sábado 25 de octubre de 2008

Capítulos Doce y Trece



Si me miras, Esperanza...–pensaba Lucio–, si me miras, si me miras, si me miras, mírame, Esperanza, mírame y permíteme saber que...

Esperanza, antes de trasponer la puerta, giró y se sonrojó levemente al descubrir que Lucio la miraba. Luego bajó los ojos y entró.

– Lucio.

Al oír la voz de Antonio, él también se sonrojó, pero su vergüenza no era pudor, sino un claro y estúpido sentimiento de traición. Vamos, Antonio –le hubiese dicho–, bien sabes que sólo me interesan mi Alma y mi niña, que esto es tan sólo un juego... Pero no pudo. No pudo.


Antonio, dentro de sí, maldecía su mala suerte, ¿por qué no había sido él quien se había encontrado a solas con Esperanza? Maldita suerte, maldita suerte, siempre persiguiéndolo, maltratándolo, insultándolo con muestras de la buena ventura transitando siempre delante o junto a él, pero jamás con él. Maldita suerte, maldita suerte, se repetía una y mil veces. Primero Giovanni, casándose con María, su María, la que había soñado infinitas noches, la que reservaba para cuando pudiese ofrecerle en bandeja la Luna, porque nada menos que la Luna se hubiese merecido María; trabajar día y noche para acortar distancias y descubrir en cada paso que siempre estaba más lejos, cada vez más lejos, como si el camino se extendiera más allá de sus límites y a una velocidad que superaba su capacidad de transitarlo. María lo esperaba en el extremo donde se hallaba la Luna; María sería la Luna y la Luna el obsequio para María, y entonces, recién entonces se atrevería a decirle: esto fue por ti, siempre fue por ti; cada paso, cada latido, cada bocanada de aire que permití a mis pulmones, cada gota de sangre irrigando mi cuerpo, todo esto fue por ti, y nada más que por ti, para ti. Sin embargo nunca llegaba, el camino que parecía concluir en la aparente cima no hacía más que descender hacia un valle que era continuidad, antesala, aviso de una cuesta más empinada, y Antonio seguía el camino sin importarle que fuese llano o escarpado, libre o repleto de obstáculo, lo único que le preocupa era que siempre iba más allá, un poco más allá y nunca alcanzaba la meta, la Luna; recién cuando Giovanni llegó a la casa con la noticia, Antonio cayó en la cuenta de que para alcanzar la Luna hubiera sido necesario algo más que seguir un camino que, aún cuando fuese cuesta arriba, nunca dejaba de estar apegado a la superficie; para llegar a la Luna, para llegar a la Luna que era María, para bajar esa Luna que era María y depositarla a los pies de María, hubiese sido necesario volar; fue Giovanni quien voló, quien se atrevió, quien la alcanzó. Y ahora, ahora que una nueva estrella se aparecía en su camino, ahora que se había jurado volar apenas sintiera en su espalda las alas, la suerte, la maldita suerte le impedía despegar, porque a otro le había despejado el cielo, a otro que no lo merecía, a otro que no era él. Estás viejo, Antonio –pensó–, viejo y solo.

–¿Hicimos bien, Antonio?–le preguntó Lucio.

–No lo sé, Lucio, no lo sé–le respondió sin mirarlo.

–La muela estaba sana.

–Ah, la muela–dijo Antonio.

–Sí, la muela, ¿hicimos bien en decirnos sacamuelas?

–¿No escuchaste lo que dijo ayer el español? No hay ley ni papel escrito con leyes que puedan imponerle al hombre ser o no ser...

–Pero la muela estaba sana, Antonio.

–Pero el viejo no gritó más, no te preocupes y vamos a desayunar.

Lucio lió un cigarrillo y lo encendió pensando que ya le iba quedando poco tabaco en la bolsa, que nunca había podido atenerse a la ración autoimpuesta, que Antonio lo miraba desconfiado y que, al fin y al cabo, algo de todo aquello no estaba marchando bien.

–Vamos–respondió.


Trece



Imposible no creer en la leche del destino... pero sírvase un poco más, no sea tímido... semejante ruido para nada, para que el puto destierro me persiga aún en el destierro... a ver, Regina, alcánzale las galletas... porque nada puede ser tan puto como un destierro en el destierro, nada peor que la certeza de saberse extranjero en cualquier sitio donde apoye mi pie... ojo, Guido, ojo con el hueco de la muela, mastica despacio, por favor, que nadie te corre... la Italia me desprecia, la Argentina me pateará en el culo, como siempre me ha pateado la vida, como siempre que intento alcanzar la Luna, ya sea por tierra, o por mar, cuando debería ir hacia arriba, debería volar... nena, sírvele más café al joven que está con las manos vacías; usted, joven, no sea zonzo, ya que está, pida... pero ya es tarde, las alas se me han marchitado, Esperanza existe para darme a entender que ningún vuelo puede tener sentido... las galletas son duras, pero sabrosa, ¿no joven?... la puta vida es tan dura como las galletas y ni una pizca de sabor le encuentro ahora, ahora que me doy cuenta de que no podré volar, de que nada será porque mis alas están muertas, mis alas quemadas, mis alas desaprovechadas, fuerzas perdidas, agotadas en mis manos, en mis pies, en mi mente, y mis alas siempre esperando para desplegarse, para agitar el viento y mandarse hacia la Luna que ya no es Luna, o no lo es para mí... ah, qué esgunfia este viaje de porquería, no veo la hora de llegar a la América... No ven la hora de aterrizar, ellos están volando, ellos presienten el viento golpeándoles el rostro en las alturas, y yo los miro desde abajo, los miro sin poder despegar, nunca podré despegar, mis fuerzas se han ido, cómo es que se han ido mis fuerzas, cómo es que recién me doy cuenta, cómo es que necesité de una sonrisa esquiva para advertir que mis alas están desplumadas, que por más esfuerzo que aplique en agitarlas, ellas seguirán inertes, riéndose de mi voluntad de la misma manera que se me ha reído la vida, el destino, la maldita suerte... y trabajo no les va a faltar, muchachos, mi compadre me ha dicho que no hay sacamuelas para... qué sabe este señor de lo que hay o de lo que no hay, qué sabe de las ausencias, de las carencias, de la nada; yo sé qué cosas hay, y, sobre todo, sé cuáles no hay.

No quiero escucharlos más, ya no quiero estar más aquí, ni aquí ni en ningún lado; no deseo estar sin estar, así, al costado de la vida, ¿será posible que la puerta que me expulsó del tiempo haya estado en este puto barco? Ya no quiero oír más de la América, yo, que viajo arrastrado por un viento caprichoso, yo, que liquidé el pasado para embarcarme en un presente sin futuro, yo, que días atrás soñaba con hacer mi destino y hoy me doy cuenta de que fue el destino quien me hizo a mí, me hizo pelota, me hizo de trapo; ya no deseo escucharlos más, me lastiman sus voces, sus dientes triturando las migas como piedras, las risas esperanzadas, las miradas que me son esquivas, las miradas que hubiesen debido ser mías, por lógica, por merecimiento, por recompensa, son ajenas, son para quien se ha empachado de miradas, para quien la vida es un constante huir de esas miradas, nadie me espera, nadie me extrañará, nadie más que yo sabe que mis alas se han quemado en María y que han perecido en Esperanza, nadie lo sabe, ni María ni Esperanza. Ya no deseo estar aquí, ya no puedo soportar que me miren esperando que les hable, aguardando un comentario, una palabra de felicidad porque la América nos espera; a mi no me espera nadie, a mi sólo me espera la misma leche repetida, la carcajada de la suerte, la puta suerte que siempre me pega duro, y no lo merezco, jamás merecí semejante maltrato. Yo deseaba la Luna, puta que si deseaba llegar a la Luna, y besarla, y arrancarla de ese cielo repetido hasta la náusea para convertirla en María y regalarla a María. La Luna era María, era para María, y María era para mí. Y sin embargo aquí estoy, soportando sus risas, su mirada esquiva, su mirada equivocada, porque son ellos, esos, los Lucios, los Giovannis, son ellos los que están aquí para encender el fuego que incinera mis alas. Listo, ya lo han hecho, y sin embargo son inocentes, el único culpable soy yo, porque soy consciente del delito y me he dejado malograr; ellos no saben que hicieron lo que hicieron y no hay leyes que los inculpe, ellos no sienten culpa y está bien, por que no son más culpables que yo; yo mismo soy una herramienta, una pieza más de este juego absurdo y cínico que juega algún Dios sin piedad. Si la tuvieras, Dios, si hubieses oído mis ruegos de piedad, entonces me habrías dado la inteligencia necesaria para advertir las señales que sin dudas me enviabas, me hubieses gritado hasta que pudiera oírte, me hubieses arrancado de un cachetazo el velo que cubría mis ojos, pero no, te has quedado inmóvil, insensible a mis ruegos, a mi afán de alcanzar la Luna, y sabías, Dios, sabías, que la Luna no era para mí, sino para María. María era mi Luna. María era la Luna. María era para mí, y si no María, la estrella Esperanza, o si no la estrella Esperanza, la constelación América, pero ninguna, Dios, ninguna te dignas a facilitarme; o te crees que no sé que América será una carcajada, te crees que no sé cuál es mi ritmo, mi destino; siempre de costado, por la huella equivocada, siempre llegando cuando ya no queda nadie, siempre último en la repartija del pastel, siempre un metro más acá, o más allá, pero nunca en el sitio adecuado en el momento oportuno; se trata nada más que de una cuestión de distancias, de minutos, de métodos, y tú ahí, mostrándome el costado erróneo, la cara oculta, el otro lado, el reverso cuando la vida pasaba en el anverso, y el anverso cuando ya no quedaban ni las migas, migas como piedras, porque las galletas son duras pero sabrosas, y las miradas son esquivas, y ya no tengo ganas de estar aquí, ya no soportaré más las risas, no, sé que no podré, las risas me esperan, son las únicas que me esperan, y yo no las deseo, por Dios, Dios, no las deseo.


–Antonio, en qué piensas.

–En nada, Lucio, alcánzame una galleta; muy rico el café, señora.

–Ah, lo preparó Esperanza.

Antonio detuvo el jarro de lata a medio camino y demoró el último sorbo, como si acabara de descubrir que había estado bebiendo el auténtico elixir y recién ahora se lo llevaría a la boca consciente del privilegio que reservaban para sí los dioses.

–Delicioso, Esperanza.

Esperanza le sonrió y ese gesto tímido fue como una puerta abriéndose, la conexión de un túnel cavado simultáneamente a ambos lados de la montaña, la llegada repentina de los colores y los aromas que hasta hacía un segundo Antonio había perdido, o había olvidado, o, simplemente, había ignorado. El entorno desapareció absorbido por esa luz intensa que apreció en el hueco, en la bifurcación ahora inconcebible, tanto como la oscuridad reciente, y el peso, y la sensación de ahogo y hundimiento que de pronto le parecieron injustas consigo y con Dios; no había miedo ni razones para el miedo en la sola percepción de Esperanza, extendiéndose ilimitada y sin embargo fija en su sitio, rodeada de aquel brillo que cegaba cualquier forma extraña a las de la mujer.

Antonio, en su conciencia, miró levemente hacia atrás adivinando una pluma blanca y nueva que crecía lenta pero decidida. Sintió no una fuerza renacida, sino la desesperante ansiedad de descubrir que ella nunca había muerto, de modo que había estado perdiendo el tiempo lamentándose e injuriando al cielo, y... Pero nada, Antonio, nada; ya no importaban las penas ni el tiempo perdido, nada había sido en vano; era ahora y todo lo bueno, sin que importasen los antes ni los después. Ahora, ahora, ahora, aunque luego se olvidara de su propia seguridad... Ahora, ahora, ahora, aferrarse a la lección y no extraviarla. Ahora, ahora, ahora. Ahora el mundo era perfecto y eso era lo único que importaba. En un mundo perfecto, hasta el dolor y el miedo al dolor ocupaban un sitio indispensable e incluso de honor.

Pidió a Esperanza un poco más de café.

Y ella, sirviéndole, le volvió a sonreír.


Capítulos catorce y quince

4 comentarios:

Bell George dijo...

Gracias por 12 y 13.

Gata Negra dijo...

Wow!! Que lujo poder leer dos capitulos seguidos ;)

Grazie mille :)

El Guille dijo...

Gracias a ustedes, che!!!

Gata Negra dijo...

Jajaja, me encanta cuando decís eso de: ¡No cheeee...!!! :P