sábado, 11 de octubre de 2008

Capítulo Diez


Antonio palmeó la espalda de Lucio y entró al camarote para cambiarse la camisa. Lucio se apoyó en la baranda, miró la muela de don Guido como si se tratase de una perla o de una moneda extraña, y finalmente la arrojó al océano con la solemnidad de un rey que decide desligarse de sus antiguas riquezas para entregarse al ascetismo... La dejó caer, en realidad; y fue como si con la muela hubiese caído también su ánimo, la voluntad.

Los perdió de vista antes de que llegasen al mar.
Por qué, de pronto, el miedo reaparecía para cuestionarle la nobleza de sus sueños. Por qué. Miró hacia la popa. Miró hacia la proa.

El barco estaba en marcha, tenía un origen y tenía un destino; sin embargo los días repetidos, los ciclos interminables, le dejaban ese regusto amargo de la desesperanza; era como si aquello nunca fuese acabar. Lucio no conocía de cielos ni de constelaciones; cuando miraba hacia la noche, sólo veía estrellas, un salpicón de luces que nada le decían. Era siempre el mismo espectáculo y así parecía que seguiría hasta la eternidad. Sin embargo era claro que el María Fioravanti algún día llegaría a puerto, y aunque no faltase mucho para eso, el viaje se le antojaba interminable. La realidad no era más que un mar infinito y un barco solitario atravesándolo tercamente, dejando tras de sí una huella que de inmediato sepultaban las aguas. El sol salía siempre desde la antigua huella y se ponía en el campo virgen, allí donde la proa se dirigía. Pero si Lucio miraba hacia adelante, sólo veía azul y más azul, y a veces una línea insignificante que los separaba. Nada más. Sólo agua, cielo, y viaje interminable. El pasado le parecía un sueño, una mentira. Alma y la niña no habían sido más que una jugarreta de su imaginación. América, una estúpida ilusión. Ni uno ni otro existían, la única verdad era ese ahora silencioso y húmedo, sin variantes, sin consuelo. Sin embargo sabía, él sabía que allá, donde el sol terminaría por morir ese día, lo esperaba un puerto, una tierra, y que detrás, allí donde el sol se esforzaba por retomar la cuesta abovedada, quedaba también un mundo que esperaba, lo esperaba. Y aunque lo sabía, lo ignoraba. Lucio hubiese deseado vivir toda su vida en ese instante. Toda, desde el primero de sus días hasta el último, experimentando cada segundo en un único segundo. Y allí quedarse, pala en mano, sepultando sus miedos.

Cerró los ojos y se esforzó por sentir vivo, dentro de sí, como cuando salió de Italia sin mirar atrás, cada uno de sus sueños. Se empeñó por devolverles sus formas, sus asperezas, sus sabores y sus aromas; se obligó a retomar las imágenes que lograban sosegarlo cada mañana, cada despertar. Se obligó a sentirse burro, a no pensar más que en su presente burro. Pero nada, nada; sólo un puño apretándole el pecho hasta hacerle doler. Sólo eso, y el azul. Necesitaba algo, Dios santo, sólo él sabía cuánto necesitaba de una palabra, aunque fuese sugerida, para poder recobrar la voluntad que le permitiese atravesar un nuevo día; rezó; rogó una señal, le imploró a los ángeles de aquel cielo interminable, tan azul como ese mar, que le dejasen sentir una mano tibia posándose sobre su hombro, una mano amiga, una inyección de Fe, la mano de ese Cristo que alguna vez lo había acompañado. Cerró los ojos nuevamente, imaginó una nube quebrando la monotonía azul, luego otra y otra más, y dejó que las nubes bajaran hasta humedecerle el rostro; era una humedad tibia, como la mano que esperaba, que caía lentamente por su rostro, provocándole una leve cosquilla en la piel; podía sentir la vida de esa humedad del cielo atravesándole el semblante hasta recaer en sus labios, hasta desembocar allí donde la sed resecaba la ansiedad, y entonces pasó su lengua por el reborde del labio y saboreó la sustancia de aquella nube salvadora, angélica... sabía a mar. Y entonces oyó la voz.

–Gracias, joven Lucio.

Lucio giró sobresaltado. Era Esperanza.

–¿Gracias por qué?– titubeó.

–Por lo de mi padre.

–No fue nada–dijo Lucio, mirando hacia atrás, tal vez esperando que el mar le arrojase de vuelta la muela, como había hecho con su ánimo.

Hubiese deseado entablar una conversación inteligente con Esperanza, pero las palabras y el sentido de las palabras habían desaparecido. Abrió la boca como para decir algo, pero no salió nada de allí y, avergonzado, la cerró. Ella se apoyó en la baranda y miró hacia el mar (como si nada existiera en el mundo más que el mar y el cielo azul, pensó Lucio, pero ahora, junto a Esperanza, con una alegría inexplicable).

–Conoce mi nombre– finalmente se atrevió a decir.

–Claro, mi padre no hace otra cosa que hablar de usted; le ha caído en gracia; y ahora con la ayuda que le dio...

–No fue nada, ya le dije.

–Oh, no, fue muchísimo, usted no sabe como le hacía sufrir esa muela.

–¿Ya le dolía desde antes?

–Sí, desde hacía meses. Sufría tanto cada vez que le atacaba el dolor, parecía morir. Pero ahora ya no tiene de qué preocuparse.

–No, claro–dijo, mirando hacia abajo, como temiendo que, esta vez sí, la muela retornase.

–¿Sacó muchas?

–¿Cómo?

–Mi tía dice que usted es un famoso sacamuelas.

–Eh, sí... pero... ¿sabe? es extraño verla sola por aquí, don Guido no se lo permitiría.

–No, no es mi padre, es mi madre quien me retiene en el camarote, pero ahora está entretenida con el desayuno y mi tía María le está ayudando–respondió Esperanza, y luego dijo–: La imagino preciosa.

–¿Qué cosa?

–La América, tan lejos.

Lucio miró hacia el horizonte azul y sonrió.

–¡Esperanza!

–Es mi madre, mejor regreso al camarote.

Antonio, oculto en la oscuridad del treintaidós, la miró alejarse.


Capítulo 11

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Pensé que Don Guido había muerto, uff, que alivio. Bueno, no entro aquí como spam así que el anónimo soy yo, tu fiel lectora bloguera Bell George, quiero ver descrita una America preciosa, como lo es nuestra tierra, eso, porque tenemos el privilegio de interactuar con el escritor y hay que aprovecharse ¿o no?j.j.j.Saludos!!!

Bell George dijo...

Gooooooooooolllllll de Chile. Saludos Bell.

El Guille dijo...

je, ok... pero se lo deben a un rosarino, El Gran Loco

Bell George dijo...

J.j. Guille, en Cuba se juega béisbol, de hecho el gol ni lo vi j.j. Te invito a que visites mi blog que ahora sí está organizado. Ese enredillo que formé en el último post y que tu ojo detectó, me llamaron a la organización.
Un saludo!!