martes, 29 de julio de 2008

Capítulo 1 (primera parte)

Y ahí está el gran problema, saber si lo que llamás especie ha caminado hacia adelante o si, como le parecía a Klages, creo, en un momento dado agarró por una vía falsa
Julio Cortázar, Rayuela




Lucio R. abordó el María Fioravanti el 19 de diciembre de 19...; Alma lo miraba desde la dársena deseando que girara y le dedicara un beso, uno más, o tal vez una lágrima como la que ella restañaba.

Lucio no volteó; no quería, no podía vacilar ahora, en mitad de la planchada; avanzó imaginando que detrás suyo el mundo dejaba de existir, que cada pie alzado para dar un nuevo paso hacía que la tierra que olvidaba se desmoronase en un abismo que la devoraba, y que junto con la tierra caían las personas, y los ruidos, y los llantos, y las lágrimas, y las culpas, y la historia y la conciencia que lo ataba a ese presente de piedra en el estómago y de excusas desesperadas para seguir, un paso y otro más, seguir avanzando centímetros como kilómetros, con pies de bronce, respirando el instante, obligándose a una imagen imposible (por desconocida) de futuro perfecto, de porvenir dibujándose como una zanahoria y él un burro, avanzar, avanzar con los ojos en el vegetal, avanzar vegetando, y no detenerse pues desde atrás pujaban hacia el mismo adelante otros iguales que huían del repetido hueco infame... Lucio avanzó en la penumbra con la mirada incómoda, esquivó el tumulto que se agolpaba en la borda, evitó baúles mal atados con cuerdas enmohecidas, bolsos atiborrados de fotos y cachivaches; buscaba el camarote treintidós; todo el mundo era ese número; había orientado la única abertura que le permitía a los sentidos hacia esas formas: un tres y un dos, cuenta regresiva hacia la unidad, el sitio de la próxima espera, del punto muerto, del seguro avance en la aparente inmovilidad. Lo halló, y con el mismo gesto ausente con el cual hubo avanzado hasta él, entró.
Lo último que Alma vio de su hombre fue una sombra enjuta y algo encorvada perdiéndose entre la gente, los ruidos, y la bruma del puerto; no esperó a que el barco zarpara para marcharse; cuando admitió que Lucio ya no estaba, se alejó lentamente, como desconociendo el sitio, la ciudad, el mundo, desconociéndose ella misma no sólo en la identidad, sino que además en el ser: ella no era una mujer rodeada de otros hombres y otras mujeres, ella era la humedad, la brisa fresca, el rumor de voces, el llanto que ahora sí brotaba de la insustancialidad; ella, sin Lucio, no era más que miedo y soledad, el miedo a la soledad, la soledad que obliga el miedo, el terror, el repentino terror que la obligó a correr, sin mirar, correr y perderse antes de que alguien atinara a mirarla y descubriera que ella había cesado.

El treintidós era el segundo compar- timento en el sector de babor de la tercera clase; el espacio era minúsculo, pero no había más que cuatro camastros, lo cual prefiguraba alguna intimidad; estaba provisto de una pequeña ventana, un ojo redondo del que carecían los otros del sector, según creyó, y desde esa pequeña y aparente ventaja, Lucio intentó congraciarse con el lugar. Sin apuro, eligió su cama, la más cercana al ojo de buey. Acomodó la valija de cartón en un lugar seguro y a la vista, se sentó de espaldas a la débil luz y armó un cigarrillo flojo y delgado -apenas llevaba unos pocos gramos de tabaco en una bolsita de paño-; fumó lentamente, con pitadas cortas, cuidando de no incendiarlo; cerró los ojos, y allí se quedó, despierto, muy despierto, consciente de que los ruidos estaban aunque no los quisiera oír, de que la tierra seguía firme aunque hubiese deseado perecer con ella; despierto, muy despierto, jugando con las formas del humo, evitando las argollas, negándose al deseo de formarlas con la bocanada escasa y suave de su cigarrillo, rebelándose a cualquier otra imagen que no fuese aquella vegetal, la de él como un vegetal iluminándose poco a poco con la luz del primer sol que comenzaba a penetrar las fronteras del treintidós, un vegetal que no hablaba ni veía ni sentía y que no podría preguntarse cuándo, por qué, dónde, cómo, qué mierda estaba haciendo allí.

Sin embargo hasta en el vegetal había la conciencia; de pronto se descubrió sólo, en silencio (o silenciado), extrañamente libre de cualquier responsabilidad; jamás había experimentado una sensación semejante, la certeza de que nada de lo que estaba ocurriendo ni de lo que fuese a ocurrir en los días que durase el viaje estaba en sus manos; su voluntad había acabado en la decisión de abordar; ahora no le quedaba otra opción que esperar y confiar... o esperar y no pensar; pero hasta en el vegetal había la conciencia y la confianza no era una virtud que Lucio pudiera alcanzar con el discernimiento. Comprendió que al fin y al cabo no era libre, sino un esclavo, solitario, y que su condena era esperar.


Capítulo 1 (Segunda Parte)

6 comentarios:

Anónimo dijo...

muy interesante, empieza siendo una historia bastante sensible, lo que me dice que no sos de piedra como muchos creen.

Gata Negra dijo...

No sabía que tienes fama de ser de piedra...yo no te conozco personalmente, pero leyendote, nunca pensé que lo fueras...

pero bueno a lo que he venido no es a eso. Vengo a informarte de que en mi blog tienes un premio, para impulsarte (y de paso te hago publicidad ^_^) a seguir, y agradecer la iniciativa de "publicar" un libro tuyo. Estoy ansiosa por seguir leyendote.

Un beso

Subersiva del amor dijo...

Hola, me encanto lo que escribiste... para contrarrestar lo q' te escribi anteriormente sobre otro escrito.
Sos muy bueno, logras que lea un genero que detesto como es la novela.
De lo personal no hablo xq' no esto en condiciones psiquicas como para opinar sobre alguien, jejeje.
Ah, gracias por el mail, superaste las tres frases q' te caracterizan. Besos

Ushuaia Cultural dijo...

hola!señor escritor, no conocia esta faceta, voy pasar seguido, esta buena la historia, la voy a seguir. Nos vemos, desde Ushuaia, la ciudad mas fria, lo saluda energeticamente, silvana minue.

Anónimo dijo...

Perdón? quien dijo que guille es de piedra? mmm no creo ... tiene cara de un tipo sensible...

santiagodelrio dijo...

Quiero leer la novela, pero tengo un monitor viejo y me parte el marote... Hay forma de conseguirla en papel???
Un abrazo.
Te pido que me respondas en mi blog, o a mi correo. santiagodelrio@argentina.com
Gracias.