
Fumaron en silencio; Julián seguía aturdido más que avergonzado y Liberato no se atrevía comentar nada sobre el tema ni sobre cualquier otra cosa: Lucio se había llevado las palabras.
Liberato experimentó la urgencia de nutrirse de esas palabras ahora ausentes; cuando el sol comenzó a declinar y el aire de cubierta se enfrió, encontró la excusa para retirarse al camarote en busca de su libro.
Le fue fácil acomodarse a la penumbra y encaminarse sin tropezar hacia la lámpara; la encendió y, por un instante, quedó hipnotizado con el rojo vibrante que ganó la habitación; a su espalda, gigante y trémula, se reflejaba su sombra. Rebuscó el libro en el fondo de su bolso, y cuando por fin lo tuvo en las manos, sintió que su cuerpo recobraba una tibieza hasta entonces inadvertida. Se recostó en el camastro de Lucio y abrió el tomo al azar. Antes que las letras y las frases, y el sentido de las frases, llegó a su alma el aroma de la página impresa, y otro aroma que cargaba el libro, pero que nada tenía que ver con la tinta o el papel. Aspiró profundamente y se sintió feliz.
Liberato en verdad creía que, al dejar Italia, lo había hecho cortando todos los cables que lo unían con el pasado. Se decía un hombre libre, y los hombres libres debían rechazar cualquier obstáculo que pudiese condicionarle el presente o el porvenir. Como además se creía un cultor de la coherencia, y los hombres coherentes debían actuar de acuerdo con aquello que decían y pensaban, se negó a incluir en su equipaje nada que lo atase al pasado y la gente que dejaba. Había preparado su petate con lo indispensable: un par de camisas y medias, muchas medias (había leído en algún lado que eran los pies el lugar elegido por el frío para atormentar a los hombres). Y un libro, al menos uno; uno para tener qué leer y no más de uno para no sobrecargarse; uno solo al que debía cuidar del salitre y la humedad, porque no era suyo, sino de su madre y algún día debería devolverlo en las condiciones en que lo tomó, de manera que había que envolverlo, en una camisa tal vez, una cualquiera, la blanca, por ejemplo, la que le había obsequiado su padre.
Hizo correr las páginas que sostenía con la mano derecha, y dejó que la providencia, el azar, la fortuna, o un ángel de la guarda, lo detuviera en la página que habría de leer. Presintió que no era esa. Sin mirar siquiera la página, se impuso repetir la operación al menos cuatro veces. Si al alcanzar el límite no experimentaba en el alma la certeza de que algunas de las señaladas era la que su deseo de palabras necesitaba, guardaría el libro sin haberlo leído. Lo hacía por jugar, nada más que para romper con la rutina de tomar un libro y leer, porque era eso lo que debía hacerse con los libros que se tomaban, y así tuviese, luego, deseos de leer en cualquier página, habría de obligarse a la coherencia y regresar el tomo a la bolsa al menos hasta el día siguiente.
Estaba en el tercer intento cuando entraron, borrachos, Lucio y los T. y lo sorprendieron con el ejemplar entre las manos.
–Ja, ¿y esto?–preguntó Giovanni. Se lo arrebató y comenzó a mirarlo del derecho y del revés, luego lo arrojó al piso con un gesto de desprecio–: Los hombres de verdad no pierden el tiempo con estas cosas, los hombres de verdad se ocupan con trabajos que llaguen las manos y quiebren las espaldas.
Liberato, al oír esa sentencia, se sonrojó subrepticiamente, sintiendo en la piel y en el estómago, en la sangre y en el ardor de los ojos, que no tenía argumentos para refutarla, pues aquellas eran las palabras de su padre y a su padre, incapaz de enfrentarlo con razones (pues el padre, a su vez, era incapaz no de entenderlas, sino de escucharlas) lo contradijo marchándose, ¿y adónde iría, en la penumbra de un barco lento y limitado, ahora que oía a su padre? ¿Y si Giovanni y su padre hubiesen tenido razón?
–No le hagas caso –le dijo Antonio, levantando el libro (Liberato alabó esa voz aliada como si hubiese sido originada por una zarza ardiente de fuego que no quemaba)–, ése vago es un ignorante.
–Ja, ignorante, como si tú supieras escribir algo más que tu nombre.
Antonio le respondió arrojándole el libro por la cabeza y con un insulto que a Liberato ya no se le antojó demasiado divino. Giovanni dio un paso hacia atrás para esquivarlo y el libro rebotó en el pecho de Lucio; con el golpe las tapas se separaron de las hojas. Lucio se agachó, tomó el cuerpo de páginas y, para dar por terminado el asunto, abrió la escotilla y lo arrojó hacia afuera; de pronto se hizo un silencio muy profundo, casi inalcanzable, atentos al caer de las hojas sobre la cubierta... Luego los hombre miraron a Liberato; el muchacho no se inmutó; dejó el camastro de Lucio y trepó al suyo, deseando haber sido él quien había caído al mar.
Lucio se acomodó el cabello con las manos, secándose, a la vez, el sudor que se le había formado en la frente. Intentó pronunciar alguna disculpa, pero la voz empañada por el alcohol apenas si lograba algún cuerpo en el consecuente mareo de ideas que cargaba desde la segunda copa.
–Está bien, Lucio, no digas nada; no hace falta–dijo el chico, resignado–; nadie diga nada, por favor.
Los hombres le obedecieron, reconociéndose deudores. Antonio trepó a su cama y se recostó vestido, acurrucándose contra la pared en la postura de un feto, al cabo se oyeron los ronquidos entrecortados con los que cada noche inauguraba el sueño y que, luego del cuarto, desaparecían.
Ahora, sepultados los ruidos por el incesante arrullo del agua surcada y los motores del Fioravanti, nada se oía, ni siquiera las respiraciones.
En aquel silencio extremo, la luz reverberante hacía aún más siniestras las formas de las sombras; Giovanni apagó la lámpara. En la oscuridad, Liberato por fin cerró los ojos, buscando dentro suyo algún resabio de la luz reciente; halló un leve matiz del rojo, y atento a él, decidido a no perderlo aunque sabía que irreversiblemente desaparecería, se preguntó: ¿Qué será de este viaje si Giovanni tiene razón?
No quiso oír las respuestas que, al fin y al cabo, serían provisorias (siempre lo eran); bajó de la cucheta y fue por las tapas del libro; las encontró pronto, ayudado por el leve resplandor de la luna, ahora perceptible; las envolvió en la camisa blanca que había quedado sobre la mesa, y las guardó en el fondo de su bolsa, debajo de las medias, donde antes hubieron estado junto con las páginas, conteniéndolas, nombrándolas y engalanándolas con la envidiable vanidad que sólo las tapas eran capaces de ostentar; las regresó solitarias, despojadas de su razón de ser, y sin embargo allí, entre medias y camisas, recobraron un sentido, uno que iba más allá que el de ser tapas de envidiable vanidad (Liberato había dejado Italia creyendo que...); regresó a la cama, se recostó posando la cabeza sobre sus manos, cerró los ojos y recitó, susurrando, los versos que hubiese deseado que el azar le regalara:
“Y tú emprende el camino y saca la espada de la vaina:
ahora, Eneas, valor precisas y ahora un ánimo firme”.
Las palabras que se dijo no sólo le reconfortaron el espíritu, sino que además le devolvieron algún deseo de reconciliarse con todo lo malo que había experimentado y visto en su escaso mundo, pues incluso aquello le había servido para llegar a ese camarote, en esa noche, junto con esas personas que lo habían obligado a recurrir a esos versos que esperaba del azar, a ese instante que fue como una explosión de certeza y seguridad en sí mismo, en sus decisiones. Imaginó el cielo de esa noche igual al de una noche felizmente guardada, y sintió que sólo por eso, sólo por ese instante en que sentía que valía la pena vivir, había valido la pena la vida y valía la pena seguir vivo.
De pronto sintió que la burbuja desaparecía; alguien lo miraba sin decidirse a hablar. Le llegaba, débilmente, el hálito alcoholizado de la respiración del visitante. Sin abrir los ojos, y sin saber a quién de los tres se dirigía, preguntó:
–Qué quieres.
–Liber...–susurró la presencia.
–Qué quieres.
–¿Crees que podrías enseñarme a leer?
Liberato abrió los ojos y vio la sombra del rostro Giovanni, recortándose en el borde de la litera; no podía distinguirla en sus ojos, pero adivinó una lágrima en su voz; de todas formas la sensación de felicidad todavía le retumbaba en el alma como para dejarse llevar por aquel dolor ebrio. Le respondió con una pregunta innecesaria, sólo por reacción.
–¿No sabes leer?
–No, ¿crees que podría aprender?
–Tal vez–le dijo el chico, ahora sí más atento al pedido de Giovanni–, pero necesitaríamos un libro, y los libros no son cosas de hombre, tú lo has dicho.
Giovanni hizo un movimiento y produjo un leve ruido, como un rozar de superficies sedosas; Liberato percibió la nueva forma recortándose delante de Giovanni y el aroma de la página impresa que lo acompañaba; era una aroma de hojas húmedas y amarillas, de polvo y tiempo adheridos.
–¿De dónde lo sacaste?–dijo, conteniendo la ansiedad.
–Lo traía conmigo, es una regalo de mi mujer.
Liberato lo palpó, lo sopesó, midió el grosor del tomo, leyó con el tacto las letras en relieve de la tapa y del lomo:
–Es una Biblia.
–Sí–dijo, sorprendido, Giovanni–, ¿creés que podrías enseñarme?
–Tal vez pueda enseñarte. Tal vez.
–Yo no sé leer ni una palabra, ¿tú crees que...?
–Las letras de ese libro son muy pequeñas, como las de un contrato, de las que nunca se leen.
–¿Y crees que podrías...?
–Tal vez, Giovanni, Tal vez.
–En América la gente sabe leer, eso dice Francisco.
–¿Quién?
–El español; dice que allí hará buen dinero instalando una imprenta; en América se lee mucho, allí toda la gente sabe leer. Me ofreció trabajar con él.
–Pero tú decías...
– Liberato. ¿Crees que podría aprender? Él dice que lleva unos cuantos libros con ideas, con buenas ideas. Y yo le creo; alguien que invita a un desconocido copas es de fiar. ¿Crees que podría? El libro es bueno, lo leía mi María; todavía tiene su olor. ¿Crees que podría?
–Tal vez; si mañana, cuando se te pase la borrachera, pensaras lo mismo, es muy probable.
–Chico, si es necesario, volveré a beber.
–Entonces sí, Giovanni, tal vez puedas aprender.
–Gracias, Liberato, eres un buen chico. Perdóname por lo del libro. ¿Podrás perdonarme? Eres un buen chico.
Giovanni se retiró hacia su litera y se recostó. Liberato cerró los ojos y recitó, recobrando en parte la reciente felicidad, sabiendo que era feliz porque seguía su destino y obedecía a su corazón:
“...Ahora en larga fila ya parecen
elegir una tierra o mirar desde lo alto la elegida:
igual que en su retorno juegan aquéllos con alas estridentes
y recorren en círculo el cielo y lanzan su canto,
no de otra forma tus naves y tus jóvenes
o han entrado ya en puerto o buscan su boca a toda vela.
Así que prosigue, y, por donde te lleva el camino, dirige tus pasos”.
Capítulo Ocho

5 comentarios:
La próxima vez que cruce el paso Los Libertadores, de que llego a Rosario, llego.
Un saludo cordial rapidito porque quiero leer.
Elogios para tus imagenes. Seguiré la travesía.. Un saludo y por Dios ¡qué rutina mañanera! ¡cuántos detalles! j.j.
Capítulo 8 ya!!!
jaja, gracias por tus comentarios y por tu interés, bell george. Para el fin de semana va el 8.
Qué bueno, después me dices cómo puedo poner tu novela en mi blog y si es que lo autorizas, porque ir a favoritos, subir, bajar todo eso ese me hace muy largo y pienso leerla hasta el final. Veo que has quitado algo así como un minichat, lo encuentro súper, porque los libros no son para rayarlos. Querido autor de la obra, que llegue ese barco ya, porque la verdad que esas hojas del libro cayendo me han causado mucho dolor. Hace unos años hice un trámite para que unos descendientes de italianos se acogieran a la nacionalidad de su bisabuelo, un inmigrante que llegó a Santiago de Cuba desde Italia. Para hacerte el cuento corto, parte de su vida pudo ser reconstruida por una foto y un certificado de Matrimonio de 1800 que encontré yo, con los rezos de mi clienta. Siempre me pregunté cómo habría sido su viaje, hoy lo encuentro en tu historia. No te adulo más. Un saludo.
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