sábado, 18 de octubre de 2008

Capítulo Once

Foto




–¿Vienes? –preguntó Antonio, mirando hacia fuera, como alelado.

–No, gracias.

–¿Tú, Giovanni?

–Tal vez después.

–Como quieran– dijo Antonio; esperó un momento antes de salir.

Giovanni lo vio perderse detrás de la puerta y luego miró hacia arriba; desde allí podía ver claramente las formas de Antonio grabadas en la malla de alambres y resortes y en el colchón azul de la litera (las atribuía a su hermano, aunque probablemente estuviesen desde hacía muchos viajes). De pronto advirtió que las formas de Antonio siempre habían estado sobre él: en las ropas que recibía porque a Antonio ya no le iban, al igual que los zapatos y las medias, en el trato que recibía de los mismo maestros, en las huellas del camino que había seguido para llegar a María... María... Giovanni extendió la mano debajo de las sábanas y tomó la Biblia que por la noche había enseñado a Liberato.

–¿Sabes, chico? recuerdo cada palabra.

–Qué quieres decir.

–Que estaba borracho, pero recuerdo cada una de las palabras que dije anoche, eso quiero decir.

Liberato pensaba en nada, o en su relato sobre la vaca, o en la nada posterior a la vaca; buscaba palabras; acaso respondió a Giovanni por el temor a ese silencio, al eco no correspondido...

–¿Qué palabras?

Giovanni tampoco le hablaba a Liberato, en realidad se hablaba a sí mismo en un rostro ajeno, reclamándose una atención soslayada, un discernir de razones que, creía, no correspondían a sus pensamientos. Era una actitud intuitiva, la de quien sabe que necesita de la realidad que piensa pero que no se atreve a reconocerla suya; los libros y las palabras de los libros eran mariconerías y no cabían en la mente de un hombre trabajador, de un hombre honrado y emprendedor, de un hombre como él; sin embargo estaba la idea y estaba María, la excusa de esa idea...

–... Recuerdo cada palabra, recuerdo que te pedí que me enseñaras a leer y escribir y recuerdo que tú me dijiste que era posible.

–¿Recuerdas que me arrebataron mi libro?

–Lo recuerdo, y por eso te pido perdón, aunque haya sido Lucio quien lo arrojó. Pero recuerdo, además, que te mostré un libro que me pertenece y que tú me prometiste utilizarlo para enseñarme.

–¿Por qué se te ha ocurrido aprender a escribir, justo ahora?

Giovanni, con los ojos cerrados, sintiendo el sol del trópico que entraba por el ventanuco y comenzaba a doler en la piel, se halló repitiendo su nombre en voz alta:

–María–dijo

–¿Cómo?

–Para escribirle a mi María.

–La extrañas.

–Mucho.

–Y qué le dirías en tus cartas.

–Bueno, no sé, nunca fui muy bueno hablando con ella. Ni siquiera el día que le pedí que fuese mi esposa. Ella tampoco habla demasiado, pero no nos importan las palabras, Liberato, nos alcanza con estar uno junto con el otro, en cualquier lugar, y así éramos....–hizo una pausa breve pero que pareció interminable– somos felices. Ahora que estamos lejos, supongo que serán necesarias las palabras. Le prometí que le escribiría, bueno, en realidad, le dije que cuando encontrase a alguien dispuesto a escribir por mí... Pensé que en la América tú ibas a poder ayudarme con las cartas, pero después pensé que ya había demasiado mar entre nosotros como para que también hubiesen personas: no hubiéramos podido ser yo con mi María. Me gustaría escribirle que llegamos a la América, que conseguimos tierras, que la vida nos fue afortunada, que ya tengo el dinero para que ella viaje a encontrarse conmigo, me gustaría decirle que la espero con dinero para nuevos vestidos, y zapatos, que en América sobra la comida y se puede invitar a los amigos... todo eso me gustaría decirle a mi María en mi primera carta. Por eso es preciso que aprenda a escribir, Liberato, ¿crees que podría? ¿Crees que tendré tiempo?

Liberato, distraído en sus pensamientos, al oír su nombre respondió:

–Tal vez, Giovanni, tal vez.

–¿Podríamos empezar hoy con las lecciones, si te parece?

–Puede ser, sí, luego del almuerzo.

–El libro servirá, era de mi María; ella me lo leía por las noches, sobre todo antes de partir. Creo que pensaba que yo temía, por eso me hablaba de Dios.

–No entiendo por qué trajiste un libro si no sabías leer y pensabas que no era de hombres dedicarse a las palabras.

–Porque me lo dio mi María y tiene su aroma–respondió sin vacilar.

–Yo también quisiera escribir–dijo Liberato.

–Tú sabes escribir.

–Pero no sé para quién debo hacerlo. Es extraño cómo se dan las cosas, tú que tienes a quién no sabes cómo, yo que sé cómo, no sé para quién ni qué es lo que debo escribir –(Giovanni pensaba en María)–; hoy se me ocurrió, mientras subía las cuerdas del mástil, que de las vacas, que el destino me estaba empujando a escribir sobre las vacas, pues todas las señales hablaban de vacas, sin embargo en la altura sentí temor, me acobardé y de alguna manera supe que no debían ser las vacas el motivo de mis relatos... A veces creo que, en realidad, lo que quiero no es escribir, sino tener una habitación repleta con mis escritos, una historia ya hecha con mis cuentos y mis novelas para poder dedicarme sólo a leer, sin embargo eso es imposible a los dieciséis y sin haber escrito una sola palabra, ¿no crees? Aún falta tanto tiempo para construir esa historia... Es cierto que la vida de una persona puede cambiar de un día al otro, pero las cosas buenas nunca suceden de pronto, los cambios imprevistos son siempre desastrosos. De manera que mañana, o dentro de un minuto, es posible que nos encontremos obligados a luchar contra el mar porque el Fioravanti ha naufragado, es muy probable; pero sería imposible descubrirme de pronto escritor con mil historias escritas...

–¿Crees que tengo tiempo para aprender?–preguntó Giovanni.

Liberato abrió los ojos se inclinó para mirarlo: Giovanni se había tapado con las sábanas hasta el cuello, miraba hacia algún sitio impreciso, como ausente.

–Si es que en el próximo minuto no estamos luchando contra el agua o contra el fuego.

–¿Cómo?–dijo el otro.

–Que sí, Giovanni, pero demandará mucho esfuerzo de tu parte.

–Sí, claro, esfuerzo–dijo el otro, regresando a su estado anterior–, esfuerzo, qué más te pide la vida: esfuerzo y más esfuerzo. Qué más, qué más, qué más, qué más...

–Vivir.

–Qué más...

Liberato miró hacia fuera y en el día que comenzaba tan perfecto y limpio encontró el motivo de su fuerza, de su alegría, de su necesidad de vivir y contar la vida, aunque esa vida se ocultara en una vaca, o en la nada posterior, o...; se sintió tan bien, aún recordando que lo habían despojado de aquel libro que era su más preciada posesión, incluso con Giovanni pesado y lastre... ni siquiera podía obligarse a una leve incomodidad en la certeza de que el otro requería de él un hundirse compañero y solidario...

–Ven, Giovanni, salgamos, vamos a tomar el sol.


Capítulos Doce y Trece

1 comentarios:

Bell George dijo...

Creo que las estás desperdiciando en el blog.Hoy, la leí como Salieri. Hasta el próximo sábado!!