Cuarenta y siete Una leve brisa resistía la calma absoluta, sin embargo los quiebres en el compacto gris, la breve luna que estos permitían, y el viento ahora fresco y con aroma a océano, a más océano, allí, en aquel sitio donde la ausencia de referencias perceptibles hacían necesaria la noción de ser centro para no caer en la desesperación, no sólo eran un engaño, una tregua pasajera, sino que además se presentaban de esa manera, mascarada fugaz, antesala del nuevo embate que sin dudas arreciaría. En aquellos huecos entre sombras, no sólo era posible la Luna, sino que además alguna estrella y, en otros sitios, apenas un negro profundo, lo cual indicaba que aquello no eran en verdad aperturas, sino profundidades en las nubes, pozos conteniendo sombras, formas caprichosas a la razón y siniestras para las almas golpeadas y susceptibles; pero inevitablemente perfectas, variantes extremas y negadas de la belleza; y nadie, Dios, nadie estaba allí dispuesto a contemplarla. Desde otro sitio, y bajo otras circunstancias, aquello hubiese sido una molestia, o el marco en el cual discurrían la noche y el sueño, pero en el María Fioravanti, en la tercera del María Fioravanti, eran la incerteza, el temor, el cielo acompañando la muerte, la oscuridad.
Esto era lo único que veía Francisco en su carrera sin dirección: oscuridad. Las luces veladas del treintaicinco eran tan débiles que tampoco ellas se permitían estar allí, entre ruidos de madera y golpes de agua sobre la quilla. Francisco iba y venía de un sitio hacia otro sin saber, o sin querer saber, sin querer oír lo que creía saber. Una sola palabra gritaba su mente y su voz era incapaz de traducirla. ¡Julián! ¡Julián! ¿Dónde estaba Julián? Si no era en el treintaicinco, si no en la cubierta, si no en el treintaidós, ¿dónde estaba Julián? ¿Dónde estuvo durante lo más duro de la tormenta? Si algún Jonás había en el Fioravanti, de seguro se llamaba Francisco, y no podía permitirse la idea de Julián cayendo, de Julián siendo devorado por un leviatán para que las aguas se calmaran, para que Francisco pudiese continuar en la ruta del María Fioravanti. Julián; dónde estaba Julián. Julián, Julián.
–¡Julián!–gritó por fin y la voz fue un latigazo que desgarró la oscuridad.
–¡Julián!– volvió a gritar, esta vez acercándose a la borda, sin atreverse a mirar.
Julián, Julián, dónde estaba Julián; Francisco sabía que, de asomarse, sólo vería lo que el no deseaba ver, sólo estarían las formas de sus miedos, allí, en el fondo oscuro donde no se distinguían ni el agua ni las olas, ni la espuma bordeando la quilla; allí, en ese sitio cegado, estaría Julián y él no tendría más remedio que ir por él. ¿Por qué? ¿Por qué seguirlo? ¿Qué lo impulsaría a obedecer un mandato impropio y falso? Julián, Julián.
Los gritos alertaron a los hombres del treintaidós, que salieron a la carrera y aferraron a Francisco casi a punto de arrojarse al agua.
–¡Julián, Julián!–gritaba el español.
Giovanni y Antonio lo sostenían de los brazos, y Lucio lo asía de los pies. Liberato miraba la escena tratando de comprender, de analizar, de guardar cada gesto irrepetible, temiendo perder aquellas palabras que no se decían; Liberato estaba allí, inmóvil, sabiendo que sus manos eran innecesarias, pues ya estaba todo controlado, pero seguro de que más tarde alguien criticaría su inmovilidad, acusándolo de desamor, desdén, desinterés, y cualquier otra porquería que comenzase con “d”, o con “f” o con cualquier letra del alfabeto; y sin embargo permanecía allí, temeroso de que por involucrarse de manera directa no lograse captar las formas exteriores de la situación; el sentimiento, al fin y al cabo, lo conocía, y lo reconocería allí donde estuviese, pero las formas, las aristas, los pliegues de aquél terror, eso era lo que le interesaba.
–Liberato, ve a buscar a Julián.
–Pero, ¿dónde? ¿Cómo puedo yo...?
–¡Julián!–gritó Francisco, y en su grito había dolor.
–¡Tío, tío, qué ocurre, por Dios, tío!...
La voz provenía de más allá de las tinieblas, más allá del sector prohibido, todo mundo giró para ver, y al cabo de un instante, allí, en la nada, se corporizó la forma de Julián. Liberato se santiguó.
–¡Tío!–repitió Julián.
–¡Julián! ¿¡Dónde estabas!?
–En nuestro camarote, tío, qué ocurre, por Dios...
Francisco parecía más tranquilo. Lucio lo soltó, aunque Antonio y Giovanni aún lo sostenían.
–¿En nuestro camarote?
–Sí, en nuestro camarote, ¿no eres tú, acaso, quien dice que nadie puede decirnos qué debemos o no hacer?
–Sí, pero...
–Pues decidí que no quería obedecer la cuarentena, y crucé el sector; y como la tormenta había dispersado a la guardia, pues...
–Nada, nada, no te preocupes; mira, está comenzando a llover, será mejor regresar a los camarotes; será mejor dormir.
Cada uno regresó a su sitio. En el treintaicinco permanecían las puertas cerradas, la oscuridad, el silencio; Antonio miró hacia allá, con un pie ya dentro del treintaidós, pero sin decidirse a entrar...
...Es que ya no lloraban, y sólo el murmullo de Carmela cubría el silencio. Era una letanía embriagante, una sensación de borrachera empujada por la seguidilla inalterable de frases, de fórmulas, una por cada cuenta, una por cada aspereza entre la yema de los dedos, una por cada impresión de formas y de cuerpos, cuerpos redondos, como los astros, y simétricos, y repetidos, una y otra vez, hasta que la conciencia se perdía en esa letanía sin formas, sin redondeces, tanto para quien hablaba como para quien oía. La burbuja hialina estaba funcionando. La burbuja, la burbuja, la burbuja, la burbuja, estaba funcionando, funcionando, funcionando, en esa repetición iluminada, estado de gracia divino, epifanía que recreaba la paz de la inconsciencia colectiva. Así, dispersas, sin identidad, sumidas al letargo que inyectaba la voz de Carmela, las mujeres sobrellevaban el duelo, evitaban pensar en la ausencia... evitaban pensar. Eran nadie, almas de identidad aniquilada, eran penas en la noche, eran cualquier cosa menos personas; y así las cosas, nada había para recriminarles, imposible un reproche para quienes alcanzan la paz.
Las velas se habían consumido, pero difícilmente lo hubiesen advertido, así como tampoco serían capaces de advertir que alguien las miraba, que una persona que deseaba entrar y consolarlas las miraba desde afuera, sabiendo que no necesitaban de su consuelo, aunque deseando que sí lo necesitasen, que Esperanza lo necesitase; hubiese querido ser su héroe; hubiese deseado ser el centro donde recayese la atención dolorida de Esperanza...
...Pero Esperanza estaba bien, parecía tranquila, en paz, y cómo reprocharle nada, cómo decirle que aquella burbuja era un engaño, que nada le evitaba la realidad del padre muerto, que las circunstancias que la rodeaban la obligaban a la pena, a la desesperación, a la ansiedad, y no a la tranquilidad que demostraba; pero cómo, cómo reprocharles nada a quienes han alcanzado la paz, de la manera que sea. Cómo...
...Qué no es mentira, después de todo; cuál de todas las preocupaciones no son más mentirosas que la paz de tus murmullos. Es tan preferible esa letanía, la repetición y la fe sumisa, a mi dolor, a mis alas quebradas, a mi camino repetido y de metas moviéndose, extendiéndose, como deben hacerlo las metas. No me escuches jamás cuando te reclame dolor, no me escuches jamás cuando te pida que sientas culpa, no escuches ninguna de mis palabras, ignórame por completo si algo de lo que digo hace peligrar tu paz. Ignora mis lamentos, Esperanza, pues no soy yo quien tiene el saber absoluto, no soy yo el guardián de la verdad. Ignórame cuando diga que tus formas no son las adecuadas, ignora todo si eres feliz, si estás en paz. Ignórame y enséñame, Esperanza. Enséñame. Un centellazo, un trueno; comenzó a llover.
Cuarenta y ocho Fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, y detrás el viento y el agua golpeando duro contra las paredes, y el movimiento brusco, el vaivén desacompasado, la oscuridad en la que ni siquiera los rayos permitían una tregua, y el silencio, el otro silencio detrás del tumulto, la ausencia de sonidos humanos, una palabra, una respiración agitada, un ronquido, cualquier señal que pudiese afianzar la idea de presencias, de un compañero, de alguien con quien aliarse, a quien ofrecerle solidaridad, en quien reposar el auxilio; sólo la sensación de un desmoronamiento en apariencia eterno, un rugir que hacía olvidar la calma precedente y que prefiguraba una continuidad terrorífica desde allí hacia siempre o hacia nunca, que era lo mismo; fogonazo, estallido, fogonazo, y una brisa que silbaba y un aire demasiado seco como para emparentarlo con la conciencia de la lluvia exterior, y esa otra tormenta que batallaba adentro, en las almas, en el viaje, en el terror de las metas difusas; un grito ahogado y un buscar miradas para justificar la autocensura, allí, en la oscuridad, en el maremoto interminable, en la tercera de un barco hacia algún sitio al que nunca llegaría o siempre estaría llegando, es lo mismo; una lágrima restañada (porque siempre las lágrimas que valen la pena son aquellas que se restañan) fogonazo, estallido, el pecho cerrándose en sí mismo, en la certeza de que jamás podrá alguien escribir, o el otro leer, o el otro fumar el mejor tabaco que existe y con él formar argollas de humo sin aliento, o el otro discernir y acatar, o el otro decidir y mantenerse firme en la decisión, y más allá un rezo, un murmullo apenas, y un sollozo, y un llanto que ya se ha olvidado, y un cuerpo inerte, a salvo, el único fuera de todo peligro; fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, la estúpida creencia de pensar a la muerte como un refugio para librarse de morir, o del dolor, que es peor, porque huir al dolor es huir a un pedazo de vida; fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, Dios enviando la inequívoca señal de que todo seguirá así como es ahora, porque ahora es lo único, porque es esa tormenta el comienzo y el fin, porque el olvido llega primero sobre lo que no debería olvidarse, pero son estas las imágenes que perduran, precisamente, porque nunca acabarán; fogonazo, estallido, fogonazo, estallido...
Amaneció en un cielo despejado, como si nunca hubiese habido una tormenta; en el piso había charcos; las paredes estaban mojadas.
Como en la mañana anterior, con la noticia de la muerte, los pasajeros del Fioravanti habían obedecido a sus instintos perversos y habían madrugado para ser testigos, una vez más, del dolor ajeno (pero, si esa actitud les otorgaba algo de paz, aunque esta paz fuese fugaz, ¿cómo reprocharles nada? Tal vez hubiese sido posible el reproche de existir certezas de que aquello no era paz, sino la embriaguez narcótica del morbo...). Regina lloraba, María lloraba, Esperanza sollozaba, y Carmela quién sabe, pues ella prefirió quedarse en el camarote, rezando, aumentando las dosis de sus letanías. Tal vez ella también llorase, pero esto no es más que una especulación.
Eran las últimas lágrimas.
El capellán de la embarcación murmuró un rezo en latín, luego roció con agua bendita el cuerpo cubierto con sábanas blancas y, tras mirar a las mujeres, hizo una seña a los dos marineros que sostenían la tabla. Los marineros elevaron la plancha en uno de los extremos, y el cuerpo, resistiéndose primero a salir de su cómodo reposo, se deslizó pesadamente hacia el océano y desapareció un chasquido de agua arremolinándose ya detrás, alejándose, perdiéndose, olvidándolos.
Lucio encendió un cigarrillo y agotó su tabaco: el día recién comenzaba de modo que no le importó. Giovanni, de cara al sol, disfrutó del calor que renacía. Liberato los miraba, miraba el cuerpo alejándose, se miraba, miraba, miraba a Francisco, ausente, indeciso, asido del brazo de Julián, miraba a Julián y su nueva sonrisa, un gesto que no le conocía. Y miró a Antonio, al indefinible Antonio que se acercó a Esperanza, miró a Esperanza que cerró los ojos húmedos, censurados y, tímidamente, apoyó su rostro en el pecho agitado de Antonio (Antonio lloró; inmensamente feliz, lloró como desplegando alas).
Luego miró hacia el frente y vio a la América, a la Argentina que lo esperaba. Vio la vida. Faltaba tan poco para llegar. Vio la vida, la suya y la que le sobrevendría. Faltaba tan poco para comenzar a vivir, tan poco que daban ganas de vivir... ya mismo, vivir. Y escribir sobre la vida y las ganas de vivir.
EpílogoLucio R. abordó el Boeing de Alitalia el 19 de diciembre de 2001; Cora, desde el hall, lo miraba deseando que Lucio girara y le dedicara un beso, uno más, o tal vez, también él, una lágrima para despedirla. Pero Lucio no volteó ni se detuvo en para saludar a la que se quedaba; lo último que Cora vio de su hijo, fue una espalda ancha y erguida perdiéndose detrás de la compuerta de embarque.
No quería, no podía vacilar ahora, en mitad de la escalera; subió imaginando que detrás suyo el mundo dejaba de existir, que cada pie alzado para dar un nuevo paso hacía que la tierra que olvidaba se desmoronase en un abismo que la devoraba; y que con la tierra caían las personas, y los ruidos, y los llantos, y las lágrimas, y las culpas y la historia que le condicionaba este presente de piedra en el estómago y excusas desesperadas para seguir, un paso y otro más, seguir avanzando centímetros como kilómetros, con pies de bronce, obligándose a una imagen imposible por desconocida de futuro perfecto, de porvenir dibujándose como una zanahoria y él un burro, avanzar, avanzar con los ojos en el vegetal, avanzar vegetando con el miedo atravesándole el alma...
Cora no esperó a que el avión despegara para salir del aeropuerto; atravesó el amplio hall, desatenta al tumulto que se había generado en torno al futbolista que acaba de llegar, y que firmaba autógrafos y posaba para las cámaras. Mejor así, porque de lo contrario hubiese intentado tomar al deportista de los brazos y arrastrarlo hacia un lugar alejado, donde nadie pudiera verlos ni oírlos; y allí lo habría obligado a que le contara su vida en Italia, que le dijera que Lucio viviría como él, en las colinas, sin problemas, aunque no tuviese la documentación en regla. Le hubiese obligado a mentir.
A Lucio nadie lo había llamado, ni siquiera sería bienvenido; Lucio R. era argentino, sudaca, y nada más; Lucio R. sobraba en esta copa tan grande y en aquella, en aquella... Cora lo sabía, y por eso lloraba.
–Perdón–le dijo a la mujer que, sin querer, empujó.
–No es nada–le respondió Selena, y se quedó contemplando a Cora, como si la conociera de algún lado.
–¿Qué pasa, amor?
–Nada Antonio, nada; esa mujer... Nada, no me hagas caso.
La pantalla anunció el vuelo a Madrid. Selena abrazó a Antonio, lo besó. Lloraron.
Antonio no podía mirar hacia delante, no tenía deseos de marchar hacia la puerta de embarque; algo en el alma le decía que no, que no, que no; sin embargo aquí las cosas no marchaban, y era preciso partir en busca de cualquier asteroide en el cual fuera posible aterrizar.
Todo esto ocurría en Ezeiza, mientras que la plaza ardía. Alguien era testigo de todo aquello, y se prometió escribir sobre el asunto. Aquí, o en España, tal vez en México, pero lo haría. Algún día lo haría. La verdad es que prefería Argentina, él tampoco quería partir. Liberato B. Abrió su cuaderno y leyó lo que había escrito ayer:
Hay un no se qué de esperanza en estos días encapotados; así como quien no quiere la cosa, ves que aparece un rayito y ¡zas! te acordás de que no siempre es así la vida, encapotada. Claro que no es cuestión de dejarse llevar por la ansiedad, viejo, no, porque si no es al ñudo el rayito y el no sé qué; más vale esperá que escampe, o rogá que llueva de una buena puta vez, si vos sabés que siempre que llovió paró; es el tema ese de los ciclos, ¿viste?: primero lo primero y después lo que vendrá; así, los pasos uno a uno, que si no se atoran las piernas y ahí nomás de jeta al piso. Y acá el piso es de tierra, o sea, si necesitás que te lo explique, que cuando llueve es barro y si te vas de trompa te morfás un pedazo de geografía arcillosa y terminás cagando floreros: artesanía accidental, que le dicen. Ah, ¿vos decís que occidental? Mirá que escándalo, viejo, años enterrado en un error. No importa, dejalo así, total a quién le importa, si ya entendiste la intención.