domingo, 24 de agosto de 2008

Capítulo Tres

Amontonados y amodorrados, los amigos se habían dormido en el piso húmedo y salino de la cubierta; de pronto Lucio despertó alarmado por el silencio; la calma era absoluta, inquietante, tan inanimada que hubiese hecho agradecer a Dios la aparición de cualquier peligro que la sofocase; miró el cielo, el resplandor todavía blanco, debían de ser las cinco, aunque tenía la impresión de haber dormido varias horas, de modo que bien podrían ser las seis e incluso las siete de la tarde, imposible precisarlo allí en el ecuador, donde los días eran eternos. Aquél era un silencio de ausencias; no se oía más que un esporádico rechinar de maderas y algún lejano crío llorando como en sordina, pero incluso esto parecía diluirse en la nada, como el resto, transformándose en fantasmas; o tal vez eran ellos los fantasmas, los camaradas del treintidós, o sólo él, Lucio, que habiéndose caído por la borda y ahogado junto con sus esperanzas en algún lugar del Atlántico, con su cuerpo hundiéndose infinitamente hasta que se reconociera muerto y se decidiera por flotar, su alma se emperraba en permanecer allí, en la cubierta del Fioravanti, rebelde y aturdida, sorda a cualquier ruido que no fuese el de un rechinar de maderas y un llanto velado en el centro del mundo inmaterial, un llanto distante que aunaba todos los llantos, ¿o no era aquella, acaso, la música que convenía a la muerte? Pero no, no podía estar muerto, era la pesadez en la hora del ocaso, porque además del rechinar y el llanto, oyó y se alegró de oír a los visitantes que se acercaban desde popa. Con los ojos entrecerrados, los vio llegar; lo miraban, lo señalaban con la mirada; Lucio abrió un ojo y los hombres, al notar que había despertado, le dijeron algo, un saludo, o una pregunta, tal vez un comentario sobre el clima, cómo saberlo si hablaban español y él seguía aturdido, todavía saliendo de aquella pesada y, paradójicamente, placentera sensación de muerte vencida.

Al rato pudo reconocer alguna de las palabras porque eran semejantes a las de su idioma, aunque la musicalidad y el monocorde ritmo acelerado del español emisor y la cortante y movediza sonoridad del italiano receptor, ahora le parecían ajenas a la raíz del propio lenguaje. Lucio no se sorprendió por haber pensado semejante absurdo mientras los españoles insistían en hablarle, siempre le ocurría lo mismo cuando despertaba; sospechaba una genialidad detrás de los absurdos, que desaparecía apenas tomaba conciencia del entorno y la vigilia junto con las imágenes del último sueño, y eso, en parte, lo entristecía. Se esforzó por comprender a los que hablaban porque las palabras, aún desarraigadas, le resultaron gentiles.

-Perdón, no comprendo- atinó a decir.

Entonces, el mayor de los dos extraños, un hombre alto y macizo, de cabellos y ojos grises, en un correcto italiano le dijo:

-Disculpe, creí que era usted español, me pareció verlo subir en el puerto de ...

-No, yo abordé en...

-Ya, ya, comprendo-. El hombre miró hacia el océano, tal vez meditando sobre la conveniencia de permanecer allí, hasta que por fin se presentó-: Mi nombre es Francisco Á., y el joven que me acompaña es Julián Á., mi sobrino.

-Encantado-dijo Julián, extendiendo la mano.

Lucio la miró antes de tomarla; evidentemente esas manos desconocían el trabajo duro, al igual que las del hombre mayor, lo cual demostraba que se trataba de gente adinerada. Era como si aquellas manos llevaran el estigma de la prosperidad más que el de los clavos, como las suyas, como las de cualquier cristiano que se reputara de serlo; esos señores no podían llevar ninguna cruz, qué pena podía afligir a un rico, los hombres con dinero desconocían el hambre y el hambre era la única corona de espinas capaz de lacerar la carne y punzar la acción... Deseó que los extraños se marcharan; sin embargo:

-Lucio R.

-Encantado. ¿Sus amigos duermen? Imagino que son sus amigos...

¿Es que acaso no veían que sí, que los tres zaparrastrosos dormían, y que él también hubiese vuelto a dormir si no hubiera sido por ellos, allí, en la tercera, husmeando donde no debían? Sí, eran sus amigos; todos lo eran si con esa respuesta se conformaban y se iban.

Asintió con la cabeza.

-No está mal -dijo el más joven, mirando hacia uno y otro lado.

Lucio no comprendió; o simuló no comprender, con él nunca podía saberse.

-Mi sobrino se refiere a este sector de la tercera-dijo el mayor.

-Ah-respondió Lucio.

Luego sobrevino un silencio incómodo. El español más viejo se apoyó sobre la baranda y regresó la mirada hacia el océano; Julián sacó del bolsillo una pipa, la cargó displicentemente, y, bloqueando el viento con la misma mano con la cual sostenía el fósforo que raspó en la boca de la pipa, la encendió en el primer intento. La habilidad que demostró en la operación sorprendió a Lucio, pero éste se esforzó por censurar cualquier comentario que pareciese amable; cuantas menos palabras se dijeran, más rápido se marcharían.

Una repentina ventisca le acercó el aroma del tabaco; era fuerte, agridulce, exquisito caporal. Notó que Julián aspiraba cada bocanada como si, en lugar de humo, su boca se dispusiera a recibir una golosina para luego retenerla como chocolate sobre la lengua, y dejar que el sabor dimanara blando, pastoso y adictivo sobre el paladar insatisfecho. Lucio jamás había fumado un tabaco semejante, debía de costar una fortuna; cerrando los ojos, se juró que su primer gasto importante, cuando fuese rico, allá en América, además de ropa y zapatos, sería para una manicura y una generosa provisión de aquel tabaco tentador.

Se propuso evitar el diálogo, seguro de que la indiferencia los haría partir, pero Liberato despertó y arruinó sus planes; el chico, al ver a los extraños, se incorporó y se presentó gentilmente. De inmediato entabló conversación con Julián, de su misma edad, y al cabo estuvo fumando de aquél tabaco que comenzaba a obsesionar a Lucio. Francisco, alentado por la cortesía de Liberato, encendió él también su pipa.

Lucio palpó su provisión de tabaco:

-Porca miseria- murmuró. Luego miró a Antonio y advirtió que éste, dormido, sonreía.


Capítulo 4