sábado, 6 de septiembre de 2008

Capítulo Cinco

Se adormiló pensando en Alma y en la niña. Le pareció extraño ser consciente de que aquello que percibían sus sentidos correspondiera a las circunstancias de un sueño: los colores, las melodías, incluso los aromas (era sorprendente estar soñando aromas), pero también estaban allí las voces de los españoles y esas voces eran reales, a la vez que desagradables y presuntuosas. Posiblemente se tratase de una pesadilla consistente en llevar a los sueños el plano de la realidad. O tal vez no dormía, tal vez sólo imaginaba que dormía, y que esto sucedía dentro un sueño, o de una pesadilla... Sueño, pesadilla, ambas, decidió que cualquiera estaba bien mientras el instante fuese irreal y la cordura no flaqueara, porque sólo un loco podría haberse embarcado en la aventura dejando tras de sí a su familia para luego descubrir que no había otra cosa mejor que hacer que echarse a dormir en las cubiertas de los barcos mientras se oían voces de gentes despreciables, sólo un chiflado podría admitir que extrañaba a las personas que había abandonado y que al mismo tiempo deseaba inexistentes, sólo un demente estaría buscando en una pesadilla el consuelo para la vigilia; solo un loco o un soñador. Y él no podía estar loco, sino que estaba soñando un sueño que era además pesadilla. Allí estaba el sol para confirmarle que dormía, allí estaba el azul intenso que se confundía en el horizonte, y el silencio inabarcable, la respiración entrecortada de los hermanos T., el rostro lampiño de Liberato: todos ellos personajes creados por su imaginación, al igual que el Cristo barbado y rubio, sin estigmas, sin reclamos, que lo acompañaba allí, ahora, sentado a su lado, dispuesto a darle una mano si Lucio se lo pedía. ¿Por qué se le aparecía la imagen de Cristo en aquel sueño que era además pesadilla? No era devoto, ni tan siquiera un hereje, sin embargo estaba allí, repitiendo el decurso de aquella noche solitaria, también de ensueños, cuando una tristeza mayor que ésta lo había enloquecido tanto como para llevarlo al extremo de desear la muerte, esa noche que, como ahora, extrañaba a su familia y al mismo tiempo deseaba que no existieran, para así ser un poco menos infeliz o al menos coherente: estaba solo, se sentía solo y pensaba que estando realmente solo se le quitaría la pena que lo hundía y le impedía respirar o se haría merecedor de ella; esa noche cerró los ojos y rezó desesperado; fue esa noche que, vencido, reclamó al cielo un cabo que le permitiese continuar, porque Lucio, aún deseando la muerte, no deseaba morir; fue esa noche, entonces, que entendió que no era a la muerte a quien temía, sino al dolor; fue esa noche que surgió el Cristo de sus sueños, lo abrazó y le permitió que llorase sobre sus hombros. Fue esa noche, fría noche, que vació su alma en gotas pesadas repletas de sal, tanta sal como para construir mil estatuas; entonces comprendió que no era a la muerte, que cualquier día era bueno para morir, pero que para morir era necesario estar vivo y estar vivo significaba también sufrir; el dolor, comprendió Lucio esa noche, también era un síntoma de vida y por lo tanto lo aceptó. Fue esa noche, pero después lo olvidó, y ahora estaba allí para recordárselo todo: claro, ésa era la razón. Estaba ahí, a su lado, meciéndose con el ritmo asimilado del barco de su sueño, un barco denominado María Fioravanti que, como el arca bíblica, transportaba vida derramada pero nueva para que esa vida sobreviviera en nuevos odres. Un barco, en un océano, en un planeta limitado, y él un hombre, un pequeño hombrecito navegando indefenso entre tablas, al socaire de las tempestades, si esa era voluntad de Dios. Pero qué Dios, se preguntó Lucio cuando miró y descubrió que ya no estaba a su lado. ¡Qué Dios!

Despertó sobresaltado. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Una eternidad. Sin embargo todo seguía en su sitio: el sol, el cielo, la cubierta del María Fioravanti, las sombras inmóviles, Antonio sonriendo a su lado, y la pena, la misma pena; un mar inabarcable sin tierra a la vista, porque esa tierra había sucumbido.

Liberato fumaba con placer el tabaco del español más joven; el mayor seguía con los ojos perdidos en el horizonte, pero conversaba con Giovanni, ¿cómo no fue capaz de oír la llegada de Giovanni? ¿Había soñado, al fin y al cabo?... Liberato sonreía; fumaba y sonreía.

“A esa edad creen que todo es verdad y que toda verdad es posible y buena”, pensó Lucio, y se prometió hablar con el chico, tal vez durante la noche, con el silencio, con la oscuridad, a esa hora en que las voces y las palabras penetran más en las almas, porque no son palabras, son sentimientos y son verdades y los oídos están dispuestos a escucharlas. Tendría que hablar con ese chico y sin dudas lo haría; tal vez le hablaría de su Cristo, pero mejor no, porque lo creería un loco; mejor le contaría sus planes, otra vez. Le diría que en América, cuando sus bolsillos rebosaran de dinero, se compraría las mejores ropas, el mejor tabaco y el mejor perfume y regresaría a Italia por su familia en la primera del María Fioravanti, y no se mezclaría con la gente de tercera, para que no pensasen que él era uno como esos que solían viajar en las primeras clases de los barcos y descendían para simular que eran hombres comunes y silvestres, útiles y honrados hombres comunes y silvestres, tal como estaban haciendo los dos españoles. Así comprendería. Hablaría con el chico, pero, ¿qué era eso tan importante que le quería decir?

-En qué piensas, Lucio- le preguntó Antonio, que había despertado.

Lucio miraba a Giovanni, que dialogaba con el español.

-En nada-le dijo-; en nada.

-Eh, Antonio, aquí el señor Á. nos invita una copa, ¿vienes?

-Francisco-dijo el español.

-¿Cómo?

-Que me llame Francisco.

-Como quiera, usted paga, ¿vienes, Lucio?

-No.

Antonio se incorporó pesadamente, ya no sonreía.

Los tres hombres se marcharon.

Julián y Liberato se sentaron junto a Lucio. Julián sacó tabaco para recargar su pipa y con un gesto le ofreció la bolsa a Lucio. Lucio le respondió armando un cigarrillo con su propio tabaco; lo encendió, aspiró el humo y lo exhaló pensando que nunca había respetado la ración que se había impuesto al embarcar; ya le iba quedando poco, porca miseria.

En fin, se dijo, en América compraría del mejor.

Capítulo Seis