sábado, 4 de octubre de 2008

Capítulo Nueve



Liberato estaba algo aturdido; todavía no lograba asimilar los gritos de la morsa con la realidad del nuevo día. Había sido un grito, eso era cierto, como también lo era la repentina aparición de Lucio, y la inmediata salida, dirigiéndole esa frase incoherente: “tu y yo tenemos que hablar más tarde”. Es claro que en esas palabras había una urgencia, una necesidad, si se quiere, porque en todos los días que llevaban en la tercera del María Fioravanti, Liberato, los T. y Lucio no habían hecho otra cosa más que hablar; todo lo que había para hacer allí era hablar, o al menos intentarlo, porque no siempre había deseos de abrir la boca, y mucho menos de repetir la seguidilla de lugares comunes a la que ya se habían acostumbrado. Ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que, en cierta forma, los diálogos entre ellos nunca habían apuntado más allá del pasatiempo, jamás se habían adentrado en las almas, y si lo habían hecho entre ellos, los mayores, él no había tenido participación; las palabras que oía eran repetidas y Liberato necesitaba palabras nuevas, historias nuevas, vidas nuevas; si lo que deseaba era escribir (escribir ya), no podía conformarse con lo poco que llevaba encima –y la conciencia de lo poco, hay que reconocerlo, era lo que le daba el grado de madurez que necesitaría para no perecer en el intento–; era consciente de su inexperiencia, de que sus dieciséis años apenas si abarcaban un minúsculo capítulo en la vida de cualquiera; podría morir mañana, o en ese mismo instante, con lo cual dieciséis años hubiesen sido, para él, toda una vida, sin embargo esa realidad no le otorgaría mayor sabiduría; tenía los años que tenía y una determinación a veces firme; se reconocía ansioso, además, pero sobre este punto no tenía dominio; quería escribir, escribir ya, quería tener un libro publicado mucho antes de haber escrito nada, quería ser escritor y no tenía ni siquiera un mísero lápiz ni un par de hojas de papel en las cuales anotar estas cosas que aparecían en su mente cada vez que despertaba; su vida era inexperta, es cierto, pero estaba cargado de sueños, y en los sueños reconocía una fuente interminable de argumentos que, aunque en el fondo fuesen siempre el mismo, al menos le brindaban una inconcebible variedad de maneras de narrarlo; había algo de profético, además, en esos sueños, o tal vez no, tal fuesen deseos que a él le gustaba creerlos profecías, dar por sentado que sería escritor y que en América lo esperaba la vida que en Italia nunca hubiese hallado; en Italia podría haber sido un hombre sin preocupaciones, sin apuros económicos, pero sin vida, Italia no era la tierra que guardaba su vida; su vida estaba en América, en la América del Sur; allí lo esperaba la vida, escrita hasta el último punto con una precisión envidiable, en una escala ascendente como la dibujada por Dante: a Liberato lo esperaba el cielo, lo esperaba Dios. Él quería escribir a Dios, él se sabía escritor y sabía que un escritor, aún cuando narraba las peripecias de un gato con botas o de un niño de madera al que le crecía la nariz, estaba escribiendo a Dios, porque estaba escribiendo la vida; sin embargo aún no escribía. Los sueños estaban bien, pero también esperaba material de la vida, y la suya era tan escasa; Lucio y los T. lo doblaban en ventaja, eran jóvenes, viejos jóvenes, que habían tenido más de una historia, el doble de vida, ellos deberían contarle, confiar en él, pero cómo pedirles confianza si tal vez ellos mismos no la tuvieran para sí; Lucio le quería hablar, más tarde, pero de qué, era claro que había una urgencia, una necesidad, como la de Giovanni; ¿Lucio también le pediría que le enseñase a leer? ¿O quizá le pediría perdón por haberle arrojado el libro al océano? No, Lucio no parecía dispuesto a la humillación. En fin, Lucio quería hablarle y eso ya era algo, tal vez nuevas palabras, tal vez una historia nueva que le sirviese de fuente argumental; si de algo estaba seguro Liberato, además de ser escritor, era de que la vida estaba ahí, viva, para que él la utilizara, la tradujera en palabras y la trasladara al papel, la vida, las vidas, la suya, la del mundo; la sensación de inmensidad le brindaba algún consuelo: jamás se quedaría sin algo para decir, pero de algún modo también lo abrumaba, lo asfixiaba con la inconmensurabilidad, lo señalaba con el dedo de la culpa por saberse, de antemano, un delator de vidas ajenas; Liberato hubiese deseado no sólo ser un hombre, sino que, además, todos los hombres, y entonces se hubiese sentido en paz, porque también hubiese tenido que ser alfarero, con lo cual su padre se habría alegrado....claro que, siendo todos los hombres, probablemente no hubiese tenido necesidad de escribir.

–Buen día, Liberato, ¿soñé o mataron a alguien en el barco?

La voz de Giovanni lo terminó de despertar.

–Buen día, Giovanni, no lo sé, creo que se trata de un problema con don Guido, pero tal vez lo haya soñado también yo.

–A lo mejor estamos dormidos, todavía, en un sueño...dime, Liberato, ¿yo te sueño a ti o tu me sueñas a mí?

Liberato sonrió. Había leído algo similar en algún lado, aunque faltaba decir que alguien los soñaba a los dos, pero el hecho de que semejante reflexión haya salido de la voz de Giovanni le permitía una excusa para su primer argumento no auto referencial. Y sin dudas alguna vez lo escribiría, si es que todo aquello no era, en verdad, un sueño.

–Voy a calentar café.

–Qué bueno sería tomar un vaso de leche–dijo Giovanni.

Liberato había colocado el cacharro de lata sobre el calentador de aceite y lo sostenía de un asa, cubierta la mano con un pañuelo, para evitar el calor del metal; de pronto el barco acusó recibo de una ola y un chorro del líquido apenas negro y todavía tibio, se derramó sobre el piso. Liberato dejó el cacharro para limpiar el enchastre, y un nuevo sacudón dio por tierra con el resto del café.

–¡Ah, maldita yeta!–gritó el chico.

Giovanni se sorprendió, era la primera vez que le oía levantar la voz.

–No te preocupes; además, ¿no te gustaría un vaso de leche fresca? Francisco me dijo que, en España, los de la primera subieron con vacas.

–¿Y? Nosotros estamos en la tercera.

–Vamos, Liberato, desde cuando los límites preocupan a un italiano, ¿no salimos de la Italia, acaso? Vamos por un vaso de leche.

Una historia, pensó Liberato, ¿por qué no?

Porque era claro que sería él, y no Giovanni, quien tuviera que arriesgarse a remontar diez metros por los cables del mástil, tratando de que nadie de la tripulación lo viera. ¿Por todo esto debía pasar un escritor para poder escribir? Y su padre le decía que ningún trabajo que no implicase un maltrato para las manos podía considerárselo verdaderamente un trabajo. Si el viejo B. pudiese ver las manos de Liberato, las ampollas que amenazaban, tal vez hubiese accedido a comerse una a una sus palabras. Pero no, estaba bien que se las hubiese dicho, porque en definitiva eran palabras, y de palabras se nutrían los sueños de Liberato, incluso de las mal intencionadas. Él necesitaba vida, es cierto, experiencia y acción, pero también necesitaba de las palabras, porque con ellas podría escribir, en el papel que ahora le faltaba, que si bien eran poco usuales las llagas en las manos de un escritor, eran frecuentes en su alma, en su mente, y en su corazón; todo el cuerpo, anverso y reverso, era una gran llaga alimentada por la espera, demasiada espera, inmensa espera para el espíritu ansioso de un escritor. Mejor, viejo B., mejor que no lo vieras, porque no aprobarías que un hijo tuyo se hubiera largado de la Italia para robar leche a los ricos del María Fioravanti.

Claro que toda esta situación –las vacas, la propuesta de Giovanni, su rápida aceptación– bien podían configurar un mensaje, una señal que el destino le enviaba para que él, Liberato B., la tuviese en cuenta, si es que las agallas le daban para eso. Claro, era eso, un mensaje: la vida le decía a gritos que debía escribir sobre vacas; no tenía que preocuparse más por hallar un tema, ya lo tenía: La Vaca. Liberato B., sería el autor de La Vaca, un gran relato en prosa poética. Le excitaba sentirse en la cima otra vez y saberse extremadamente original, ¿a quién podía ocurrírsele más que a él un relato donde la vaca fuese el centro, el personaje, la historia? Todo ocurría como debía ocurrir. Qué importaba haber perdido aquél libro, qué importaba la lectura si él debía escribir. Liberato era escritor, no lector, y la vida se lo estaba demostrando, el destino tenía esas cosas, cuando alguien andaba medio perdido, o empezaba a dudar, enseguida le mandaba señales. Por eso la vaca, por la cima...

–¡Eh, Liberato–gritó susurrando Giovanni–, ten cuidado de donde metes el pie, no te vayas a caer.

Liberato, como despertando, miró hacia abajo y la altura le disgustó. Las manos comenzaron a temblarle y la férrea voluntad se desvaneció junto con la claridad conceptual que hasta ese momento había observado su espíritu. ¿Qué pretendía escalando el mástil? ¿Escribir un cuento o el prólogo para un seguro porrazo? Porca miseria, se decía, negándose que aquella repentina inmovilidad se debiera a la cobardía. Era sentido común, nada más; después de todo, Julio Verne no había tenido que viajar a la luna, ni descender al centro de la tierra, ni navegar veinte mil leguas debajo del agua para poder escribir. ¿Salgari había sido un pirata? No, no era cobardía, era sentido común. Decidió bajar.

–¿Qué pasó?

–Nada, se me fueron las ganas de tomar leche– respondió Liberato, alejándose con paso rápido.

Giovanni levantó los hombros:

–A mí también–se dijo.

Regresaron al camarote.


Capítulo Diez

5 comentarios:

Bell George dijo...

Uyy!! desde el sábado y yo pensando en el domingo j.j. Bueno, quería preguntarte querido escritor si lo de "La Vaca" es un homenaje o cierta ironía o qué. Un saludo!!.

El Guille dijo...

Ah, pero Bell, un poco de todo eso metí yo al escribirlo, pero lo que saques vos de la lectura puede ser algo completamente distinto y está perfecto. Elegí vos lo que más te guste. Beso grande!!

Gata Negra dijo...

Lo bonito de los libros es precisamente eso, que cada cual lo interpreta a su manera. Y supongo que también influye el estado de ánimo cuando se lee un capitulo.

Este también me ha parecido muy divertido...

Un libro "muy interesante" le va a quedar a Liberato con La Vaca de protagonista...Me gustaría leerlo, promete ser divertido si lo escribís vos :P

Me encanta el humor argentino, es divino!!!!! jajaja

El Guille dijo...

ja, es que Argentina es una joda, Gata! Beso grande!!

Gata Negra dijo...

No te creo Guille, pero los Argentinos teneis una actitud muy desenfada de enfrentar los quilombos ;) Me encanta :D:D