Miraban hacia el mismo sitio, pero veían horizontes distintos. Lucio sufría el deseo, lloraba la ausencia y ansiaba ser libre, libre de verdad. Liberato imaginaba la vida, su vida, como algo grande, un hecho, algo desconocido pero seguramente bueno. Julián también ansiaba la libertad, pero la suya era de otra especie, una libertad de primerizo, la de quien aspira más que nada a no temer ni arrepentirse de las decisiones. Pensaban pero no lo advertían, el vaivén monótono del barco, el azul profundo, el silencio, todo los diluía en el instante, los transformaba en parte del espacio; no protagonistas absolutos, sino fragmentos, un punto más y necesario en el entramado de azules, cuerdas y tablas chirriantes; si había alguna conciencia de un estar individual, se debía a que pensaban. Pero no advertían que pensaban... De alguna manera no sentir era una sensación placentera, y así hubieran seguido por siempre, hasta nunca, si no hubiera sido porque eran hombres, y que los hombres, para serlo o porque lo son, necesitan de las palabras. Entonces hubo que hablar, y quebrar la fantasía que pagaban con el incómodo silencio.-¿Tienes pensado dónde vivirás?-preguntó Lucio. La pregunta fue articulada en Italiano, y aunque no llevase, explícito, el nombre del destinatario, estaba claro que iba dirigida a Liberato. Sin embargo fue Julián quien respondió en una mezcla chapuceada de idiomas.
-Mi tío Francisco piensa instalar una imprenta en Rosario; yo puedo quedarme allí, con él, aunque también puedo optar por ir a Tucumán, donde vive un hermano de mi madre; tiene un bazar y creo que le va bien.
Lucio, fastidiado, codeó a Liberato y, censurando una grosería, le aclaró que la pregunta era para él.
-No lo sé-respondió el muchacho-, supongo que hacia dónde me lleve el destino, ¿y tú?
-Giovanni me habló de un amigo en Buenos Aires. Le ha prometido una buena habitación y trabajo en el puerto; tal vez haya algo para mí.
-¿Te quedarás en la ciudad? ¿Cruzas el océano pero que luego no logras extender la meta más allá de Buenos Aires? Tal vez en el campo se pueda hacer algo mejor que trabajar en el puerto, ¿no crees?
Lucio sopesaba la bolsa de tabaco; había liado un nuevo cigarrillo; lo encendió, y mientras expulsaba el humo, respondió:
-El campo es para gente con tiempo, yo ya estoy demasiado viejo para esperar. El dinero está en la ciudad.
-Ya verás cómo la ciudad te harta; ya verás cómo querrás irte cuándo te ofrezcan campos para cultivar... Tal vez yo los acepte.
-Pero tú me habías dicho que pensabas dedicarte a...
-Yo sí puedo esperar, el tiempo es lo que menos me preocupa. Además, necesitaré dinero.
Julián, con una sonrisa, asintió.
Lucio los miró de reojo y dio una pitada a su cigarrillo; la braza le quemó los labios; escupió el minúsculo resto con demasiada lentitud, tanta que los jóvenes percibieron su vano intento por ocultar que se había quemado; por respeto, o por temor, restañaron la sonrisa.
Lucio se obligó a olvidar el traspié; nada grave, se dijo. Clavó la mirada en el mar y guardó la bolsa de tabaco en el bolsillo interno del saco; iba quedando poco, pero qué importaba, ya tendría más y del mejor.
Cuando la brisa se detuvo y el aroma del tabaco desapareció, un hedor de cebollas podridas que llegaba de la cocina ganó nuevamente la cubierta. Lucio, pensando que ese olor sólo se daba en la tercera, pues los ricos señores no permitirían semejante despropósito de la tripulación, maldijo por lo bajo y reafirmó su juramento de fortuna... ¿Por qué la miseria olería tan mal?
Julián también había percibido el aroma.
-¿Qué huele tan mal?-preguntó.
Liberato se encogió de hombros, y dejó morir la pregunta en lo que realmente era, apenas un comentario para llenar el hueco. Pero Lucio se incorporó de un salto, se aferró de las solapas del chico (al tacto, la tela no era tan fina como aparentaba) y lo levantó de un tirón, así de flaco estaba:
-¿Vienes a reírte de nosotros?
Julián no supo qué responder, no entendía la reacción de Lucio.
-No, yo, no, por favor, yo...
-¡Dejalo, Lucio!-gritó Liberato-¡Qué te pasa!.
-¿Vienes a reírte de nosotros, ricachón?
-¿Ricachón?-, preguntó Julián, y esbozó una sonrisa nerviosa.
Lucio, enfurecido, lo arrinconó contra la baranda popa y lo empujó hasta dejarle medio cuerpo afuera; Julián se echó a llorar.
-¡Déjalo!-gritó Liberato.
Lucio no tenía más intención que de asustarlo, de modo que con las primeras lágrimas del chico se conformó. Lo soltó y se alisó las ropas. Esbozó una media sonrisa, como si alguien, un juez, hubiese fallado a su favor.
-Anda, ve a llorar con los tuyos, ve a respirar la mierda perfumada que cagan en la primera y diles que con la gente honrada no se juega.
-Iría con gusto-dijo Julián, secándose las lágrimas-, pero yo no puedo ingresar al sector de primera; mi tío y yo viajamos en los camarotes de tercera de estribor.
Lucio no dijo nada; abrió los ojos y la boca muy grandes, se acomodó el cabello con la palma de las manos, como si con ello pudiese formar un escudo o una excusa, y titubeó la intención de una disculpa que nunca llegó a pronunciar; bajó la cabeza avergonzado, apretó levemente el brazo de Julián, y, siempre en silencio se dirigió al bar; tal vez todavía hubiera tiempo para compartir un trago con los T. y el español, que después de todo, no le había caído tan mal.
Liberato gesticulaba y movía los brazos tratando de suplir con los movimientos la ausencia de palabras para preguntarle nada, y para explicarse menos. Luego miró a Julián, que sollozaba. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué demonio había ordenado quebrar la armonía? ¿Cuál había sido el origen de aquella furia repentina? Trató de recrear las ideas que Lucio hubiese podido encadenar para que un comentario inocente hubiese desembocado en semejante reacción, pero nada le resultaba verosímil, acaso tampoco lograba dar con razones increíbles. Los miraba compadeciéndose por ellos, pero su preocupación no estaba verdaderamente en el pobre Julián atacado, ni en Lucio humillado, sino en el cuaderno virgen que esperaba por cosas como éstas, en que todo pasaba y no había razones que las amoldaran. ¿Cómo escribir sobre semejante cuestión sin sentido? ¿Cómo advertir que aquello podía escribirse y que debía dejar de pensar para escribirlo de una vez?
Lucio se alejó lento y cabizbajo; antes de entrar en el tugurio de los marineros, giró y miró a los jóvenes.
-Eh, Lucio, ven aquí-le gritó Giovanni, bastante borracho.
Julián se había calmado un poco y recargaba la pipa con manos trémulas.
-Al final no supe a qué se debía el mal olor-murmuró.
Liberato se encogió de hombros.
Lucio seguía en la puerta, indeciso, pensando que tal vez debía disculparse plenamente con el chico español, con frases completas, con hechos concretos más que con la intención. Tendría que actuar de la misma manera que hubiese esperado que el otro lo hiciera con él, debía ser visible no sólo su arrepentimiento, sino que además la humillación originada en el orgullo malparido; él mismo, Lucio, debía ser tangible y concreto a los ojos de los demás, de la misma manera que Lucio se lo exigía, íntimamente, a los otros... incluso a ese Dios que tantas veces perdía de vista, si es que alguna vez lo había visto.
-¡Lucio, ven!-gritó Antonio.
Bah -se dijo- y se perdió en las sombras, tras la puerta.
Capítulo Siete

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