
Liberato siguió con la mirada a la gaviota que dio un giro rápido en torno del pararrayos y luego se perdió hacia el norte, aplicada en un vuelo sin apuro; ¿tan equivocado podía estar su sentido de la ubicuidad? Jamás se le hubiera ocurrido escribir una escena donde una gaviota apareciera en mitad del océano, allí donde la tierra sería impensada. Sin dudas una vaca estaba más que justificada, pues había testigos de que las transportaban en el Fioravanti los pasajeros de fortuna, pero una gaviota... Un absurdo en su elemento y una realidad en el absurdo: las gaviotas eran propias del mar y sin embargo allí, ahora, debían ser imposibles; las vacas eran de la tierra pero allí estaban atravesando el mar, reales, aunque jamás las hubiese visto. Le resultaba más fácil creer en las vacas invisibles que en la gaviota que acababa de ver... de alguna manera supo que aquella paradoja era su esencia y la madera de su ser, con ella se serviría para escribir, sobre vacas en un barco o sobre gaviotas en el medio del océano, donde la cercanía de la tierra era impensada, improbable... La ubicuidad... Con el rabillo del ojo espió a Giovanni; parecía dormido. Más allá vio que se acercaban los españoles del sector opuesto e incluso estas presencias le resultaron fantásticas, tanto como el ave, jamás como las vacas, invisibles y reales.
–Buenos días.
–Buenos días, Julián.
–Parece que hemos madrugado.
–Eso parece; mejor así, es la hora perfecta del sol.
–¿Sus amigos?–preguntó Francisco.
–Por ahí, salvando vidas, creo.
–¿Salvando vidas?
–Don Guido, del treintaicinco, tuvo un inconveniente y los muchachos fueron a socorrerlo.
–¿Necesitarán ayuda?
Liberato respondió impasible, sin intención de ser suspicaz o descortés.
–No, de lo contrario no estaríamos aquí, en el sol.
–De todas formas iré a ver, quizá... ¿Vienes, Julián?
Julián decidió quedarse en la cubierta, tomando el sol junto con Liberato y Giovanni, y en ese dejar fluir por sendas separadas, sintió una plenitud que recién ahora comenzaba a reconocer. Francisco saludó y siguió camino, atraído por el rumor incomprensible que rugía en las puertas del camarote treintaicinco. Se acercó lentamente, casi en actitud espía, aunque no era esa su intención; la modorra de sus pasos se debía a la obediencia de un impulso inercial, porque en realidad toda la voluntad de Francisco estaba embutida en sus pensamientos, en sus preguntas, en sus planificaciones y reformulaciones, en su voz retumbando muda dentro de aquel vasto imperio en expansión que configuraban sus ideas. Mientras estaba con ellas –casi todo el tiempo, a decir verdad– le gustaba creerlas así, imperiales y expansivas, aunque bien sabía él que ninguno de esos atributos debían rozarlas y corromperlas: nada de orgullo, emperadores, ni dueños, nada de expandirse pues los límites no existían, y de existir era el propio mundo, la mismísima existencia... Francisco era consciente de la contradicción, y de las otras muchas contradicciones que encerraban sus ideas y su misión evangelizadora. Él portaba una verdad que no admitía la obediencia, sin embargo estaba dispuesto a matar o morir para que todo el mundo sucumbiera a ella. Él sabía que su buena nueva no era nueva, o al menos eso le habían dicho, porque poco sabía de las doctrinas de los griegos, o más acá de un tal Bacon, sólo lo que había oído en boca de su guía. Francisco, consciente de que portaba una verdad majestuosa, sentía inflarse su pecho y se maldecía por ello, porque la vanidad no estaba permitida en el nuevo orden sin orden; la vanidad era, precisamente, el cáncer que debía aniquilar; la vanidad, el ansia de poder, la angurria, el egoísmo, todo ello había que desterrarlo del alma de los hombres para que el hombre pudiese vivir según su propio criterio, sin tener que darle cuentas por ello a nadie más que a su conciencia, y su conciencia debía de ser limpia si era capaz de vivir sin una espada que lo amenazara y lo mantuviera a raya en la moderación. Francisco sabía y negaba las contradicciones: que su doctrina era tan perfecta como aquella del judío sacrificado en una cruz, y que en un mundo abstracto de ideas sería la gran solución; que el hombre, la esencia del hombre, era el egoísmo, la angurria, el ansia de poder, que siempre habría uno con prestigio y otro dispuesto a lamer la bota del prestigioso, que siempre habría otros dispuestos a traicionar a millones para quedar bien con pocos, por su egoísmo, por su ambición, por su angurria, por su vanidad, por todas las células cancerosas que había que erradicar de la sociedad negada. Sabía y negaba la contradicción de admitir la posibilidad de organizarse para combatir al cáncer, que la misma excusa que utilizaban para cubrir el gran hueco que dejaba la irrebatible condición humana, era la misma que servía para sostener el statu quo, todo esto lo sabía y lo negaba, porque prefería sentir, levemente, que su verdad era la única, imperial e imperiosa, expansiva en el límite infranqueable; lo sabía y lo negaba y sólo se permitía preguntarse a cuántos de los que viajaban con él, en el María Fioravanti, podría integrar en la primera etapa, a cuántos adscribiría en Buenos Aires, en Rosario, allí donde hubiese un obrero, con cuántos de ellos podría contar llegado el momento; porque Francisco sabía y negaba que aunque muchos estuviesen listos a matar, no todos estarían dispuestos a morir por la causa. Eran muchas las plagas, muchas las confusiones, porque todos querían adueñarse de las mismas causas para justificar sus consecuencias, y Francisco creía (sabiendo lo que sabía y negando lo que negaba) en su verdad, en su Fe. A todos debía combatir... a cuántos de todos los que viajaban con él en el María Fioravanti, y que le rogaban al muchacho judío de la cruz y a su madre inmaculizada, podría convencer de que aquello no eran más que patrañas, y que la única verdad, la única religión, era la suya, la que dejaba al hombre libre para que decidiese su propia verdad y su propia religión, en un mundo ideal donde las religiones eran inadmisibles y las verdades... la verdad era sólo una, y era material.
A cuántos.
Francisco encendió la pipa, y se paró delante del camarote treintaicinco; no espiaba, él no se escondía, sólo esperaba el momento oportuno; él no saldría a vociferar su verdad como los misioneros, con la Biblia según Bakunin en una mano y el garrote en la otra, su verdad llegaría solapada, insinuada, justa en el lugar indicado, en el segundo oportuno, y sería velada por otras palabras más inocentes, aunque no menos ofensivas; no, no los estaría engañando, sólo les hablaría con el único idioma posible para los incrédulos creyentes, él no gritaría, sino que meditaría, susurraría, y todos le oirían recitar su verdad, no sólo los que quisieran oír: todos. Todos. Y el garrote sólo para demostrar las palabras, otra de las formas solapadas, y no sería contra ellos, sino contra los otros, los Humberto I que obligaron el exilio hambriento de los italianos, los Cánovas del Castillo que expulsaban a los suyos... contra ellos era el palo, el susurro, la idea solapada entrando a martillazos.
A cuántos.
Con cuántos.
Sólo debía esperar; fumar, pensar y esperar, y que fuesen ellos los que quisieran escuchar.
El treintaicinco rugía, el resto de la tercera comenzaba a despertar. El hedor era el mismo, aquí y allá, en la pobreza y en la riqueza, todo apestaba a vanidad. Francisco, satisfecho con su conclusión, sonrió.
Quince
Julián le ofreció tabaco, Giovanni no respondió: parecía dormido.
–...El sol le va a lastimar la piel–dijo Julián.
–No más que a nosotros–respondió Liberato, y aspiró una bocanada de humo.
Aún era temprano, demasiado para la rutina ociosa del viaje; sólo algún que otro pasajero se animaba al sol del trópico, el resto dormía intentando acortar lo más que se pudiera la vigilia de calor, aburrimiento, y hambre, porque, claro, también estaban el hambre y las raciones insuficientes para mitigarlo. Entonces valía más dormir y rogarle piedad al Cielo –que no regalaba maná– para que acortase el día. Sin embargo, los días del trópico eran largos, pesados, y calurosos; las camisas se adherían a la piel, el hedor de sudor rancio apestaba cada rincón del Fioravanti, ese hedor de la pobreza que los perseguía en tierra o en alta mar y se confundía con el de la cocina y llegaba a superarlo; el agua también era propiedad de lujo, incluso para los viajeros, más que nada para los viajeros en el mar. Cuando Julián miraba y disecaba situaciones semejantes, se preguntaba si su tío Francisco no tendría razón; ¿era posible que un Dios, para quien todos los hombres eran iguales, aceptara semejante desigualdad? ¿Era posible, asimismo, que las leyes las contemplaran? Para uno y para otra, la palabra era igualdad, sin embargo nada más cierto, en cada lugar del planeta donde un hombre hiciera pie, que la desigualdad. Julián odiaba los desplantes que sospechaba de Dios, acusaba de inciviles las normas que permitían la miseria y la expulsión, sin embargo, en el centro de su corazón, se sabía diferente del resto; ese Giovanni que dormía con el rostro enrojecido por el sol, no era como él; Liberato, que fumaba y miraba el mar como si aquello fuese un proscenio atemporal, tampoco lo era; incluso su tío Francisco, quien le hablaba permanentemente de la necesidad de abolir las jerarquías, al tiempo que lo arrastraba por el mundo según su voluntad, tampoco era como él; Julián no era como el resto de la humanidad, él era distinto porque se sabía un igual, realmente se sabía un igual (¿no era éste el mismo argumento de tío Francisco, aquel que lo envanecía y lo avergonzaba por la vanidad?); Dios debería de recompensar con el paraíso a quienes reconocen el misterio tan claramente como él; las leyes deberían de admitir excepciones para quienes actúan tan intencionadamente humanista e igualitario como él.
¿Qué haría una vez en América?
La idea de seguir tras los pasos del tío Francisco, la única con sustancia y asas a las cuales aferrarse, le resultaba inadmisible; de sólo pensar en ella podía imaginarse la pena que lo seguiría hasta la muerte; pero no había alternativas, no tan reales, o realistas, como ésta de su tío; en cambio sí soñaba con llegar y perderse en el tumulto para poder marchar hacia dónde quisiera sin sentir que estaba traicionando a su sangre, no tanto por Francisco, a quien poco le importaría desilusionar, pero sí por su padre, por su viejo, allá en España, que esperaba oír noticias de su hijo convertido en periodista, como le había prometido Francisco. Fue hábil, Francisco. Le dijo al padre de Julián que, como el chico sabía leer y escribir y estaba bien instruido (había terminado la escuela primaria) le sería de gran utilidad en la imprenta que armaban sus amigos, allá, en Rosario, en la América; le dijo que necesitaban de gente que supiera las palabras para escribir lo que se pensaba en esas tierras, como en España, y quién le decía que en unos pocos meses no estaría redactando en los diarios más famosos, porque, le decía tío Francisco, para quien escribe no existe mejor argumento que la vida y viajar a la América era una gran forma de vivir. Y el padre aceptó y le pidió a Julián que siguiera los consejos (los pasos) del tío Francisco; y Julián no quiso, no pudo, no tuvo el valor para desilusionar a su padre y no sabía si lo tendría (estaba seguro de que no lo tendría) una vez que hubiese llegado a la América. Y se dejó llevar, se dejó arrancar de la tierra que lo amaba así como él amaba la tierra; se dejó alejar de los ojos de Encarnación, Julián dejó que todo le pasara sin que él pudiese remediarlo, sin tener la voluntad para oponerse. Pero, al fin de cuentas, todo lo que había ocurrido en su corta vida no habían sido más que una mera secuencia de hechos fortuitos que lo habían ido acomodando en su existencia, y cuando miraba todo aquello, como ahora miraba el mar y la cubierta del María Fioravanti, se preguntaba dónde, en qué sitio había quedado su decisión, en qué circunstancia había sido él, Julián, el que había determinado que tal cosa ocurriese o tal otra no. Y la respuesta a veces era nunca, pero otras era siempre; es que, se decía, “seguramente todo lo he querido aunque no logre percibirlo, seguramente mi alma deseaba que todo esto ocurriera porque, de otro modo, cómo era posible que ocurriese”. Y en ese pensamiento encontraba algún consuelo, pero luego una gran angustia, porque si todo funcionaba así, si las cosas ocurrían o dejaba que ocurriesen obedeciendo un deseo interno pero inadvertido, es que Julián no se conocía. ¿Quién era Julián? ¿Quién soy?, se preguntaba Julián, y la angustia se repetía por distintas razones que en el fondo seguían siendo las mismas, la de reconocer que sus palabras y sus ideas habían sido y eran también las de Francisco, la de sospechar que sus metas eran similares a las de Liberato –que quería ser escritor, sólo que él por decisión, y Julián por sumisión–, la de lúcidamente atisbar que la originalidad de las acciones y los sentimientos (desde el orgullo hasta la angustia) eran una cuestión de actitud y de posturas, porque nadie estaba a salvo de lo mismo y mucho menos si se era consciente de la reiteración, del arquetipo, de las mónadas que forman el pensamiento motor.
El sol apenas se había movido del cielo; no podían haber transcurrido más que algunos minutos: Julián se sorprendió de lo mucho que alguien puede pensar en tan poco tiempo, de la cantidad de palabras que pueblan la mente en escasos segundos, de la magnitud de imágenes y recuerdos que se repiten en instantes, para luego desaparecer y dejar al sujeto inmerso en el tiempo exterior, allí donde no queda otra cosa más que decir: “falta tanto, tanto, tanto”.
–Recién empieza y ya desearía que fuese la noche.
–¿Qué dices?–preguntó Liberato, como regresando de un sueño.
–El día recién empieza–repitió solamente Julián.
–Sí, y aún falta tanto, ¿no?
Tanto, tanto, tanto, tanto...
Capítulos dieciséis y diecisiete

2 comentarios:
¡¡Otros 2 capítulos seguidos!! Uysss!! Voy a prepararme un café y ahora vuelvo para leerlos tranquilamente. No te vayas :D
Quiero mmmás... bien Guille, está buenísima la novela...
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