Lo primero que le atrajo de ella fue su nombre: Esperanza. Lo pronunció una voz bárbara, potente, autoritaria, y al oírlo, de inmediato halló una inconsciente asimilación, una alegoría necesaria. Aún habiendo nacido de aquella voz desagradable, Antonio la encontró deliciosa: la palabra que era nombre y al mismo tiempo sentimiento, debía ser también persona, y mujer, y hermosa; en la fracción de segundo que medió entre el llamado brusco y la suave respuesta, las formas ya se habían materializado en su conciencia y eran, definitivamente, las de la Luna; nueva, pero Luna al fin.-¿Qué ocurre, papá?
Tres palabras. Apenas un nombre y tres palabras surgidas de ese nombre bastaron para que la atención de Antonio, sordo y ciego a cualquier otra razón que no fuera la de alcanzar la Luna prometida, se posara nuevamente sobre la senda que habría de conducirlo hacia ella. Aquella era una voz perfecta, aunque, sin saber por qué, le resultaba impropia para las formas que imaginaba o, peor aún, recordaba. Sin embargo lo tentaba, lo obligaba a pensar en sendas y rumbos. En ella encontraba un antídoto, un ácido benigno capaz de diluir cualquier obstáculo, cualquier otra razón que no fueran sus razones.
Sin cera en los oídos y sin poste al cual amarrarse, le pesaba en la conciencia la certeza de que aquella era una isla trampa, la muerte segura. De todas formas izaba las velas y se dejaba transportar hacia esa isla, decidido a reconocerla, feliz por su conciencia amotinada.
Esperanza había sido sólo un nombre y una voz, una forma insinuada y a la vez obligada por el deseo; recostado en la siesta de la cubierta, se permitía soñar con aquella voz que lo envolvía y le dibujaba una sonrisa que, a veces, se transformaba en las palabras de un diálogo imaginario destinado a fabricar el coraje. Desoyendo la conversación de los españoles y el fastidio de Lucio, se entregaba a la fascinación de la oculta Esperanza, y en el último de los impedimentos, más allá de su propia indecisión, que lo apartaba de ella: Guido G.
G., el padre de Esperanza, era un hombre barrigudo, y de bigotes largos y caídos, gordos en el comienzo y afinándose como púas hacia el final, que parecían los colmillos de una morsa; se hacía llamar don Guido.
Antonio era reacio a reconocer en un desconocido la autoridad necesaria para otorgarle semejante trato, pero dadas las circunstancias... Si al tal Guido G. le agradaba oír su nombre antepuesto por el don, pues don Guido, entonces: ser el padre de Esperanza le concedía ese derecho.
Y don Guido, agradecido, le retribuía la atención llamándolo joven Antonio, en lugar del detestable muchacho con el cual denominaba al resto del pasaje. Era el único hombre en la tercera del Fioravanti que superaba los cincuenta años, tal vez por eso pocos le hablaban y quienes lo hacían, salvo los muchachos del treintaidós, no se preocupaban por sostenerle el diálogo.
Evidentemente, no sólo viajaba con Esperanza, ya que en el camarote había sitio para cuatro personas más. Sin embargo él era el único del treintaicinco que se hacía visible en cubierta: aparecía al mediodía, con un cigarro entre los labios, para echarse a tomar el sol mientras devoraba el almuerzo. Antonio le preguntó el motivo por el cual ninguno de los que viajaban con él salía del encierro. La morsa, de cara al sol, ni siquiera lo miró cuando le respondió:
-Porque son mujeres.
Tres mujeres más, aparte de Esperanza, ocupaban el treintaicinco. Carmela, esposa de don Guido; Regina, su hermana y María, su cuñada, todas rayando el medio siglo. Esperanza tenía veinte años... Antonio demoró tres horas en sonsacarle esta información.
-Don Guido, hace mal en no permitirles salir del camarote-se atrevió a decirle un mediodía.
-Las viejas no salen porque no quieren, Esperanza es la única que tiene prohibido asomarse en cubierta- le respondió y, mirándolo de reojo, agregó-: en este barco hay demasiados hombres.
-Tiene razón, don Guido-se apresuró a decir-, sin embargo debería concederle que tome un poco el sol, no sea cosa que se le enferme.
La morsa no respondió.
-Permítale salir al amanecer, al menos, ya sabe que aquí todo el mundo duerme hasta la media mañana.
-Eh, ¿por qué se interesa tanto por la salud de mi Esperanza?
-Por precaución, don Guido; si alguno enferma, acá encerrados es fácil que todos terminemos contagiándonos con lo que sea... además, ya sabe: las jovencitas parecen fuertes, pero en realidad son muy delicadas.
Al día siguiente, Antonio se levantó con el primer sol y se asomó por el ojo de buey; en la cubierta, apoyada en la baranda, y detrás de la gruesa figura de la morsa, adivinó la presencia de Esperanza. En su rostro se dibujó una media sonrisa. La morsa cada tanto se movía y permitía que Esperanza tomara, poco a poco, una forma real. Permaneció en su puesto de guardia durante diez minutos que le parecieron diez horas; Lucio despertó y, al verlo allí, inmóvil junto a la ventana, le preguntó con voz ronca:
-Qué sucede.
-Shhh.
Lucio se descubrió decidido a levantarse; el frío lo hizo vacilar, pero la curiosidad pudo más. Se cubrió con una frazada y se paró junto a Antonio. En ese instante, la morsa miró al cielo elevando los brazos, como si hubiese oído o adivinado algo que le molestaba y gesticulando caminó hacia su camarote. Entonces Antonio pudo comprobar que Esperanza era una realidad; miró a Lucio sin hacer comentarios: era ella, era Esperanza. Lucio no necesitó de palabras para comprender lo que sucedía.
Esperanza era preciosa.
Lucio le dio a Antonio una palmada en el hombro y, obligado por el frío, regresó a la cama. Antonio permaneció largo rato más asomado a la ventana, pensando, temblando, trémulo porque pensaba, pensando porque temía: ahora que Esperanza tenía un rostro y era real, una meta definiéndose en el horizonte inquieto, se le antojaba distante, caprichosa, imposible...
En esto mismo pensaba ahora, dormitando bajo el sol, en la cubierta, y aún así sonreía.
Capítulo 5

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