lunes, 4 de agosto de 2008

Capítulo 1 (Segunda Parte)

Comenzó a vestirse antes de que se oyeran las cinco campanadas de la iglesia. En realidad, lo único que hizo fue ajustarse los cordones de los botines y calarse la gorra, porque esa noche no se había ni desvestido ni acostado, sabiendo que no lograría dormir; tampoco leyó, aunque había sacado el libro de su bolso: Liberato pasó las horas delante de un cuaderno de hojas lisas y vacías, con una pluma seca en su mano derecha y un tintero de bronce que nunca abrió.

Bajó las escaleras despacio, tratando de grabar en sus pies la sensación que recibía en cada paso, en cada oscilación de los peldaños flojos, en cada crujir de la madera. Se detuvo en mitad del descenso y desde allí contempló el salón de la posada, buscando las palabras que le sirvieran para describirse mentalmente la imagen de aquel espacio que vibraba junto con la luz rojiza de siete velas acosadas por el viento; buscó el resquicio que permitía la ventisca en aquel cuarto hermético, asfixiante, y lo halló sobre la puerta, en el escaso margen que la separaba del dintel. Aquella imagen le resultó preciosa, justa, única, y de no haber sido porque comenzaron a sonar las campanas, hubiese regresado al cuarto para plasmarlo de una vez en el cuaderno virgen, seguro de que era allí donde comenzaba la historia que soñaba con escribir. Pero ya era tiempo de salir. Retomó el descenso, esta vez sin apreciarlo, y dejó las llaves sobre el mostrador, accionando una campanilla tosca y afónica para advertirle al patrón que ya se retiraba.

-¿Ya se va?

-Sí.

-¿No quiere comer algo antes?

-No tengo hambre, gracias; además...-dijo; se palpó los bolsillos y se encogió de hombros.

-Si fuese por mí lo invitaría, pero todo el que viene a este sitio está en su misma situación; imagínese que si...

-No se excuse, por favor.

-¿Parte en el Fioravanti, joven?

-Sí.

-América-suspiró el patrón.

-América.

-Será mejor que se apure, entonces.

Liberato sonrió, levantó la bolsa y la arrojó hacia atrás, posándola sobre el hombro; le extendió una mano al posadero; el otro, desconcertado, le respondió el saludo.

-Bien, adiós.

-Suerte, joven.

-Gracias.

En la calle hacía frío y aunque no era extremo, le hizo castañetear los dientes. Apuró el paso para entrar en calor, pensando que aquel apretón de manos lo hubiese preferido de su padre. Pero ya estaba, las cosas ocurrían así y no había forma de cambiarlas. Tal vez con el tiempo, las horas y los días, con la vida que jugaba a su favor... Pero ahora no, ahora era ese partir indiferente, sin auxilio; seguro, pero mustio y desgreñado.

Antes de alcanzar el puerto, olvidó el escaso malestar y, sin proponérselo, nuevamente se encontró sumido en la contemplación del entorno, identificándose con él, haciéndolo suyo para luego usufructuarlo en la factura de aquella historia que buscaba vivir y contar. Miró con atención cada uno de los rostros que se cruzaban en su camino, y las palabras, y los abrazos que no le correspondían pero que sentía propios. Al llegar al borde de la explanada de la tercera, todavía se quedó un tiempo, perdido entre la multitud que se agolpaba y también estiraba el momento, deseando que el próximo minuto nunca llegara y que entonces no tuviera que suceder la pérdida que en todos ellos se evidenciaba.

De los ojos que miraban, desde abajo y en silencio, la hilera que avanzaba en la planchada del Fioravanti, le atrajeron los de una mujer todavía joven: se esforzaban por retener una lágrima; eran pequeños, de un verde oscuro y brillante, y parecían temblar en aquel rostro firme que, imperceptiblemente, se elevaba junto con la imagen de los que se iban. De pronto los vio llorar. La vio correr y desaparecer.

Hubiese deseado preguntarle algo, reconocer sus palabras, nutrirse con ellas, palpar las razones que la obligaban a huir desvaneciéndose, y a llorar no sólo lágrimas; Liberato tenía dieciséis años: no lograba comprender la esencia del dolor.

Subió lento, censurando instintivamente una sonrisa ansiosa de vida y de meta que entre aquellos hubiese sido impropia. Preguntó a un marinero por el treintaidós.

-Hacia la izquierda, segunda escalera; buen viaje, señor.

***

María posó las manos en las mejillas de Giovanni y lo besó en los labios; fue un beso delicado y breve. Luego abrió la bolsa y extrajo un bulto rectangular, envuelto en papel de seda.

-Toma.

-Pero, María, si sabes que yo...

-Por Favor, Giovanni, llévalo.

Giovanni miró a Antonio; Antonio se encogió de hombros.

-Si es tu deseo...

-Es mi deseo.

-Está bien.

Giovanni tomó el paquete y lo guardó.

-Ya es hora-dijo Antonio, indicando con la mirada que debían partir.

-Ya es hora-repitió Giovanni-; adiós, María.

María no pudo contenerse más; se había prometido ser fuerte, no hacer ni decir nada que dificultara el momento, pero cuando Giovanni intentó dar el primer paso hacia la planchada, lo abrazó con fuerzas y se echó a llorar. Giovanni no respondió, mantuvo los brazos caídos y la mirada en el contorno de su hermano avanzando hacia el Fioravanti.

-María, debo irme.

-Giovanni...

-Voy a regresar, María.

-Ya lo sé.

-Por favor.

-Giovanni.

Giovanni levantó los brazos y dudó antes de abrazarla; cuando por fin lo hizo, él también se echó a llorar, pero en silencio y sin lágrimas.

Antonio se detuvo en la cubierta y los contempló oculto detrás de un millón de brazos que agitaban pañuelos; no quiso reconocer que los envidiaba ni que desde allí besó a María. Miró hacia el cielo cobrizo y en vano buscó la Luna, ya no estaba.

-Permiso.

Antonio se hizo a un lado y dejó espacio al hombre que avanzaba como derrumbando el mundo que dejaba a su paso. Luego oyó que un chico preguntaba por el camarote treintaidós, y atendió a la indicación que daba el marinero; vio que el chico equivocaba el camino y descendía por otra escalerilla; iba a seguirlo para sacarlo del error y de paso él también ir de una vez al camarote, pero advirtió que el joven regresaba sobre sus pasos y retomaba por el camino correcto, de modo que se quedó allí, en el pasillo, entre los brazos agitando pañuelos, esperando por Giovanni... y por la Luna que no estaba, la Luna a sus espaldas.

Capítulo 2 (primera parte)

2 comentarios:

Gata Negra dijo...

Hmmmm...esta novela promete, me tienes sobre ascuas y con ganas de leer mas.

He pensado que voy a enlazar tu novela en mi blog, una "cosa" de esas que dice: "Lo que estoy leyendo". Pero necesito una imagen para ponerla con el enlace. Que sugieres que deba poner (como imagen)? El barco este que has puesto me gusta. Te parece bien que la ponga? (sería como la portada del libro)

Gata Negra dijo...

Ya está puesto ;)

Gracias por permitirlo, que aunque sea bueno para ti, no a todo el mundo le gusta que se vaya dejando información sobre uno por cualquier sitio.

Me siento honrada de haberte conocido, posiblemente si hubiese sabido de antemano que ya eres un escritor de "fama" no me hubiese atrevido a entablar conversación contigo.

Quien sabe quizás pueda presumir alguna vez de que te conozco :P