le punzaba en las venas la impaciencia o la envidia hacia ese sol o ese Dios que todo lo sabía. Ya no pensaba en nada, acaso sólo en abrir los ojos, y si lograba una excusa, aceptar la pipa que le había ofrecido Julián.


Julián renovó el tabaco y permitió que fuese Giovanni quien encendiera la pipa. Liberato aún conservaba la picazón resecándose en la superficie la lengua; la saliva pastosa y blanca se le había secado en la comisura de los labios y el sabor salado del sudor apenas si llegaba a insinuarse en el predominio negro y aromático del tabaco reciente. Se preguntó si aquel mismo sabor que él sufría y disfrutaba lo habían sentido aquellos que escribieron los libros que él había leído ocultándose de sus padres, en la biblioteca que su padre compró en subasta e instaló en un cuarto, recubriendo las cuatro paredes con libros como si éstos fuesen murales o tapices, pues allí, en casa de los B., habían sido comprados con esa sola finalidad decorativa; cada tomo que tomaba de contrabando y escondía en su habitación, no sólo le abriría luego una puerta hacia la fascinación de mil mundos diferentes y mejores al que le limitaba la vida, sino que además, en el acto mismo de procurárselos a escondidas, leerlos en el silencio cómplice de la noche, y desglosarlos mentalmente para sí, formaba el instinto de reflexión independiente y solitaria que le había permitido dejar la casa persiguiendo un sueño o el destino... y acaso ambos fuesen lo mismo. ¿Por qué le prohibían leer a Hugo, o a los griegos, o a los tantos otros alemanes de nombres impronunciables que poblaban los anaqueles de lomos y colores uniformes?... Si por algo hubiese demorado la partida, habría sido por la biblioteca, pero decidió partir y tras de sí dejó volúmenes vírgenes y la tonta sensación de que ya no los vería, como si un libro fuese único no sólo literariamente, sino también literalmente. Tal vez extrañaba tanto o más a los libros que a sus padres, sabiendo que aquella pena era injusta y tonta, porque sus padres eran irrepetibles, pero los libros... Hasta en América, hasta en aquel misterioso fin del mundo podría encontrar los mismos tomos que había dejado.... Algún día leería a Hugo, algún día leería a Homero, algún día él también tendría una pipa y tabaco negro para rellenarla, algún día él también la encendería delante de una hoja inmaculada y la sostendría con los dientes mientras mojara la pluma con tinta, y expulsaría el humo con fuerzas antes de dibujar los filigranas de la primera letra mayúscula, de la primera palabra. Escribiría fumando y su caligrafía sería tan perfecta como las formas de la pipa, una de raíz de almendro; y sus palabras serían tan picantes y placenteras como su tabaco, y las historias que narrarían serían tan versátiles y asombrosas como las volutas del humo ascendente en el cuarto sin brisas. Así crecería su historia, así ascendería, lenta, sin ventiscas que las dispersasen y la diluyeran en el aire; así nacerían sus palabras, blancas y compactas como el humo encerrado, y sabrían a Dios, como su tabaco. ¿Cuál sería su primera palabra? Tal vez un artículo, necesariamente debía ser un artículo. O un pronombre, que para el caso gráfico sería lo mismo si se tratara de una tercera persona singular y masculina, tal como debían ser los protagonistas de las historias literarias que se preciaran de serlo... Pero, ¿estaba seguro de quién narraría, a quién narraría, a quién le hablaría y en que tiempo lo haría? ¿Pasado, presente? El futuro era impensado, no se sentía un Nostradamus.... ¿Primera persona, segunda o tercera? Cualquiera, puesto que todas necesitaban de alguien más que de Liberato escribiendo y fumando y mojando la pluma en la tinta azul indeleble. Siempre habría al menos dos: el que escribía y el que leía, cuando no una tercera, que sería el referente, o el referido, lo mismo daba. Tal vez la primera palabra fuese un el sin acento, un artículo anticipando el sujeto, derivando en un verbo y concluyendo en un predicado, porque si de algo estaba seguro Liberato es de que escribiría siguiendo las normas elementales, las únicas que conocía con propiedad. Podría ser un el o tal vez un la, por qué no un la, por qué no la pipa, tranquilamente podría guardar este instante y escribir sobre una pipa. Comenzar diciendo La pipa; evidentemente sonaba mucho mejor que la vaca, incluso era más original. Qué podría escribir sobre la pipa, aún no lo sabía, aún no sabía, incluso, si la primera palabra que escribiría sería el artículo que anticipara una pipa, o si dedicaría los adornos para la mayúscula de un nombre, por ejemplo el de Giovanni, o imaginar otro, algo parecido a Giovanni, porque ahora se imaginaba escribiendo sobre Giovanni fumando una pipa luego de fracasar en el intento de conseguir un vaso de leche fresca. Resultado: desechar la gran idea la vaca para recaer en esta magistral la pipa, una pipa con humo, con ambiente, con cuerpo, o descarnada, porque el humo, ya se sabe, acompaña siempre a los fantasmas... pero también la leche si es que no la vaca. O las nubes, que son como el humo pero de agua, y por eso recubren las altas montañas donde se alzan los castillos de los condes malvados... Liberato miraba hacia el mar, hacia el frente, hacia la América, seguro de que allí sería un gran escritor, y escribiría en español, el idioma de la América. Sería escritor de historias de pipas, de vacas y de fantasmas en montañas siniestras e invadidas por murciélagos. Y leería a Dante, y a Hugo, y se compraría la Odisea con las primeras ganancias que le ofrecieran sus libros.



Capítulos Dieciocho y Diecinueve

2 comentarios:

Gata Negra dijo...

Me encanta mi nueva manera de pasar el rato el domingo por la mañana con la compañía de tu novela y un café caliente.

Ya vengo :P

El Guille dijo...

Qué bueno saberlo, Gata... Espero que hayas pasado un buen domingo.