
¿Cuál de todos los absurdos era el más irreal? ¿Aquél silencio extremo que precede a las tormentas (sin dudas habría tormenta)? ¿O el barullo que metían los italianos en el treintaicinco? Francisco, de espaldas a la puerta pero con la atención atravesándola, quería dejarse en claro, una vez más, otro día más, como todos los días, las ideas que luego tendría que exponer, no como los profetas de la esclavitud, que con la Biblia en la mano fustigaban las mentes para obligarlos al idiotismo, sino con la sabiduría de las entrelíneas y los sobreentendidos; él debía confiar en la inteligencia del hombre, en la humana inclinación hacia las ciencias, hacia el árbol del pecado que lo condenó al exilio encarnado, aquel territorio del dios aburrido, del dios que necesitaba de bufones para su existencia infeliz. Dios era cruel y si existía, había que eliminarlo: esto le habían dicho y esto es lo que él decía. ¿Lo creía? Claro, lo creía porque alguien más dotado que él le había dicho que él lo creía porque debía creerlo, ya que no eran posible creencias menos ciertas en un mundo donde la explicación estaba a la vista y no en las ideas; de modo que lo creía, pues esa era la idea. Todos los hombres eran iguales, y a nadie debía concedérsele mayor valía: eso era lo que le decía aquél tan sabio, tan iluminado, tan por sobre el resto de los hombres. Las ideas no eran nada sin la materia. La materia era el principio... muy bien, él lo creía, pero sabía y negaba que ningún acto material había sido posible antes sin una idea que lo sustentara, ningún acto ni ninguna idea, porque, qué otra cosa era, al fin y al cabo, la buena noticia que él portaba: una idea, un hecho real perfecto en la idea, tan perfecto que los hombres, iguales entre sí, independientes y colectivos, serían incapaces de aceptarla, porque los hombres perfectos eran imperfectos, a los hombres perfectos que no eran iguales había que igualarlos con el ejemplo, había que mostrarles que no era sólo una idea, que había un hecho material, y que ese hecho se materializaba, si no quedaba más remedio, con un tiro bien puesto, o una bomba (más segura). Pero no podía atacarse a cualquiera; había que seleccionarlos cuidando de dar con aquellos que lo merecían, aunque todos fuesen iguales y probablemente todos o ninguno era pasible de recibir un tiro: había que apuntar hacia aquellos que se decían distintos basándose en la igualdad de derechos que proclamaban desde las ideas y los ideales; a esos que hacían creer y se creían diferentes, a esos había que seleccionar y no a otros, iguales y humanos, humanamente iguales. A esos y el resto que se jodiera.
¿Era necesaria la violencia? El sabio decía que sí, pero no lo decía abiertamente, sino de costado, como si permitiera que la idea llegara pero tarda, ocultándose en alguna excusa; materializándose en alguna idea, podría decirse. Era necesario el ruido, y debía ser tan potente como el otro, como el alarido mudo de la Cruz, pues hasta hoy se oía; y como éste de ahora, el del treintaicinco, de hombres y mujeres amparándose en esa Cruz.
¿Por qué se obligaba a darle la espalda, si algún respeto le guardaba a ese muchacho ensangrentado que sufría allí, pendiente de los clavos? Pues si bien no lo creía un Dios, era, sí, la imagen viva que hubiese deseado de Dios, el ejemplo de la voluntad, la coherencia de una vida signada por la rebelión de los sentidos, seguro de la preponderancia espiritual por sobre los reclamos terrenales, aunque estuviese equivocado; tan seguro como para sostener su palabra hasta en el instante de su muerte: la fe, la creencia en sus creencias... Ese Cristo barbado, de cabello rubio y ojos azules, ese hombre distinto a los hombres de su pueblo pero el único realmente igual, esa imagen estampada en un afiche, en una cruz, ensangrentada y flagelada, esa imagen era la de un hombre, santo, pero... ¿era la de...?
¿Por qué lo admiraba aún cuando los suyos lo obligaban a darle la espalda? Tal vez porque veía en él el mismo sufrimiento, el mismo dolor que deseaba evitar... evitarse. Ese hombre, el Cristo de los cristianos, era como él y como los suyos, alguien dispuesto a morir por sus ideas... su problema y su error fue que no quiso matar, la gente lo buscaba para algo más que para las palabras, la gente temerosa lo había proclamado rey, y él entendió antes que nadie que el pueblo no necesitaba de un nuevo rey, sino de una conciencia renacida de pueblo, de humanidad, de respeto... Algún respeto le guardaba a ese pobre Cristo crucificado, pero no podía olvidar su resignación, su abandono, su entrega al error. Al final, Francisco lo quería y lo creía, pero lo creía equivocado...
...y esto lo pensaba casi dos mil años después...
...Ruido, potente ruido....
...Como éste del treintaicinco.
Llamó.
Diecinueve
Lo mira, él sabe que lo mira; gira sin pausa y lo mira. Allí está la Luna, otra vez sobre Antonio, pero no es la antigua Luna, ésta lleva un rostro distinto, el oculto, más bello quizás. ¿O es que por nuevo le parece mejor? Esperanza le abre un hueco, le permite asomarse al camino que renace. Allí están la Luna y el camino; la Luna en el cielo, el camino sobre la Tierra. Antonio ha transitado senderos similares, los ha recorrido aspirando a la cima, y ha llegado, y ha descendido a los pies de un nuevo sendero. Conoce las causas y ha sufrido tantas veces las consecuencias, sin embargo las ha olvidado, o ha querido olvidarlas y ahora está dispuesto a retomar la marcha, casi como un niño, casi virgen, casi despojado de las malas experiencias. Esperanza lo mira, él sabe que lo mira, y lo mima, lo excita, lo arenga con su mirada; no se trata ya de volar, porque debajo de sus pies se ha formado el sendero y está dispuesto a recorrerlo, seguro de que en la meta lo aguarda esta nueva Luna. El barco se mece imperceptiblemente, el sonido del mar abriéndose de piernas ante la proa le acaricia los sentidos, lo adormece, lo envuelve en su hálito de café, de galletas duras como rocas, de tabaco amargo. Esperanza lo mira, él sabe que lo mira, aunque sus ojos parecen entretenidos en la diestra operación de Lucio, que con un solo movimiento de mano extiende el papel, coloca las hebras y lía el segundo cigarrillo. Poco le importa el cigarrillo de Lucio, el humo que Lucio arroja sobre la mesa para que la cortina divida y remarque la ausencia, una ausencia suya, no de Antonio, que quisiera correr cuesta abajo, o cuesta arriba, o sobre llanura, o en cualquier terreno sobre los cuales se extienda este nuevo camino, porque sabe que éste, sin dudas, esta vez sí, es el que conduce a la Luna. Luna inmóvil, testigo, ciclotímica, que llega y se retira poco a poco, y se permite la nada, la negrura, a diferencia del Sol, que día a día debe renacer; él es el Sol, Antonio siente en sus venas sangre amarilla, radiante, lumínica; él es el Sol, el mismo que necesita la Luna para brillar; el camino surca la Tierra, ingrato planeta de nombre ridículo, ¿no debería llamarse Agua? Sí, Agua, así debería llamarse... Él es Sol, es el fuego alimentado por el aire, y ella es la Luna, la que domina los mares, la Tierra es el engaño, el elemento equivocado, en ella se extiende el camino, un error repetido, en ella reside Antonio, dispuesto a roer distancias sin temor a equivocarse...
Golpean a la puerta.
Capítulos Veinte, Veintiuno y Veintidós

6 comentarios:
Esta semana no hay capítulo?? :(
Espero que estés bien ;)
hola, gata; sí, perfecto, pero no estuve en Rosario y ahora es un poco tarde; mañana van los capítulos. Beso grande!
Estupendo entonces, a la noche los leo ;)
Me alegra que estés bien.
Otro beso para ti :)
Uf, a la hora que los suba para vos será madrugada... Por la demora, van ir 3
No che!! Me voy a sentir culpable si te quedas trasnochando solo por complacerme...A mi me da igual hoy que mañana...
aunque me halaga :P
"...el sonido del mar abriéndose de piernas ante la proa le acaricia los sentidos..."
Escuchá H2O de Abuela Coca donde dice: "Seco en un mundo de agua
que prefiere que lo denominen tierra..."
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