domingo, 17 de agosto de 2008

Capítulo 2 (Segunda Parte)

Salvo por la epidemia de mareos y vómitos que azotó al María Fioravanti durante el primer día de navegación, el viaje transcurría tranquilo y por de más aburrido.

En la tercera clase no había demasiadas opciones para ocupar el tiempo más que el aire de cubierta y el improvisado bar de proa, un pequeño hueco donde los marineros vendían clandestinamente y a precio de oro un alcohol de quemar al que llamaban ron, y donde se jugaba por monedas a las cartas y a los dados.

Los del treintaidós, además de no tener dinero para permitirse el alcohol, se sospechaban poco afortunados como para arriesgar las pocas pertenencias en el juego y comprobar por una trivialidad que la suerte no estaba de su lado, allí, en el decurso del María Fioravanti, nombre propio del azar; preferían deambular por la breve cubierta, sobre todo en la hora del almuerzo. Con la ración algo mezquina que les entregaban en el puente, se sentaban de cara al sol para oír las risas provenientes de la segunda, e incluso, más distantes, las de la primera: les gustaba oír las risas porque todas ellas eran femeninas; en un juego alentado tanto por las hormonas como por el aburrimiento, trataban de imaginarles un rostro, un cuerpo; a veces, cuando el tedio se tornaba filosófico, se preguntaban por qué razón, detrás del murmullo de cualquier gentío, las únicas risas que se oían eran las femeninas: agudas, fuertes, perfectas en sus estallidos rítmicos, todas sonando en una misma vocal abierta disparada y repetida; risas en serie y sin alegrías.

Lo cierto es que en la tercera del Fioravanti nadie reía, y podría decirse que pocos de los que allí viajaban sabían hacerlo. Liberato era el único que, de tanto en tanto, se esforzaba por sonreír: en algún sitio había leído que la risa era el rasgo que diferenciaba a los hombres de los animales; sin embargo allí, sorbiendo la melaza, cerrados los ojos al sol, ahora serio, obligadamente serio, se reconocía feliz en su estado de perfecta animalidad.

Eran muchos los que comían al sol, en silencio, grises, sumidos en la resignación de una pobreza arquetípica; tanta y tan uniforme era la miseria triste que sólo alguien ajeno a ella hubiese logrado percibir alguna diferencia entre aquellas mujeres de ropas negras y aquellos hombres de camisas alguna vez blancas... Sin embargo había algo enérgico levitando solapado en el ambiente, era una sensación eléctrica que sobresalía más que nada en las miradas; si alguien se hubiese detenido un instante en aquellos ojos desenfocados, habría advertido en el propio ánimo ese algo que se respiraba allí, esa feliz animalidad de los que han emprendido el regreso al edén.

-El regreso al edén...-murmuró Liberato.

-¿Qué?

-Nada, pensaba.

-¿En qué?

-En lo bien que haría en no pensar.

-Esta noche es luna llena-dijo Antonio.

-¿Y? ¿Qué hay con eso?

-El cielo está despejado; si continúa así cuando se haga la luna, no habrá
lluvias durante un mes-respondió.

-Probablemente-dijo Liberato- aquí no llueva durante un mes, pero aquí no es el barco solamente, sino el sitio por donde navega.

-¿Qué quieres decir?

-Que mañana será aquí, pero no éste aquí de hoy. En el aquí de mañana, yo no descarto las lluvias.

-Chico, tienes razón, piensas demasiado; se te va a secar la mente-intervino Giovanni.

-¿Tú no piensas?

-Claro, pero sólo en cosas útiles.

-A qué le llamas útil.

-Trabajo, mujeres, dinero, todas cosas de las que aún no te oí hablar.

-¿Sólo en eso piensas?

-¿Se puede pensar en algo más? Eh, Lucio, qué opinas tú; Lucio, estás callado.

Lucio, sin abrir los ojos, dijo:

-Cuando vuelva a Italia, vuelvo en primera.

Giovanni lo miró y, palmeándole los hombros, dijo:

-Ves, chico, éste es un hombre que piensa de verdad.

Liberato calló y regresó su cara al sol.

Todos callaron.

Lucio pensaba, es cierto; se inventaba un perfecto futuro, aunque las formas que veía eran las del final y evitaba los medios, las acciones para lograr ese final, porque las desconocía; el pensaba en América y en la fortuna prometida por sus deseos, y pensaba también en la dignidad que obtendría con el dinero; el dinero servía para eso: para regresar a Italia con pasajes de primera, para comprar tabaco del bueno, para lucir la dignidad adquirida de contado. A su regreso, en el puerto, estarían esperándolos con las manos en alto, con todos los honores que merece la riqueza. Y entonces sí, digno y rico, Lucio R. podría permanecer en la cubierta de primera durante todo el tiempo que demandasen las maniobras de amarre sin dejar de mirar a Alma y a la niña, que llorarían de alegría porque allí llegaba un hombre rico, un hombre digno al que no le avergonzaría mostrar sus ojos, ni sus manos, ni sus bolsillos repletos de Argentina.

“Éste es un hombre que piensa”... La sentencia retumbaba en la mente de Liberato. Miró los rostros graves de sus compañeros, y obligándose a un gran esfuerzo, sonrió.


Capítulo Tres

1 comentarios:

Gata Negra dijo...

Querido amigo, se me hace larguisima la espera entre una entrega y otra. Habrá que tener paciencia.

:)