sábado, 7 de febrero de 2009

Final


Cuarenta y siete

Una leve brisa resistía la calma absoluta, sin embargo los quiebres en el compacto gris, la breve luna que estos permitían, y el viento ahora fresco y con aroma a océano, a más océano, allí, en aquel sitio donde la ausencia de referencias perceptibles hacían necesaria la noción de ser centro para no caer en la desesperación, no sólo eran un engaño, una tregua pasajera, sino que además se presentaban de esa manera, mascarada fugaz, antesala del nuevo embate que sin dudas arreciaría. En aquellos huecos entre sombras, no sólo era posible la Luna, sino que además alguna estrella y, en otros sitios, apenas un negro profundo, lo cual indicaba que aquello no eran en verdad aperturas, sino profundidades en las nubes, pozos conteniendo sombras, formas caprichosas a la razón y siniestras para las almas golpeadas y susceptibles; pero inevitablemente perfectas, variantes extremas y negadas de la belleza; y nadie, Dios, nadie estaba allí dispuesto a contemplarla. Desde otro sitio, y bajo otras circunstancias, aquello hubiese sido una molestia, o el marco en el cual discurrían la noche y el sueño, pero en el María Fioravanti, en la tercera del María Fioravanti, eran la incerteza, el temor, el cielo acompañando la muerte, la oscuridad.

Esto era lo único que veía Francisco en su carrera sin dirección: oscuridad. Las luces veladas del treintaicinco eran tan débiles que tampoco ellas se permitían estar allí, entre ruidos de madera y golpes de agua sobre la quilla. Francisco iba y venía de un sitio hacia otro sin saber, o sin querer saber, sin querer oír lo que creía saber. Una sola palabra gritaba su mente y su voz era incapaz de traducirla. ¡Julián! ¡Julián! ¿Dónde estaba Julián? Si no era en el treintaicinco, si no en la cubierta, si no en el treintaidós, ¿dónde estaba Julián? ¿Dónde estuvo durante lo más duro de la tormenta? Si algún Jonás había en el Fioravanti, de seguro se llamaba Francisco, y no podía permitirse la idea de Julián cayendo, de Julián siendo devorado por un leviatán para que las aguas se calmaran, para que Francisco pudiese continuar en la ruta del María Fioravanti. Julián; dónde estaba Julián. Julián, Julián.

–¡Julián!–gritó por fin y la voz fue un latigazo que desgarró la oscuridad.

–¡Julián!– volvió a gritar, esta vez acercándose a la borda, sin atreverse a mirar.

Julián, Julián, dónde estaba Julián; Francisco sabía que, de asomarse, sólo vería lo que el no deseaba ver, sólo estarían las formas de sus miedos, allí, en el fondo oscuro donde no se distinguían ni el agua ni las olas, ni la espuma bordeando la quilla; allí, en ese sitio cegado, estaría Julián y él no tendría más remedio que ir por él. ¿Por qué? ¿Por qué seguirlo? ¿Qué lo impulsaría a obedecer un mandato impropio y falso? Julián, Julián.

Los gritos alertaron a los hombres del treintaidós, que salieron a la carrera y aferraron a Francisco casi a punto de arrojarse al agua.

–¡Julián, Julián!–gritaba el español.

Giovanni y Antonio lo sostenían de los brazos, y Lucio lo asía de los pies. Liberato miraba la escena tratando de comprender, de analizar, de guardar cada gesto irrepetible, temiendo perder aquellas palabras que no se decían; Liberato estaba allí, inmóvil, sabiendo que sus manos eran innecesarias, pues ya estaba todo controlado, pero seguro de que más tarde alguien criticaría su inmovilidad, acusándolo de desamor, desdén, desinterés, y cualquier otra porquería que comenzase con “d”, o con “f” o con cualquier letra del alfabeto; y sin embargo permanecía allí, temeroso de que por involucrarse de manera directa no lograse captar las formas exteriores de la situación; el sentimiento, al fin y al cabo, lo conocía, y lo reconocería allí donde estuviese, pero las formas, las aristas, los pliegues de aquél terror, eso era lo que le interesaba.

–Liberato, ve a buscar a Julián.

–Pero, ¿dónde? ¿Cómo puedo yo...?

–¡Julián!–gritó Francisco, y en su grito había dolor.

–¡Tío, tío, qué ocurre, por Dios, tío!...

La voz provenía de más allá de las tinieblas, más allá del sector prohibido, todo mundo giró para ver, y al cabo de un instante, allí, en la nada, se corporizó la forma de Julián. Liberato se santiguó.

–¡Tío!–repitió Julián.

–¡Julián! ¿¡Dónde estabas!?

–En nuestro camarote, tío, qué ocurre, por Dios...

Francisco parecía más tranquilo. Lucio lo soltó, aunque Antonio y Giovanni aún lo sostenían.

–¿En nuestro camarote?

–Sí, en nuestro camarote, ¿no eres tú, acaso, quien dice que nadie puede decirnos qué debemos o no hacer?

–Sí, pero...

–Pues decidí que no quería obedecer la cuarentena, y crucé el sector; y como la tormenta había dispersado a la guardia, pues...

–Nada, nada, no te preocupes; mira, está comenzando a llover, será mejor regresar a los camarotes; será mejor dormir.

Cada uno regresó a su sitio. En el treintaicinco permanecían las puertas cerradas, la oscuridad, el silencio; Antonio miró hacia allá, con un pie ya dentro del treintaidós, pero sin decidirse a entrar...


...Es que ya no lloraban, y sólo el murmullo de Carmela cubría el silencio. Era una letanía embriagante, una sensación de borrachera empujada por la seguidilla inalterable de frases, de fórmulas, una por cada cuenta, una por cada aspereza entre la yema de los dedos, una por cada impresión de formas y de cuerpos, cuerpos redondos, como los astros, y simétricos, y repetidos, una y otra vez, hasta que la conciencia se perdía en esa letanía sin formas, sin redondeces, tanto para quien hablaba como para quien oía. La burbuja hialina estaba funcionando. La burbuja, la burbuja, la burbuja, la burbuja, estaba funcionando, funcionando, funcionando, en esa repetición iluminada, estado de gracia divino, epifanía que recreaba la paz de la inconsciencia colectiva. Así, dispersas, sin identidad, sumidas al letargo que inyectaba la voz de Carmela, las mujeres sobrellevaban el duelo, evitaban pensar en la ausencia... evitaban pensar. Eran nadie, almas de identidad aniquilada, eran penas en la noche, eran cualquier cosa menos personas; y así las cosas, nada había para recriminarles, imposible un reproche para quienes alcanzan la paz.

Las velas se habían consumido, pero difícilmente lo hubiesen advertido, así como tampoco serían capaces de advertir que alguien las miraba, que una persona que deseaba entrar y consolarlas las miraba desde afuera, sabiendo que no necesitaban de su consuelo, aunque deseando que sí lo necesitasen, que Esperanza lo necesitase; hubiese querido ser su héroe; hubiese deseado ser el centro donde recayese la atención dolorida de Esperanza...

...Pero Esperanza estaba bien, parecía tranquila, en paz, y cómo reprocharle nada, cómo decirle que aquella burbuja era un engaño, que nada le evitaba la realidad del padre muerto, que las circunstancias que la rodeaban la obligaban a la pena, a la desesperación, a la ansiedad, y no a la tranquilidad que demostraba; pero cómo, cómo reprocharles nada a quienes han alcanzado la paz, de la manera que sea. Cómo...

...Qué no es mentira, después de todo; cuál de todas las preocupaciones no son más mentirosas que la paz de tus murmullos. Es tan preferible esa letanía, la repetición y la fe sumisa, a mi dolor, a mis alas quebradas, a mi camino repetido y de metas moviéndose, extendiéndose, como deben hacerlo las metas. No me escuches jamás cuando te reclame dolor, no me escuches jamás cuando te pida que sientas culpa, no escuches ninguna de mis palabras, ignórame por completo si algo de lo que digo hace peligrar tu paz. Ignora mis lamentos, Esperanza, pues no soy yo quien tiene el saber absoluto, no soy yo el guardián de la verdad. Ignórame cuando diga que tus formas no son las adecuadas, ignora todo si eres feliz, si estás en paz. Ignórame y enséñame, Esperanza. Enséñame.


Un centellazo, un trueno; comenzó a llover.



Cuarenta y ocho


Fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, y detrás el viento y el agua golpeando duro contra las paredes, y el movimiento brusco, el vaivén desacompasado, la oscuridad en la que ni siquiera los rayos permitían una tregua, y el silencio, el otro silencio detrás del tumulto, la ausencia de sonidos humanos, una palabra, una respiración agitada, un ronquido, cualquier señal que pudiese afianzar la idea de presencias, de un compañero, de alguien con quien aliarse, a quien ofrecerle solidaridad, en quien reposar el auxilio; sólo la sensación de un desmoronamiento en apariencia eterno, un rugir que hacía olvidar la calma precedente y que prefiguraba una continuidad terrorífica desde allí hacia siempre o hacia nunca, que era lo mismo; fogonazo, estallido, fogonazo, y una brisa que silbaba y un aire demasiado seco como para emparentarlo con la conciencia de la lluvia exterior, y esa otra tormenta que batallaba adentro, en las almas, en el viaje, en el terror de las metas difusas; un grito ahogado y un buscar miradas para justificar la autocensura, allí, en la oscuridad, en el maremoto interminable, en la tercera de un barco hacia algún sitio al que nunca llegaría o siempre estaría llegando, es lo mismo; una lágrima restañada (porque siempre las lágrimas que valen la pena son aquellas que se restañan) fogonazo, estallido, el pecho cerrándose en sí mismo, en la certeza de que jamás podrá alguien escribir, o el otro leer, o el otro fumar el mejor tabaco que existe y con él formar argollas de humo sin aliento, o el otro discernir y acatar, o el otro decidir y mantenerse firme en la decisión, y más allá un rezo, un murmullo apenas, y un sollozo, y un llanto que ya se ha olvidado, y un cuerpo inerte, a salvo, el único fuera de todo peligro; fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, la estúpida creencia de pensar a la muerte como un refugio para librarse de morir, o del dolor, que es peor, porque huir al dolor es huir a un pedazo de vida; fogonazo, estallido, fogonazo, estallido, Dios enviando la inequívoca señal de que todo seguirá así como es ahora, porque ahora es lo único, porque es esa tormenta el comienzo y el fin, porque el olvido llega primero sobre lo que no debería olvidarse, pero son estas las imágenes que perduran, precisamente, porque nunca acabarán; fogonazo, estallido, fogonazo, estallido...


Amaneció en un cielo despejado, como si nunca hubiese habido una tormenta; en el piso había charcos; las paredes estaban mojadas.

Como en la mañana anterior, con la noticia de la muerte, los pasajeros del Fioravanti habían obedecido a sus instintos perversos y habían madrugado para ser testigos, una vez más, del dolor ajeno (pero, si esa actitud les otorgaba algo de paz, aunque esta paz fuese fugaz, ¿cómo reprocharles nada? Tal vez hubiese sido posible el reproche de existir certezas de que aquello no era paz, sino la embriaguez narcótica del morbo...). Regina lloraba, María lloraba, Esperanza sollozaba, y Carmela quién sabe, pues ella prefirió quedarse en el camarote, rezando, aumentando las dosis de sus letanías. Tal vez ella también llorase, pero esto no es más que una especulación.

Eran las últimas lágrimas.

El capellán de la embarcación murmuró un rezo en latín, luego roció con agua bendita el cuerpo cubierto con sábanas blancas y, tras mirar a las mujeres, hizo una seña a los dos marineros que sostenían la tabla. Los marineros elevaron la plancha en uno de los extremos, y el cuerpo, resistiéndose primero a salir de su cómodo reposo, se deslizó pesadamente hacia el océano y desapareció un chasquido de agua arremolinándose ya detrás, alejándose, perdiéndose, olvidándolos.

Lucio encendió un cigarrillo y agotó su tabaco: el día recién comenzaba de modo que no le importó. Giovanni, de cara al sol, disfrutó del calor que renacía. Liberato los miraba, miraba el cuerpo alejándose, se miraba, miraba, miraba a Francisco, ausente, indeciso, asido del brazo de Julián, miraba a Julián y su nueva sonrisa, un gesto que no le conocía. Y miró a Antonio, al indefinible Antonio que se acercó a Esperanza, miró a Esperanza que cerró los ojos húmedos, censurados y, tímidamente, apoyó su rostro en el pecho agitado de Antonio (Antonio lloró; inmensamente feliz, lloró como desplegando alas).


Luego miró hacia el frente y vio a la América, a la Argentina que lo esperaba. Vio la vida. Faltaba tan poco para llegar. Vio la vida, la suya y la que le sobrevendría. Faltaba tan poco para comenzar a vivir, tan poco que daban ganas de vivir... ya mismo, vivir. Y escribir sobre la vida y las ganas de vivir.


Epílogo


Lucio R. abordó el Boeing de Alitalia el 19 de diciembre de 2001; Cora, desde el hall, lo miraba deseando que Lucio girara y le dedicara un beso, uno más, o tal vez, también él, una lágrima para despedirla. Pero Lucio no volteó ni se detuvo en para saludar a la que se quedaba; lo último que Cora vio de su hijo, fue una espalda ancha y erguida perdiéndose detrás de la compuerta de embarque.

No quería, no podía vacilar ahora, en mitad de la escalera; subió imaginando que detrás suyo el mundo dejaba de existir, que cada pie alzado para dar un nuevo paso hacía que la tierra que olvidaba se desmoronase en un abismo que la devoraba; y que con la tierra caían las personas, y los ruidos, y los llantos, y las lágrimas, y las culpas y la historia que le condicionaba este presente de piedra en el estómago y excusas desesperadas para seguir, un paso y otro más, seguir avanzando centímetros como kilómetros, con pies de bronce, obligándose a una imagen imposible por desconocida de futuro perfecto, de porvenir dibujándose como una zanahoria y él un burro, avanzar, avanzar con los ojos en el vegetal, avanzar vegetando con el miedo atravesándole el alma...

Cora no esperó a que el avión despegara para salir del aeropuerto; atravesó el amplio hall, desatenta al tumulto que se había generado en torno al futbolista que acaba de llegar, y que firmaba autógrafos y posaba para las cámaras. Mejor así, porque de lo contrario hubiese intentado tomar al deportista de los brazos y arrastrarlo hacia un lugar alejado, donde nadie pudiera verlos ni oírlos; y allí lo habría obligado a que le contara su vida en Italia, que le dijera que Lucio viviría como él, en las colinas, sin problemas, aunque no tuviese la documentación en regla. Le hubiese obligado a mentir.

A Lucio nadie lo había llamado, ni siquiera sería bienvenido; Lucio R. era argentino, sudaca, y nada más; Lucio R. sobraba en esta copa tan grande y en aquella, en aquella... Cora lo sabía, y por eso lloraba.

–Perdón–le dijo a la mujer que, sin querer, empujó.

–No es nada–le respondió Selena, y se quedó contemplando a Cora, como si la conociera de algún lado.

–¿Qué pasa, amor?

–Nada Antonio, nada; esa mujer... Nada, no me hagas caso.

La pantalla anunció el vuelo a Madrid. Selena abrazó a Antonio, lo besó. Lloraron.

Antonio no podía mirar hacia delante, no tenía deseos de marchar hacia la puerta de embarque; algo en el alma le decía que no, que no, que no; sin embargo aquí las cosas no marchaban, y era preciso partir en busca de cualquier asteroide en el cual fuera posible aterrizar.

Todo esto ocurría en Ezeiza, mientras que la plaza ardía. Alguien era testigo de todo aquello, y se prometió escribir sobre el asunto. Aquí, o en España, tal vez en México, pero lo haría. Algún día lo haría. La verdad es que prefería Argentina, él tampoco quería partir. Liberato B. Abrió su cuaderno y leyó lo que había escrito ayer:

Hay un no se qué de esperanza en estos días encapotados; así como quien no quiere la cosa, ves que aparece un rayito y ¡zas! te acordás de que no siempre es así la vida, encapotada. Claro que no es cuestión de dejarse llevar por la ansiedad, viejo, no, porque si no es al ñudo el rayito y el no sé qué; más vale esperá que escampe, o rogá que llueva de una buena puta vez, si vos sabés que siempre que llovió paró; es el tema ese de los ciclos, ¿viste?: primero lo primero y después lo que vendrá; así, los pasos uno a uno, que si no se atoran las piernas y ahí nomás de jeta al piso. Y acá el piso es de tierra, o sea, si necesitás que te lo explique, que cuando llueve es barro y si te vas de trompa te morfás un pedazo de geografía arcillosa y terminás cagando floreros: artesanía accidental, que le dicen. Ah, ¿vos decís que occidental? Mirá que escándalo, viejo, años enterrado en un error. No importa, dejalo así, total a quién le importa, si ya entendiste la intención.

sábado, 31 de enero de 2009

Capítulos Cuarenta y cinco - Cuarenta y seis


Imagen: Jonás y la ballena, de Pieter Brueghel.



Cuarenta y cinco

Fue como un golpe, una cachetada de viento que le devolvió el ánimo, una gran porción de oxígeno que le llegaba puro y sólo para él, nada más que para él. Pero llegaba, era un viento que llegaba agradable, ciertamente, aunque esto tampoco había sido su decisión. Julián era joven, y no tan necio como para desconocer que la felicidad o el sufrimiento pudieran definirse por cuestiones externas; podía –y lo sabía– imaginar que tal cual situación le brindaban placer, o tal o cual otra displacer, y de hecho lograba sentirlos, pero quedaba allí, en la superficie, no eran la felicidad ni el sufrimiento en sí; no podían decidirse, sino, simplemente, aceptarse. Sin embargo deseaba tener control sobre los actos que determinaban el principio o el fin del aparente placer. Deseaba ser el dueño del tiempo para hacer con él lo que mejor le viniera en ganas, inventárselo si lo deseaba, trocarlo por mejores o peores, pero tener el control, amasarlo a su antojo. No, no era necio, solamente un joven; también sabía o sospechaba que el azar se justificaba en el destino ineluctable... Si no podía inventarse un pasado (inventarlo verdaderamente, para que sea cierto, no un mero disfraz, una mentira) ni definir el futuro, al menos hubiese deseado que el ahora fuese producto de su decisión. Julián viajaba en la tercera clase del María Fioravanti; estaba en la noche cálida, aguardando la tormenta, velando a un muerto que ni siquiera conocía de nombre, alimentando los sueños de su padre, allá en Italia, que ya lo veía convertido en un hombre de importancia en la Argentina, en Rosario, o en cualquier sitio que determinara el tío Francisco. Julián era Julián porque lo parió su madre y lo bautizó su padre; Julián vivía el presente que decidió su tío y esperanzó a su padre. Julián no era él mismo, sino el reflejo de lo que otros esperaban para y de él. De pronto le asaltó la idea absurda de que, al menos, si no tenía control sobre la vida, lo tenía sobre su fin, sobre la muerte.

Y en esto sí, Julián, comenzaba a mostrarse muy necio.

***


Hubo una intermitencia violenta y de inmediato se oyó el bramido del rayo que, milagrosamente, eligió el mar y no el mástil del barco para estallar. Lugo hubo un segundo, más lejano, y un tercero que, esta vez sí, dio de lleno en el pararrayos del María Fioravanti. Comenzó a llover. La cubierta pronto quedó vacía. Lucio y Giovanni se dirigieron al treintaidós; avisaron a Francisco, que los siguió. Liberato ya estaba en su litera, con la Biblia de Giovanni entre las manos, leyendo en la penumbra de una bujía ya casi sin aceite. Antonio regresó al treintaicinco, Francisco lo vio cerrar la puerta; creyó que también Julián estaría allí.

–¿Fumamos?–propuso Lucio.

Francisco aceptó, convidó.

Giovanni se acercó a Liberato y, sin decirlo con palabras, pero tan claro en su mirada, se sentó en el borde del camastro a esperar que el chico leyera en voz alta aquello que lo mantenía tan alejado, tan ausente, tan feliz. Liberato comprendió, y mientras el barco comenzaba a sacudirse violentamente con la tormenta por fin libre de todas las sogas que la mantuvieron en la insinuación, comenzó a leer, acomodando el libro en la luz caprichosa, elevando su voz para que el agua sobre las paredes, el viento colándose entre las hendiduras de la compuerta y los truenos cada vez más cercanos, no cegaran las palabras:

– “...Y dijeron cada uno a su compañero: Venid, y echemos suertes, para saber por quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Entonces le dijeron ellos: Decláranos por qué nos ha venido este mal. ¿Qué oficio tienes y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra y de qué pueblo eres? Y él les respondió: Hebreo soy, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo la mar y la tierra...

De España soy –pensó Francisco– y sólo temo a los hombres, a la ignorancia de los iguales que no han podido, aún, pensar como pienso yo; a eso temo, yo, imprentero de oficio, hombre libre por vocación, sólo a eso y, pensándolo mejor, tampoco a eso; no es temor, es fastidio. Les encanta ser esclavos, es tan fácil ser esclavo y no luchar para ser libre...

– “...Él les respondió: Tomadme y echadme a la mar, y la mar se os aquietará, porque yo sé que por mí ha venido esta grande tempestad sobre vosotros...

De pronto, con la misma intempestividad que demostró en el arranque, él viento amainó.

La lluvia persistía potente, pero tan insignificante sin el impulso huracanado del vengativo Poseidón.

No era yo, después de todo; no era yo–pensó Francisco. Encendió su pipa, sonrió, y le pasó el tabaco a Lucio. Lucio aceptó, lió un cigarrillo gordo, rebosante y, mirando hacia al fondo del camarote mientras exhalaba la primer bocanada, las paredes se le antojaron el estómago de una ballena. Sugestión –se dijo– pura sugestión; hizo un crac con los carrillos y el humo se dispersó sin formas, absurdo, muy blanco. No importa –pensó.

Y de verdad no importaba.


Cuarenta y seis


Y tomaron a Jonás, y echáronlo a la mar; y la mar se aquietó de su furia... Mientras de su boca salían palabras autómatas, Liberato pensaba que bien podría escribir historias más sugestivas y fantásticas que aquellas moradoras del libro santo... Mas Jehová había prevenido un gran pez que tragase a Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches... Sin haber escrito una sola palabra, sabía que podría pasarse la vida escribiendo, pero a la vez temía que escribiendo se le pasase la vida... Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo... La vida no podía ser el barco, el viaje, la inmovilidad, Antonio indescriptible, Giovanni antihéroe, él mismo, lector de frases vacías, voz sin sentido que repetía los fonemas sin lograr comprender los significados, y sin significados, es claro que nada existía... Los que guardan las vanidades ilusorias, su misericordia abandonan... Las palabras eran ruidos, vibraciones que cubrían el renacido sosiego en el alma de los emigrantes... Pagaré lo que prometí. La salvación pertenece a Jehová... Cada uno pensaba en algo, en alguien, cada quien en sus cosas, y nadie más que Giovanni podía estar escuchando la lectura, tampoco él, que apenas adivinaba el acto de hablar en el cosquilleo de su garganta... Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra... Quizás hablar y, en extensión, narrar, no era describir sucesos, ambientes, actitudes, sino aquello que él en ese momento advertía como la cima del decir: el pensamiento. Es que en el pensamiento era donde todo estaba diciéndose, donde las cosas hallaban explicaciones razonables, sublimes, casi divinas, y que luego al intentar llevarlas al exterior terminaban formando ruidos absurdos, historias no menos patéticas, como ésta, éstas, las del libro Santo que todo el mundo admiraba porque, porque, porque, por qué...

...Y fue palabra de Jehová segunda vez a Jonás diciendo: Levántate y ve Nínive, aquella gran ciudad, y publica en ella el pregón que yo te diré...

...Por alguna mentira –se dijo Francisco– seguramente, porque alguien, en la inconcebible trama de existencias se había encargado de dogmatizar las literalidades de la Biblia, cuando en realidad había que buscar otras cosas, otros mensajes, válidos, por cierto, pero no lo eran menos los de la Mil y Una noche... Y era Nínive ciudad sobremanera grande, de tres días de camino. Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y pregonaba diciendo... La magia era lo que subyugaba... Nínive será destruida... La magia, la esperanza tonta de que el sufrimiento de la humanidad, la angustia base de la existencia, podría cambiar en un abrir y cerrar de ojos, en un encontrarse con una zarza en llamas, en un oír de palabras llegando exteriores; ¿Nadie escuchaba las palabras de su alma? ¿Es que nadie sabía que tenía un alma y que esa alma era parte de...?... Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y arrepintióse del mal que había dicho que les había de hacer, y no lo hizo... No, no era eso lo que estaba dispuesto a admitir Francisco, no al menos por ahora; sin embargo era esto lo que admiraba del Cristo, del Mesías tergiversado: él supo que Dios moraba en su alma, como en el alma de cualquiera; Dios estaba en todos y el mundo era de Dios; él lo aceptó y por eso quiso enseñar, por eso murió, por eso no le importó morir; él sí creyó; él, un hombre, la condición más loable de su actitud. Pero Francisco hace mucho no creía, aunque hubiese necesitado un padre protector; para Francisco, lo único que podría sobrevenir de manera abrupta, era la destrucción... Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y enojóse...

...La vida estaba en otro sitio, su vida era escribir, no permanecer en el pueblo trabajando el barro, con su padre... Ahora pues, oh Jehová, ruégote que me mates; porque mejor me es la muerte que la vida... Su vida estaba en otro lado, y buscándola demoraba el comienzo de la historia y la vida se le escapaba por los bordes... E hízose allí una choza, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué sería de la ciudad...Es que la vida estaba en otro lado. Nadie le dijo qué hacer ni qué decir, de nadie huía, mucho menos de Dios, tal vez de la inercia... Y preparó Jehová Dios una calabacera... Él buscaba la vida, la manera de escribir, la sustancia de sus palabras, el motivo de sus pensamientos; el deseaba encontrar el origen de la vida sin advertir que en él mismo estaba la vida, el origen, y la simiente que daría la continuidad de las especies, de los hombres buscadores de vida, de ideas, de palabras con algún sentido, en cualquier idioma pero con sentido, por qué no en el idioma universal, el que estaba dispuesto a pronunciar... Mas Dios preparó un gusano al venir la mañana... Quería vivir; en América, en Nínive, en la Atlántida, allí donde fuese necesario llegar, quería vivir... ¿Tanto te enojas por la calabacera?... Liberato quería vivir, y estaba dispuesto a todo por vivir, porque sólo viviendo podría escribir y sólo escribiendo podría vivir... Mucho me enojo, hasta la muerte... Sentía la fuerza, las ganas y no advertía que estaba viviendo y que ya estaba escribiendo...Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cuál no trabajaste.... El María Fioravanti era su vientre de ballena, su tabla de salvación. La de todos.

La de todos.

Hasta la del pobre don Guido, con dos bronces como ojos.

...¿Y cómo no tendré piedad yo de Nínive...?

La violencia de la tormenta había cesado, pero el frente no se había retirado, y aún persistían algunos relámpagos, lejanos a juzgar por el trueno tardo y sin fuerzas. Cuando Antonio entró, Liberato dejó de leer, cerró los ojos... Y comenzó a pensar en el asunto aquél de las sustancias.

Francisco se movió y dejo que Antonio se sentase; luego cerró los ojos él también, y pensó, pensó, pensó en las palabras del libro, en que él también era, a su modo, un profeta, un propagandista de una idea, de la materialización de una idea que abjuraba de las ideas; era él la voz guía de un dogma que rechazaba jefes y guías, era él el igual distinto, el hombre que estando allí estaba en otro sitio, pensando que sus palabras eran también profecías y que como aquellas bien podrían no cumplirse. Odiaba ese miedo y por eso lo negaba. Lo sabía y lo negaba, porque él era un profeta, y los profetas no adivinaban ni inventaban ni dirigían ni tergiversaban ni especulaban; los profetas decían verdades de un futuro inevitable. Jonás no era un profeta, era un pobre bufón, un mentiroso que inventó a Dios para encubrir su yerro. Nínive no fue destruida, Nínive no fue destruida, Nínive no fue destruida; y por favor, que nadie le pidiera que creyese en los vientres de ballenas, ni en...

–¿Y su sobrino? – le distrajo Antonio.

–¿No estaba con ustedes, en la capilla?

–No.

–¡Julián!

Francisco salió del camarote corriendo. Antonio, ahora recostado, miró a Lucio como preguntándole a su paisano “¿y a ése, qué bicho le picó?”: Lucio abrió los ojos y profundizó su gesto de nada, con lo cual daba a entender: “¿Y yo qué sé? Liberato, igualmente desconcertado, dudó entre permanecer recostado o salir a cubierta: alzó los hombros y se quedó, le devolvió el libro a Giovanni. Giovanni recibió la Biblia, todavía embelesado con la historia que acaba de oír. No, no era con la historia, sino con la voz que había imaginado leyéndola; la historia en sí, para él, no tenía más sentido que la de un hombre a quien Dios encomienda una tarea y, antes o después, por las buenas o por las malas, habrá de cumplirla, aunque los resultados posteriores no se correspondan con los razonables a esa tarea, y terminen enfrentándolo con el inescrutable Dios... Para él, no tenía más sentido que éste... y le resultaba absurdo, viniendo de él, un lego. Prefería evocar la otra voz más que pensar en la historia; pensar en María más que en Dios. María era, al fin de cuentas, el móvil de su vida, de su instante, de aquel viaje que emprendía para cumplir con un sueño propio, es cierto, pero un sueño que debía cumplir si deseaba que María fuese feliz. ¿De qué manera podría hacer feliz a los suyos si él no era antes feliz? ¿Cómo podría decirles que la vida era maravillosa, si él no lo sentía, si tantas noches, como Jonás, rogó a Dios que le enviara la muerte? Detrás de Giovanni estaba María, y detrás de María, la promesa de felicidad. Eso era todo. Así lo creía. Y viniendo de él, le parecía absurdo.

Giovanni abrió el libro al azar e imaginó en cada palabra la voz de María. Se preguntó si Liberato podría enseñarle a leer, si aún le quedaría tiempo para aprender. Se preguntó si su voz, si el sentido de su voz, si la historia que narrarían su voz y su sentido, serían la misma que narraba la voz y el sentido de María. ¿Liberato podría enseñarle a leer con el mismo espíritu con el cuál lo hacía María? Tal vez hubiese sido conveniente armarse de paciencia y aprender con ella, pero le resultaba imposible admitir su pereza, o, por el contrario, fingir pereza para no descubrir su impericia. Tantas veces insistió María, y tantas veces Giovanni se negó. Lo mismo con todo lo que indefectiblemente debía ocurrir, todo, absolutamente todo en su vida, siempre retrasada, llegando después lo que hubiese debido ser antes, y no por un capricho de Dios, sino por el necio rechazo de Giovanni, por la duda, por el miedo, que lo obligaban a desviar el rumbo hacia temas de menor cuantía, o erróneos, o sencillamente circunloquios para llegar al mismo destino que hubiese obtenido de tomar por el atajo o por la ruta correspondiente, siquiera. Siempre igual con cada cosa, con cada decisión, postergando, negando cuando hubiese debido aceptar, aceptando cuando hubiese debido exigir más. Así era siempre, y el destino se encargaba de devolverlo por las buenas o por las malas, con ballenas o dóciles embarcaciones, pero siempre encausándolo al trabajo que debía terminar; así, como Jonás.

–Las tonterías que pienso–se dijo, y guardó el libro en el fondo del baúl.


Lucio encendió un cigarrillo, esta vez demasiado pendiente de las palabras que pensaba como para advertir que ya casi no le quedaba tabaco. En la oscuridad apenas quebrantada por un leve resplandor de luna, apareciendo tímida en un hueco entre grumos grises, Lucio podía ver esas palabras. No eran las formas, sino su sonido, su sentido; sería erróneo decir que oía alguna voz, pues, como se ha dicho, Lucio veía esa voz; y la visión era descarnada y desconcertante. Había las imágenes de personas, tal vez de sus padres, o de Pietro o de algún otro amigo, pero sin dudas la de Alma, y había las palabras, la visión de las palabras, de las cuales una era Amor. Y de allí surgía el desconcierto. Es que Lucio intentaba decir que amaba a su esposa, lo decía y se veía decirlo, y veía la voz diciéndolo, y veía al objeto de las palabras, pero no lo sentía. Él era apenas un observador de aquello que se representaba, para colmo, de manera tan cursi y trillada. Se quedaba pasmado por el esfuerzo que indudablemente hacía para demostrarse que amaba, pero sobre todo por la obvia inutilidad del esfuerzo. Saber que amaba pero no sentirlo, era un cachetazo tan potente que ni siquiera el buen humo hubiese podido amortiguar. Tanta era la sumisión de Lucio a ese día que estaba en el final del ocaso, en ese lapso que debía concluir con un sueño, límite hacia el nuevo día, que de manera inconsciente, con los carrillos, formó un perfecto círculo de humo... y no lo supo advertir. La argolla ascendió a mitad del camarote y permaneció allí, girando, envolviendo a un Saturno invisible, recostándose sobre la tenue claridad de la luna, ajena a los deseos de Lucio por formar una igual a ella. Saber que uno ama y no sentirlo, se dijo, y de inmediato resurgió la imagen de Alma y el impulso que sintió aquel día por conocerla, por hablarle, por acercarse, impulso que, con el mismo ímpetu, desapareció detrás del humo. ¿Eso era el amor? Si algo recordaba haber sentido, era aquello por Alma, un sentimiento alejado tanto en tiempo como en espacio. Tal vez el problema estuviese allí, en el tiempo y en el espacio, porque si bien hacía pocos días que no la veía, y los separaba una distancia real aunque inconcebible, Alma le parecía un sueño, una burla de sus deseos, de sus ansias por casarse, formar una familia y procrear; Lucio sentía (esto sí lo sentía) que todavía era un chico de quince años al borde de la vida, del camino. ¿Tan sutil era el amor? ¿Tan etérea la razón? Sin embargo, Lucio sabía que amaba...

La braza del cigarrillo le quemó los dedos; lo soltó ahogando un grito, bajó apenas un pie, aún calzado, y con el taco lo apagó. Se dijo que lo mejor sería dormir y no pensar. No pensar en nada, ni en la vida, ni en la muerte, ni en los amores que se razonan.

***

Ahí estás, sonriéndome, y yo aquí, incapaz de soportar tu angustia. Tal vez no sea yo, tal vez no seas tú. Allí está el camino, aquí estoy yo, en medio de una senda harto conocida, de una meta que se extiende infinita, tal como deben extenderse las metas, pero aún con todas mis ganas, aún con todos mis deseos de alcanzarte, sé que mis alas ya no sirven, que las he desperdiciado, que malgasté las fuerzas en el andar por tierra. Mira mis alas, son tan grises como el cielo; son mis alas las de una paloma vulgar, en cambio tú eres radiante... pero fría, casi... casi... no, me atrevo a decir esta palabra. No me atrevo, Luna.

¿Piensas en mí? ¿Esperas mi consuelo? ¿Qué hacer contigo, Esperanza? ¿Qué debo hacer con mis alas?


47- Final

sábado, 24 de enero de 2009

Capítulos Cuarenta y dos - Cuarenta y tres - Cuarenta y cuatro

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Cuarenta y dos


–No hay rastros, no hay manchas; no parece haber tenido nada contagioso.

–¿Entonces?

–Supongo que murió porque debía morir.

–Ayer le dolía una muela.

–¡Regina, por favor!

–Antes del anochecer tendremos que proceder...

–No comprendo.

–...Y mantendremos el aislamiento al menos dos días más, por precaución...

–Papá.

–¿Qué significa proceder?

–Eso es todo, señoras, mis condolencias; el capitán les informará.

–Doctor, doctor, qué significa proceder.

–No puedo decirles más.

–Usted dirá o no le permitiremos salir, ¿soy claro?

–Está amenazando a una autoridad, señor.

–Yo no creo que nadie tenga autoridad sobre mí, ni tampoco creo que una advertencia sea una amenaza. Las señoras le piden una explicación y será preciso que se las brinde...Por su bien, y esto sí es una amenaza.

–Bien, sí así, lo quiere. Al anochecer, el cuerpo será arrojado al mar. Lo siento.

–¿Cómo?

–Señora, entienda; falta mucho para llegar a tierra. No podemos conservarlo.

–¡Usted es un...!

–No, por favor, señor Francisco, el capitán ya nos había advertido.

–Esperanza, por qué no...

–Es la verdad, tía Regina, y además es lo más adecuado. No podemos transportar un cuerpo que ya empieza a corromperse.

–Qué bueno que comprenda, señorita.

–Sólo le pido que nos de tiempo hasta mañana, al amanecer; a mi padre le hubiese gustado así.

–Bien, veré que puedo hacer por usted.




Cuarenta y tres


Ahora el reloj indica que ya es la noche, aunque las luces apagadas persistan grises y ausentes como en la tarde, como en el comienzo declinante. Lucio siente la inquietud, la ansiedad de cada noche, pero esta vez es menos brusca; no hay la diferencia extrema del día y la noche. Es el denso y perpetuo gris, el color tibio y vomitable, el que le otorga la sutil tregua en el desasosiego. Al menos ahora hay una brisa, al menos renacieron los relámpagos rajando el cielo, al menos ahora el gris se justifica, y las nubes parecen nubes, hay los grumos y las sombras de los grumos en cada centellazo. Ahora, en la caída, el día parece haber recuperado la voluntad. El día, la noche, lo que fuese ese instante; los relojes decían que era noche.

Ya han dejado de oírse los lamentos, tal vez las mujeres se han dormido, o simplemente han agotado las lágrimas, o las ganas de llorar. Lucio mira hacia la oscuridad intermitente y descubre en las sombras otras sombras, más oscuras que las primeras, como formas de un continente, de un bosque, no, no de un bosque, mejor decir una selva; sí, las formas que Lucio ve ahora son las de una selva, un contorno selvático que se extiende sin fin en este ahora, en este instante, en este presente. Suelta el humo con desidia, casi es un acto reflejo, una exhalación necesaria para permitir la nueva inhalación, y seguir así, respirando, y fumando, consciente de que en el acto de fumar se reconoce con vida y sabiéndose vivo, ahora que el pozo es tan profundo, que la oscuridad posee esas formas caprichosas de selva en el medio de la nada, o en medio del océano (tan obvio pensarlo un desierto de aguas, tan obvio asociar ese todo, esa mayoría con la nada), sabiéndose vivo huye de la muerte. Vuelve a inhalar y luego a exhalar; lo hace consciente, estudia los movimientos y ahora, como cuando era niño, allá, en el límite del pueblo, con Pietro, cuando humo y tabaco todavía no formaban parte del universo, le molesta la sensación de respirar. No, no la sensación, sino la consciencia del acto de respirar. Recuerda que de niño, al descubrirse respirando, al sentir que su pecho se expandía y luego retomaba las formas, rítmicamente, acompañando el movimiento de los pulmones y el cosquilleo del aire entrando y saliendo por la nariz, creyó que ese respirar era un trabajo que requería de una inmensa responsabilidad, ¡y cuánta responsabilidad, tratándose nada menos que de la vida! Es que si olvidaba tomar el aire y luego soltarlo para permitir el ingreso de una nueva bocanada, moriría, como su abuelo. ¿Por qué murió el abuelo?, le preguntó a su madre. Porque se olvidó de respirar, le respondió la mujer. Y Lucio comprendió la importancia de aquella operación, fue consciente de la carga que la vida traía consigo y él que tan sólo era un niño. No era justo, no era justo que la vida propusiera trabajos tan arduos a los niños, así estos no tuvieran mayor responsabilidad que sentarse en el borde del camino, en los límites del mundo, con el mejor amigo, a sentir el sol en el rostro, a imaginarse historias de héroes y dragones, o de hadas, o de duendes, o de cualquier cosa que pudiesen confiarse entre ellos siempre y cuando no olvidasen respirar. Hacerlo sin consciencia, sin saber que se respiraba, no era nada desagradable, pero ahora que estaba la carga, la obligación de observar la vida, el solo pensar en su pecho inflándose y desinflándose en una cantidad de veces que excedía la cantidad de números que conocía (apenas hasta el diez y no en el orden correcto), lo fatigaba, como ahora, que fuma para restarle importancia al hecho de respirar, que suelta el humo del vicio como para darle a entender a la vida que las cosas no son tan importantes como ella cree, que uno puede inventarse preocupaciones muchos más graves y humanas, más reales, más de este tiempo en un barco en la tercera clase en el María Fioravanti en una noche de gris estancamiento; fumando se puede burlar de la vida, de los colores, del presente, fumando se sabe vivo, allí, donde un hombre yace muerto sin razón, sin señas de enfermedades; un hombre que parecía tan vivo, tan despreocupado, un hombre que seguramente se ha olvidado de respirar. A Lucio jamás le ocurrirá un olvido; para los recados se ata hilos en los dedos; para los cumpleaños marca en rojo los almanaques, para la vida lleva consigo el tabaco... Las lágrimas, las pocas lágrimas que le resulta imposible restañar, se encargan de traerle a sus chicas; Alma; la niña; sus chicas. Ahora, en el instante, en el presente, en el gris, en los grumos intermitentes, en el cielo que se parte en mitades caprichosas, en la selva lejana de formas fantasmales, en todo, en la brisa cada vez más fuerte que llega desde el Este, en todo, en el humo acre que exhala con desgano, casi como una burla, en todo, en todo, en todo: sus chicas. Sus chicas. Las suyas, las únicas, las de nadie más.

Las suyas.

Sus chicas.


Cuarenta y cuatro


La palabra que necesitaba Liberato, pero que indefectiblemente desconocía, era sinécdoque. Con ella hubiese podido enmarcar la idea que lo estaba acorralando. Un oficio, sólo una parte de la persona, tal vez la menos deseada por ella aunque ocupase su día, su vida, era la que lo definía. Pero Antonio carecía de otra identificación que no fuese su nombre. Por eso, cuando en su mente lo repitió tantas veces hasta lograr que la palabra perdiera su significado, su racionalidad, y se convirtiera en un ruido, en el onomatopéyico vuelo de una abeja, se creyó perdido. La persona Antonio estaba allí, con brazos y piernas, con torso y rostro (aunque éste nada dijera), con las ropas que le conocía, que eran las de Antonio, fumando la pipa de enebro, la pipa que Liberato sabía de Antonio, pero la palabra Antonio ya no tenía sentido, había desaparecido de su conciencia y con ella lo poco que había logrado captar de Antonio. Liberato entró en pánico, se dijo que todo aquello le pasaba por pensar demasiado, que todo tiene un límite, una cantidad que no acepta abusos. Creyó que de tantas vueltas que había dado en torno a la idea Antonio había logrado agotarla y agotarlo, desaparecerlo; ya nunca más podría recuperar la conciencia Antonio y mucho menos escribir sobre él; le quedaba Giovanni, y el resto de la humanidad, es cierto, pero Liberato había censurado todo nivel de pensamiento que pudiese provocar un agotamiento, que lo trastornase, que lo vaciase y le impidiese comenzar a escribir, sobre vacas, al menos, o sobre pipas. Liberato no quería pensar, pero pensaba, pensaba en la posibilidad de no tener más palabras, de que todo desapareciera junto con las palabras, porque era claro que el mundo existía porque existía el vocablo mundo, al igual que el barco por la palabra barco. ¡Dios, Dios Santo! ¿Qué ocurriría de agotarse la palabras barco, y luego cualquiera de los sinónimos que, por otra parte, Liberato desconocía? ¡Dios, Dios Santo! ¿Qué ocurriría de agotarse la palabra Dios? ¿Y si alguien ya conociera el nombre de Dios y, nombrándolo, o pensándolo en su nombre, estuviera agotándolo?

Liberato pensó tanto en su temor que poco a poco lo agotó, desapareció. Y gracias al cielo Antonio recuperó su nombre, o el nombre recuperó a Antonio... si es que alguno, al fin, era pasible de recuperación.

***

No estoy aquí, sé que no estoy aquí, siempre lo supe. Yo soy quien atraviesa el camino, quien viaja, siempre viaja y jamás llega. Es que no deseo llegar. Lo sé, siempre lo supe, aunque mi mente piense otra cosa, aunque crea que sólo espero la meta. Si al menos tuviera la suficiente sabiduría como para reconocerme, con o sin estas palabras, pero reconocerme viajero, eterno caminante de valles y montañas, siguiendo las huellas o inventando las mías, pero andando, siempre andando, sin un verdadero deseo de llegar. El camino es el que enseña, instruye los sentidos; si al menos mi atención se aplicara a una sola legua de este camino, y no siempre allá, en la Luna, en mi Luna, entonces ya no querría otra cosa, porque sabría que la felicidad está aquí, en ser quien soy y como soy; no gastaría mi ánimo en llegar a la Luna, pues la Luna no sería mi meta (no tendría metas, sólo el impulso de andar; por algo la tierra es redonda y la existencia circular), y sencillamente la invitaría a caminar conmigo, porque su compañía sería la perfección de este viaje; pero no sería mi meta; mi vida no dependería de la suya, ni de ninguna otra que la mía; la vida es para quienes estén dispuestos a vivir, y los caminos para quienes tengan voluntad de caminar; Luna, cómo desearía ser consciente de todo esto, cómo me alegraría saber que estarías dispuesta a caminar conmigo... verías que en el camino, en la conciencia del camino, tus lágrimas serían imposibles, tu dolor no tendría sentido, porque en la senda es imposible morir; sin metas que nos esclavicen, la muerte ya fue vencida.

Capítulos Cuarenta y cinco - Cuarenta y seis

sábado, 17 de enero de 2009

Capítulo Treinta y nueve - Cuarenta - Cuarenta y uno


Treinta y nueve

La oscuridad había vuelto a estancarse. No sólo el viento había desaparecido, sino que con él parecía haber sucumbido también el oxígeno. Esto ocurría afuera, en cubierta, y es de imaginar el sopor de los interiores, sin embargo la compuerta del treintaicinco permaneció cerrada luego de que optaran por salir los hombres, de manera que don Guido, o vale decir, el cuerpo que hubo ocupado don Guido, ahora era acompañado sólo por las mujeres, estas últimas, después de todo, sus únicos parientes.

En la cubierta de tercera, Giovanni y Lucio se refugiaron en el tabaco, al igual que Antonio, algo alejado, como aislado incluso, del resto del pasaje, de la muchedumbre que recién ahora, con el calor y la sofocación, era notoria, real, verdaderamente allí. Antonio encendió la pipa de enebro, su pequeño tesoro, y fumó sosegadamente, pero no como si buscase un refugio en el humo o en el acto mismo de fumar, sino concediéndose apenas un respiro, una tregua reparadora para luego continuar su lucha. Pero, ¿qué tipo de lucha emprendían los hombres como Antonio? ¿Qué identificaba y diferenciaba del resto a los hombres como Antonio?

A unos pasos se encontraban Francisco y Julián; el primero, también rodeado de una cortina de humo, parecía querer mimetizarse inútilmente entre la multitud y Julián daba la impresión de un hombre que huye, así, parado, inmóvil como se hallaba, parecía un punto alejándose rápidamente hacia el horizonte por un camino de llanura, pero que dudaba, se detenía y regresaba antes de haber siquiera arañado las cercanías donde las paralelas del camino se unían ilusoriamente en un punto, falso punto, falsa meta yuxtapuesta. Es que hasta en ellos había una diferencia que podía atribuírseles, la más obvia, la que reluciría hasta para el espíritu más perezoso: Francisco y Julián, en aquella cubierta apátrida eran extranjeros, españoles rodeados de italianos; desterrados y extranjeros.

Liberato los miraba a todos y sólo en Antonio parecía esfumarse la idea que lo intranquilizaba. Hasta de la morsa podía decirse que era un muerto, un hombre muerto: la clasificación. Lucio se había ganado el título de sacamuelas y aún cuando fuese mentira, allí estaba para representarlo en un rumor que comenzaba a extenderse en el resto del pasaje, para bien y para mal. No fue Antonio, fue Lucio quien finalmente obtuvo el título y la airada sospecha que moriría a un paso de comenzar. Giovanni era su héroe, o su antihéroe, según como fuera a terminar la historia que algún día escribiría. No era su musa, estaba claro, simplemente un hombre que se le había presentado propio para darle cuerpo a las historias sin que ni él ni las historias fuesen los protagonistas, no más que sus propias ideas que, ya sospechaba, no serían diferentes de las de muchos otros, ni serían mal interpretadas pues él las dirías con un lenguaje universal que... Pero Antonio... Antonio escapaba a cualquier clasificación, Antonio era como los días, que bien podían presentarse oscuros, como éste de ahora, o con un gran sol, como aquel de ayer, o incluso éste en sus primeras horas; los días nunca serían nubes o sol, los días serían días nublados o días con sol, sin perder su condición esencial, que es la de ser simplemente días; en cambio con los hombres, a la vista de los otros hombres, cada uno era lo que hacía o lo que tenía, o lo que aparentaba, y no simplemente hombre. Estaba el médico, el militar, el alfarero, el granjero, el taxidermista, e incluso el vago y vividor; todos ellos eran nombrado de acuerdo a sus especialidades, dejando a la esencia hombre, ser humano, en un plano de sobreentendidos en el cual, lógicamente, era prescindible la explicación semántica de que un alfarero era un hombre porque resultaba inadmisible pensar en un buey moldeando el barro. Liberato se iba formando la idea de que las palabras habían anulado la verdadera esencia, que cada interpretación suponía diferencias, pero en todas ellas subyacía la esencia negada; la negación de su idioma era mayor, incluso, que la del inglés, que contemplaba el prefijo hombre (taxman, postman...) en la identificación; en el inglés podía suponer una hipocresía que entre los suyos no estaba, aunque esto no le parecía ni mejor ni peor. En Antonio le resultaba imposible discernir nada de esto, ¿qué era Antonio, allí, fumando su pipa, mirando sin ver, descansando? Ni siquiera era un convaleciente. ¿Qué era Antonio? ¿De qué manera podría escribir a Antonio el día en que por fin se pusiera escribir? A los hombres de la tripulación que descendían por la escalera del pasillo sí podía identificarlos; eran marinos, en general, y uno de ellos, en particular, apenas más joven que Antonio, era oficial. Un oficial que ahora golpeaba la puerta del treintaicinco y se presentaba como médico. Las situaciones eran claramente identificables: las explicaciones reiteradas, el llanto de las mujeres, el desalojo del camarote para quedar adentro sólo aquellos hombres de uniforme marinero. Todo podía comprenderlo, y, si no, sospecharlo. Pero Antonio, allí solo, mirando y ahora viendo, mirando en dirección de las mujeres, de una de las mujeres, no permitía que se lo encuadrase en nada salvo en lo esencial. Y esto fue lo que se propuso escribir Liberato el día en que por fin se pusiera a escribir.


Cuarenta


Faltaba el sol, faltaba el aire, faltaba el cielo bajo un compacto gris que no eran ya nubes ni tormenta, sino apenas un color de ausencias. Ahora, que todo faltaba, Francisco notaba que antes hubo algo, o alguien, y que detrás de aquella aparente cortina de nada subyacía la presencia. El instante era como una caída. El mar parecía una alfombra gris repleta de picos blancos, de espuma sucia y renegrida, el barco se movía con las formas del agua, sin embargo parecía estanco, parecía el mismo instante. No había viento, ni formas lejanas que permitieran presuponer un movimiento, la inmovilidad y la ausencia estaban allí; pero para conocer y advertir ausencias y estancamientos, era preciso antes conocer la acción y la compañía; para saber que alguien estaba solo en el universo y que el universo no era más que ese alguien, que Francisco solo e igual al resto de los solitarios, pero diferente en su torre aislada, era indispensable haber tenido una conciencia de acompañamiento, de interrelación, de trama unificando las individualidades para que el todo se mostrara a los solitarios. Pobre Francisco, desconocía no ya con cuáles de las ideas se había sentido mejor, sino con cuáles había sido menos infeliz; pobre Francisco, sobre todo ahora, que buscaba una idea obligándose al escepticismo.

El gris asfixiante, la ausencia, era la más clara prueba de la retirada de Dios; tal vez fuese como había leído en aquél alemán igualmente cuestionado por los suyos, que declamaba la muerte de Dios, pero en esto también, para dar por cierta una muerte, antes habría que aceptar la vida, que hubo un dios que vivió y creó y dejó sus asuntos en heredad. Allí estaba don Guido, siendo revisado por los médicos del Fioravanti; el cuerpo de don Guido no era una invención de su soledad, no era una nada representada por su imaginación; don Guido estuvo vivo y habló con él, y él fue parte de su vida, de aquel momento, e incluso de éste en que lo pensaba. Hasta los instantes más absurdos en la vida de don Guido hubieron sido necesarios para que un día abordara el barco, y un día se cruzara con Francisco en el camarote treintaicinco de la tercera del Fioravanti. Y así como lo fueron los instantes de don Guido, también los de los padres y los abuelos, y los tatarabuelos de don Guido, y de todos quienes lo precedieron desde el primer día. ¿Qué día? ¿El de la creación de un dios muerto? Si Dios no existía había que inventarlo, dijo alguien, y los suyos tomaron este mensaje como una forma de desacreditar a los creyentes, aún siendo creyente quien lo pronunció; decían de ellos que preferían creer en una ilusión antes que admitir la nada (y los otros decían que preferían estar equivocados a creer que más allá del mundo no había nada). Es que Francisco también necesitaba que hubiese una razón para la vida (aunque lo negara), por algo al hombre se le otorgaban tantos años, por algo se le ofreció el discernimiento y las ciencias, la manzana del árbol prohibido, por algo, por algo, no se podía ser y estar sólo para disfrutar del sol, o para renegar de ese sol. No podía ser sólo esto, aunque fuese sólo esto. Por algo Francisco había dejado su España, el pueblo reseco, la casa de grises más profundos que los de este cielo estancado; por alguna razón se encaminaba a la América, algún mandato que trascendía su discernimiento le orientaba los pasos hacia un territorio donde trabajaría en la imprenta, y en las ideas que sustentarían la inexistencia de Dios. Por algo, de haber un Dios, aunque este fuese inventado, permitía que Francisco lo negara, y hablara de la negación, de las razones de la nada. Por algo algunos hombres no lo oirían, aferrados a sus creencias, a los rosarios de cuentas de vidrio, a las palabras que había oído en la voz conmovedora, piadosa y calma, de doña Carmela repleta de Fe. Por algo otros tantos le creerían, aunque entre ellos, así como en él, hubiese quienes en el discernimiento de la nada, negaran su necesidad de inventarse un Dios.

Y es que la vida tenía esas cosas, las vueltas irónicas a la que siempre lo sometía. La ciudad que lo esperaba, la Villa del Santo Rosario, sería el refugio desde el cual anunciaría la libertad y la ausencia de Dios. Su compadre le había escrito: “Francisco, hermano, si vieras estas tierras, y éste río; aquí es el paraíso”. La vida tenía esas cosas. Tenía estas de la nada y la ausencia, la espera sin fundamento, la inmovilidad de los grises compactos.

Ausencia, estancamiento, nada que prefigurase la idea del devenir. Sin embargo las horas se acumulaban, al igual que los días; el transcurrir del Fioravanti era incesante. Francisco, con los pies fijos en la cubierta de la tercera, extranjero entre los suyos, diferente entre los iguales, con los ojos puestos en sí, sólo veía a un hombre inmóvil, fijo entre los grises similares de arriba y abajo.

Pero el transcurrir del Fioravanti era incesante.

Y él lo sabía; y lo negaba.


Cuarenta y uno


Se estaba bien así, sin pensar en nada. Se estaba bien creyendo que en la evaporación de las ideas, que en la sensación agradable de saberse vivo, sin pensarlo, sin decirlo, y aún debajo de aquel cielo gris sin formas y sin cielo, se había logrado doblegar al sol. Era aquél quien se había humillado, por fin; el sempiterno. Era aquél quien se había retirado con el rabo entre las piernas, temeroso, aturdido, porque Giovanni no lo necesitaba ni lo necesitaría jamás para sentirse bien. Giovanni seguía allí y se estaba bien. El barco seguía allí y todo estaba tan, tan bien. Un hombre había muerto, un hombre que no era él, de manera que todo seguía, y seguía bien. Y si la cosa hubiera sido con él, si entonces la muerte hubiese sido un hecho también para él, entonces lo mismo daba, porque Giovanni no estaba pensando ni quería pensar más desde que había descubierto que así se estaba siempre tan bien.

No pienso nunca más, pensó. Y sintió que se sentía tan bien.

La muerte no es para mí, se decía, porque no deseaba ni admitía que la muerte fuese algo real, aún con un hombre muerto, aún bajo el cielo compacto y gris; es que allí se estaba tan, pero tan bien.

No había María, porque no pensaba en ella. No existía el tiempo porque no miraba hacia atrás, no tenía miedo porque tampoco buscaba espiar en el futuro. América y Argentina eran palabras huecas, meros ruidos, onomatopeyas de aquellas especies encerradas en la tercera clase de un arca como el de la historia que le leía María, aquella que no existía. Así se estaba tan bien, en el instante irrespirable, en la aislación protectora. Así se estaba tan bien, igual que un muerto a salvo de la muerte.

Así se estaba tan, pero tan bien.

Le caía tan bien no ser.

Pensó que no pensaba que le caía tan bien no ser.

Pensaba.

Pensaba.

Pensaba.

–¿En nada?

–En nada.

–¿Cómo es posible?

–No sé explicarlo, pero se está muy bien, muy bien así.

Lucio lo miró casi con lástima, tal vez con un poco de envidia, y lió un cigarrillo muy fino, pensando que los días no pasaban, que el mar estaba siempre allí, pero el tabaco se consumía y las ropas apestaban cada vez más. Toda la cubierta apestaba, ¿de dónde había salido tanta gente? ¿Tanto sucio olor a gente? Era el mismo olor de la antesala del hotel, el de las noches frías aferrado a la carne tibia de Alma, a la gravidez de acelerado latido; era un olor que conocía y odiaba, el olor de la pobreza. ¿Porque la pobreza olía así? Pero no toda la pobreza, sólo la material, la de las ciudades, porque en el pueblo, a pesar de todo, era posible disfrutar de los olivares, de la sequedad del polvo rayando el tiempo y arrojando fuera del espacio la inmundicia que apestaba. El pueblo olía a humo en el borde del camino y tenías las formas de una argolla y el sonido de los carrillos que la creaban. Nada olía tan mal. Él era el que olía mal, el que podía trabar los carrillos y destrabarlos con un ruido escalofriante, pero incapacitado de hacerlos, de crear, de consolidar las formas circulares del humo, allí, en la cubierta del María Fioravanti.

Miró hacia el frente y trató de desplegar un hueco en la línea que dividía el gris compacto de las aguas dentadas. Miró hacia el frente con todos los sentidos, como si quisiese oír y palpar el futuro, oler los huecos si con eso lograba desprenderse de aquel hedor persistente. ¿De dónde había salido tanta gente? ¿Tanto sucio olor a gente? En América no habría gente, ni tampoco aromas de los cuales renegar. En América habría sólo tierra y tabaco, y promesas de regreso en éste u otro barco, pero en primera, entre perfumes y buen tabaco, con América en los bolsillos, con argollas sustanciales formadas a golpes de carrillo, con un camino de agua, al borde, sin piedras ni Pietros, sólo agua y Lucio. Y Alma. Y la niña, que al verlo llegar fumando un tabaco de los mejores no tendrían más remedio que admitir que siempre, siempre, siempre, aún estando equivocado, aún cuando él mismo preveía la posibilidad del error, aún cuando la idea de que el tiempo se pondría de su lado le sabía a una tonta excusa, aún con todo eso por delante, siempre, siempre, siempre, había tenido razón. Siempre.

Eso mañana. ¿Y ahora?

Capítulos Cuarenta y dos - Cuarenta y tres - Cuarenta y cuatro

sábado, 10 de enero de 2009

Capítulos Treinta y seis - Treinta y siete - Treinta y ocho


Treinta y seis

Liberato detestaba el cinismo del destino, aquel que mancaba a los escritores, cerraba el oído de los músicos, o cegaba a quienes respiraban por sus lecturas. Lo detestaba sin conocerlo, porque de alguna manera lo sospechaba. Cada vez que tenía oportunidad de hacerlo, la vida se encargaba de resaltar sus virtudes histriónicas, matando, por ejemplo, a la única persona que parecía desear la vida, allí, en el María Fioravanti. O depositando en manos de un analfabeto el único libro disponible, y que ese libro sea nada menos que la Biblia, la Santa Biblia que su madre le leía todas la noches como si se tratara de un cuento de hadas. No la culpaba, ni le echaba en cara nada en particular, porque difícilmente la simpleza de aquella mujer le hubiese permitido pensar que algunas de aquellas historias incuestionablemente sabias le robarían la tranquilidad y el sueño; es cierto que le entusiasmaban la fuerza de Sansón y la valentía de David, al igual que la sabiduría de Salomón y las riquezas de la ciudad de Ofir, pero nada lo atormentaba más que las penurias del pobre Job, acosado por el Dios que se decía justo y piadoso, o los días de Jonás en el vientre de la ballena, o las Trompetas del día del Juicio, o las promesas del infierno para los pecadores o, lo que era aún peor, la indiferencia divina para quienes serían llamados al reino y no serían admitidos. La angustia que Liberato sentía al imaginarse en la puerta del gran Palacio Celestial, aguardando inútilmente que las puertas se abrieran por piedad, por olvido del castigo, o por lo que fuese, le provocaban las atroces pesadillas que todavía lo hostigaban. Era el peor de los castigos: ser llamados pero no admitidos, haber sido seleccionados pero luego desechados, haber recibido la promesa majestuosa para luego descubrir que no se había sido todo lo digno que uno había creído, que no merecía el cielo, ni tan siquiera un sitio en la antesala del reino. Podía imaginarse a don Guido golpeando las puertas del cielo, las puertas abriéndose, la luz de Dios abarcándolo todo, a don Guido ingresando con una sonrisa cómplice, lavando sus pequeños pecados en un gesto de simpático diablillo, y Dios accediendo, distendiéndose, borrando su expresión adusta, ofreciéndole su reino, aquél paraíso sin frentes perladas, y de sabiduría inmanente. Pero como él no sabía sonreír como lo hacían los simpáticos diablillos, y como además era joven, demasiado como para morir, no sólo no sería admitido, sino que tampoco se sentía llamado, y esa extraña ansiedad también actuaba de manera contradictoria en el ánimo del chico. Estaba ansioso, eso era claro, y sabía que debía tomar una pluma y una hoja de papel para comenzar a escribir de una vez; era su vida la que lo reclamaba, un impulso sublime, la necesidad extrema de redactar palabras, con o sin sentido para el que fuese a leerlas, pero con todo el sentido para él, quien escribía y necesitaba leer para conocer, y leerse para reconocerse; el sentido de sus palabras sería, nada menos, el de rescatarse a la vida, el de reconocer el llamado y luchar por ser admitido.

Tenía miedo, mucho miedo; miedo de que el destino, también con él, jugara a ser cínico y lo dejara sin manos antes de que pudiese escribir; que lo dirigiera a la locura antes de haber razonado; que lo dejara sin ojos cuando todavía no había leído ni la diez millonésima parte de lo que necesitaba leer, que le arrebatara la vida cuando aún le restaba vivir... que lo condujera al reino sin haber sido llamado.
O que habiendo sido llamado, lo dejasen afuera.

Mirando hacia el horizonte, desde donde llegaban las ráfagas cada vez más violentas, acoplando su fuerza a la imagen negra y entrecortada por luces de la tormenta que se acercaba, buscaba un signo de la ballena, del leviatán que devoró a Jonás y que seguramente lo evitaría a él, Liberato B., joven hijo de alfarero, oriundo de Nápoles, Italia. Él no era un profeta, él no huía de las palabras de Dios, de las órdenes del Señor, él no había recibido el mandato de exhortar al arrepentimiento; Liberato no hacía más que obedecerse, rebuscar en su alma las palabras que diría; estudiarse a sí mismo para conocer a los demás; todo eso hacía Liberato sin que Dios tuviese nada que ver en sus asuntos; sin embargo allí estaba la tormenta, allí avanzaba el manchón negro y relampagueante hacia el barco donde ya se había instalado la idea de la muerte, donde ya había un muerto para sujetar la idea; pronto soplaría el viento, y él no podría dormir, pronto la tormenta haría zozobrar la embarcación, y él que no huía de nadie; doña Carmela seguiría rezando y nadie le pediría que también lo haga él; pronto el miedo a Dios lo obligaría a esperar que los marinos vinieran por él y lo arrojaran al mar para calmar Su ira; pronto se daría cuenta de que nada de eso ocurría, salvo la tormenta; nada, ni tampoco habría ballenas esperándolo; nada, y los días seguirían igual, con él en la tercera, pensando que debía vivir sin notar que estaba vivo, diciéndose que debía escribir sin advertir que ya lo hacía, soñando que algún día moriría sin aceptar que su muerte había comenzado el día que nació; sabiendo que sería llamado, temiendo no ser admitido, sin saber que... sin saber si... sin saber...


Treinta y siete


Se estaba bien así, entre el calor de las velas y la gente, olvidándose de que el tiempo corría, o simplemente pensando que el tiempo sí corría cuando en realidad era él, Giovanni, quien avanzaba sin pausa entre velones y gente.
Era extraño aquel leve resplandor de las velas, ahora que el cielo se había cubierto y el viento, extrañamente, había recobrado la calma de la víspera. La débil llama denunciaba la escasez de oxígeno en el camarote, cerrado a los curiosos y al aire. Sin embargo se estaba bien, así, adormecido, casi divagando con velas apresuradas y gente inmóvil y Giovanni evaporándose en la carrera. Se estaba bien, muy bien, aunque los relámpagos sin truenos parecieran burlarse de quienes velaban al muerto al decir que la vida y las luces centelleantes y atronadoras estaban lejos, muy lejos, o cerca, pero no allí, en el María Fioravanti, en la tercera del María Fioravanti, en el camarote treintaicinco de la tercera del María Fioravanti.

¿Habrá sabido leer don Guido? ¿Por qué se preocupaba por eso ahora? ¿Por qué, de pronto, creía que tenía el mundo y la vida por delante para aprender a leer, a escribir, y hasta enseñar a otro, más tarde, si lo deseaba? ¿Por qué sentía tanta confianza reconociéndose corredor, uno más, entre velones y gente, sabiéndose observado por un tiempo inmóvil? Es curioso, pero así ocurría. Tal vez fuese porque en el treintaicinco faltaba el aire. Tal vez. Quién sabe. Lo cierto es que no sentía el apremio de ayer, no necesitaba buscarse excusas para evitar pedirle las lecciones a Liberato porque en realidad no deseaba lecciones; ahora podía esperar, prefería quedarse así, allí, donde se estaba tan bien, muy bien. No pensaba en María, ni en América, ni siquiera reparaba en las lloronas, sólo aceptaba el instante, y lo disfrutaba, y se embriaga con los colores y los aromas renaciendo de la asimilación.
Se sintió feliz. Es que así se estaba muy bien, pensando que prefería vivir en viaje a llegar vivo y morir en (con) la meta.

Las luces eran tenues, perfectas, pero sintió que sus pies se aflojaban y que sus párpados caían.

–Giovanni, ¿estás Bien?

–¿Eh? Sí, sí, estoy bien.

–Ven, vamos a tomar un poco de aire antes de que comience a llover; tengo ganas de fumar.

–Vamos, sí; vamos.

Lucio convidó de su tabaco a Giovanni y lió un cigarrillo para sí con el tabaco negro que le había obsequiado Francisco. Mientras le ofrecía fuego a su compañero, mirando la punta fina y cerrada de la mezquina aguja de papel, pensó que ya le iba quedando poca autonomía a la provisión. Pensó que en Buenos Aires pronto podría comprarse el mejor tabaco y en la cantidad que quisiera y esa idea repetida le permitió alejarse de Giovanni y disfrutar de su propio cigarrillo; el de Giovanni, ayudado por el viento húmedo y salado que renacía bajo el cielo encapotado, se consumió pronto y al cabo de la última pitada, el joven T. regresó en silencio al clima espeso del camarote treintaicinco. Lucio permaneció en el pasillo, con algo más de medio cigarrillo, fumándolo lentamente, reteniendo en la boca el sabor acre del tabaco negro, masticando con dientes de aire el humo que ingresaba a los pulmones y contagiaba su picazón a la sangre, a los colores, a las ideas; puntos insignificantes, como gotas de sal, se extendían delante de sus ojos junto con el leve zumbido que más que un ruido era un mareo, una forma de sentir más que de oír o de ver, un sensación de humo en lugar de carne bajo la piel de papel de cigarrillo que se consumía con el fuego de la espera y la repentina tristeza de las tardes, de las agonías, del retomar viejos rostros, viejas culpas; de reconocer lúcidamente en sus palabras las excusas que había necesitado para confirmar su vida y que ahora eran sólo eso, meras excusas, estúpidas razones sujetas de las barbas por frases sin lustre ni sentido. Era una excusa la palabra América, era una razón inventada tanto para sus labios como para los oídos de Alma y las pequeñas manitos de la niña.

La niña, Lucio la recordaba así: la niña. En ese recuerdo de las tardes excusas, prefería recobrarla sin nombre, casi como una unidad, ella era una con él, sin importar que fuesen dos de nombres épicos o vulgares... era la niña, simplemente la niña, su hija, él mismo. No lograba concebirla como existencia individual, separada de la suya; por eso recaía en esas penas vespertinas, por eso olvidaba el impulso de las mañanas, el fuego del sol, la maravillosa concepción que tenía de la existencia, una existencia en la cual la vida sólo era vida para quien estuviese dispuesto a vivirla. Y Lucio sabía que cada mañana recobraba la disposición, por eso, por las tardes, cuando el impulso de arrojarse al mar era tan intenso, se aferraba a la promesa de las horas siguientes, y se permitía esperar un poco más, un poco más, un poco más, con humo en lugar de carne bajo su piel de papel de cigarrillo.

Y así, con una leve esperanza recobrada, omitía darle curso a las preguntas que se hacía frente al cuerpo de la morsa, ¿qué sentido tenían las vidas? ¿Por qué, para qué los afanes si al fin y al cabo sobrevenía la muerte? Era en las tardes, cuando desfallecía, que se hacía las mismas preguntas. En las mañanas, cuando hubiera podido responderlas, Lucio no pensaba en ellas, porque estaba ocupándose de vivir.


Treinta y ocho


No fue por las lágrimas de Regina, ni tampoco por los llantos de María. La noción de lo que en realidad estaba ocurriendo la tuvo al oír el extraño tono de voz que Carmela utilizaba para recitar su rosario; es que no había en el ritual diario la monotonía de las repeticiones sin sentido, no era un rumor de palabras que adormecen, como cualquier día, como un día cualquiera; Esperanza tenía la imagen de su madre rezando tan grabada en su mente, tan asimilada, que ni los cambios de lugar, ni las evidentes huellas que una vida de pobreza había dejado en la mujer mayor, lograban darle un toque que la diferenciara en el tiempo; sin embargo ahora era distinto, ahora las palabras resonaban como si hubiesen sido pronunciadas pensando en el valor de esas palabras, consciente, quien hablaba, del sentido de las frases. Dios te salve, María... el saludo, la doxología, no era un mero formulismo, había en ese comienzo repetido por diez y diez más y diez más un real deseo de ser oído; Carmela no sólo aplicaba un sentido religioso a la paciencia de los vivos y el destino de los muertos y de los que vamos a morir, todos pecadores, sino que destilaban una auténtica piedad hacia el alma del hombre que yacía con dos monedas de cobre sobre sus párpados ya fríos. Bendita tu eres entre todas las mujeres, repetía Carmela, y parecía entregarse a sí misma a la voluntad divina, parecía desear en ella la enorme capacidad de la Madre Santa, pero no como un acto de vanidad, sino de piedad, otra vez piedad; Carmela deseaba tener una milésima parte de la gracia de María para, con ella, poder consolar a Esperanza, sobre todo a Esperanza, que al oír el rezo verdadero de su madre, tomó real conciencia de lo que había ocurrido, y entonces se echó a llorar. Y en ella, las lágrimas no eran egoístas, sino que eran de temor. Papá había muerto y Esperanza quedaba sola en el mundo, sola en esa gran caja que era el mundo y que alguien alguna vez abrió para que huyeran y se esparcieran todos los males, todas las pasiones más allá del mundo, más allá del océano, de América y de los sueños, para dejarla sola. Sola Esperanza. Nada, nadie más que la pobre Esperanza en el camarote treintaicinco del María Fioravanti. Nadie, y sola siguió llorando. Sola. Sola Esperanza. Papá había muerto, su origen, la razón, aquél que la cuidaba y la protegía en su soledad. Esperanza estaba sola, desde ahora y para siempre, oyendo el rezo piadoso, huyendo del rezo piadoso, hallando piedad en el rezo... Y llorar, seguir llorando.

Aquí me ves, yo también estoy solo, buscándote, tratando de saber si dejarás que me acerque, si deseas que te encuentre. Por qué insisto en pisar sobre tierra firme, si sé que no existen las certezas, que lo único verdadero es lo inesperado, que tú eres como yo y bien podrías rechazarme para quererme mañana, o tal vez desearme en este instante, y olvidarte de mí por el resto del tiempo que nos que queda, que te queda, que me queda, al fin y al cabo el que me duele. Te temo porque me conozco, me atormenta tu decisión porque sé que no será firme, así como no lo son nunca las mías; sé que te condueles, que te arrepientes, que lloras pero después de haber reído. O que ríes sin nunca haber llorado, o que vives, simplemente vives, como vivo yo y vive la Luna, y vive el íntimo deseo de vida que arrastra consigo el viento y fecunda el sol por las mañanas. Sé que vives y que en tu vida reiteras los pasos de todas la vidas, que vas hacia el mismo sitio, hacia el recomenzar de los ciclos, ciclo nuevo con palabras, sin palabras, con sudor en la frente o libre del escollo de este sufrimiento. Todo lo sé, todo esto lo sé, y sin embargo persisto en mi error, en mis miedos que nos son más que el temor que yo mismo me provoco, el temor a equivocarme, a no ser firme, a no saber darle sustancia a mis deseos, a que habiendo encontrado la forma, ya no me importe, o ya no me quede tiempo para que al fin me importe. Sé que estoy aquí, en el camarote de un barco que parece tan fuerte y tan sólido pero es nada comparado a ese mar que ruge afuera, ruge con el viento, con las luces que quiebran el cielo y amenazan caer sobre el mástil mayor del barco, sé que la zozobra prefigura la flotación pero al mismo tiempo el peligro del abismo, de la oscuridad salada y húmeda que nos libraría de las penas, del tiempo, de las preguntas, de pensar en nada, de insistir con el temor de si tal cosa o tal otra, de si mañana o ahora, de si tú o quién. Todo, todo lo sé, pero desde cuándo lo sé. Cómo lo sé. Bien quisiera ser consciente de esta sabiduría, de estas palabras que la explican pero que jamás podría pronunciar. Bien quisiera ser consciente del mar y del rugido, del cielo oscuro y de las luces que lo parten, pero sólo tengo conciencia de ti, Esperanza, de tu cara y de mis dudas, en tus manos, y en tu piel, en tu figura, en tus lágrimas, en tu dolor; tus partes son el todo que alcanzo a percibir; no me apenan tus lágrimas porque sin ellas tú no serías ahora, ni me inquieta tu dolor, ni me afligen tus pensamientos; nada de esto tuyo, ahora, está de más o está mal; nada me mortifica porque todo es necesario para que tú seas tú, para que yo sea yo. Todo está aquí para confirmarte y confirmarme; somos lo que somos, Esperanza, y así está bien. Lo sé, todo esto lo sé; quisiera ser consciente de esto que sé desde cuándo, cómo, por qué. Lo sé, todo lo sé, y sin embargo soy tan ignorante.

Sus ojos se cruzan, parece que se miran, pero es él quien mira, ella está ausente. Sus ojos se cruzan y si no hay chispas ni roces, es porque una de las partes carece de sustancia, tal vez las dos, tal vez no se trate sólo de ausencias, sino también de temor. Sus ojos se cruzan, parece que se miran. Lucio lo nota y no le interesa. Liberato lo nota y aunque piensa que no le interesa, sin advertirlo toma notas, y sigue pensando en la vida que debe vivir. Francisco lo nota y encuentra diferencias en ese acto repetido, donde un hombre y una mujer parecen alistar los trajes para el baile de seducción, aún allí, en la sala de un muerto, pero... Julián lo nota, y se obliga a no pensar, a no mirar, a no desmenuzar el hecho como lo haría su tío; Regina lo nota, María lo nota, pero miran hacia otro lado y simulan que nada ha ocurrido, que aquello que está allí no existe. Carmela lo nota, aunque tenga los ojos cerrados y en su mente aún retumben las palabras que la sumen a la voluntad del Creador, de manera que no le importa, así está todo bien. Giovanni lo nota, quizá lo nota, pero en realidad parece dormido, alelado con la luz tenue de los velones ya casi a la mitad. Sus ojos se cruzan, todos lo notan, parece que se miran, pero sólo es Antonio quien mira, y no precisamente a Esperanza. Mira más allá de ella, casi sin impulso, sin voluntad de mirar. Mira las consecuencias, las buenas y las malas, ve América, o lo que imagina de ella, mira y ve hacia atrás, los caminos hacia la Luna, los falsos caminos de las noches sin lunas. Mira y ve todo cuanto le muestran los recuerdos y las proyecciones, pero el ahora donde está Esperanza es dolorosamente inexistente, es apenas la sala de espera de lo que vendrá, el cuarto de descanso para recuperarse de lo que pasó, o peor, para analizar y revolcarse en el barro, para no encontrar fuerzas que lo saquen del pantano; todo eso pasa por la mente de Antonio mientras parece que la mira. Esperanza, sencillamente no está; ha logrado acallar sus ideas, ha censurado sus palabras, tal vez en ella la vida duró un segundo, pero desde afuera parece mucho más, pero esto nadie lo nota, ni siquiera ella, ni siquiera Antonio que no la ve porque no está, y muchos menos ella, que, gracias a Dios, por un segundo dejó de pensar.

Capítulo Treinta y nueve - Cuarenta - Cuarenta y uno

sábado, 3 de enero de 2009

Capítulos Treinta y tres - Treinta y cuatro - Treinta y cinco


Treinta y tres

La vida tenía esas cosas, las obviedades necesarias, como en los diálogos, para confirmarse como vida; verdad de perogrullo: para que alguien advirtiera que aquella forma que tenía delante de sus narices era la de una montaña, pues antes debía haber visto una montaña, o al menos haber oído una descripción del objeto montaña, aunque en este punto, la certeza se prestaría a confusiones; la subjetividad del relator podría fácilmente perderse en la del oyente... y por qué no pensar, entonces, que aquello que parecía vida porque alguien le había dicho que así era la vida, no era una percepción subjetiva y falsa de aquel relato a su vez erróneo y así hasta el primer hombre, colgado del árbol de esta misma desconocida y sin embargo ahí, adelante para que todo el mundo la confundiera. Liberato B. huyó de Nápoles creyendo en las palabras de alguien que le habló de la vida, frases oídas y leídas que hablaban de viajes atormentados y regresos no menos problemáticos y frustrantes; la vida no estaba en Nápoles, o también estaba en Nápoles, repetida y absurda, repleta de sobreentendidos y lugares comunes cuya función era confirmarla, confirmar el error. Para escribir sobre la vida, había que vivir, y allí en el Fioravanti nada era diferente, nada se prestaba a la revelación, o acaso todo servía a ella.

Allí estaban sus personajes, sus diálogos, sus historias, pero era todo tan obvio, tan calcado a la vida, que no podía dejar de preguntarse si harían falta más palabras, las suyas; si alguien podría interesarse por su descripción subjetiva y falsa de aquello que estaba ahí, delante de sus narices, confundiéndose con la inercia de una existencia sin sentido.

En la vida del Fioravanti, en la de Nápoles, en la del mundo, en cualquiera de los límites imaginados, las circunstancias le regalaban, por ejemplo, situaciones en las que se encontraba con una mujer llamada Esperanza en un sitio donde todo el mundo se la inventaba. ¿Era necesaria la obviedad? Hasta su nombre le resultaba más que obvio. Pobre B., suspirando entrecortado en el camarote treintaicinco, perdiendo el hilo de sus penas en el dolor egoísta y ajeno de las damas que lloraban por una muerte sin sentido.


En el corredor opuesto de la tercera, clausurado ahora por una valla improvisada y un marinero aburrido, la gente, en su mayoría españoles, preguntaban a viva voz el motivo de la muerte. No había motivos, ninguna muerte lo tiene más allá de la vida; sin embargo la preocupación era hasta cierto punto justificada. Imaginaban una peste, una invasión de ratas, o cualquiera de los fantasmas conocidos o temidos. La indiferencia no era el mejor remedio, pero el mismo miedo de aquellos obligaba la desidia de estos. Y nadie, absolutamente nadie, reparaba en el calor, en el día atravesando el trópico, en la dirección firme del Fioravanti; las cosas ocurrían ahora, el terror silenciado era presente; y la muerte ya era el pasado.
Un oficial y dos marineros bajaron de la sala de mandos con velones que acomodaron en el treintaicinco, en los bordes de la litera de don Guido.

Liberato observó las velas y pensó que las muertes en el mar habrían de ser corrientes. Se prometió guardar este detalle para el libro que algún día escribiría.


Los preparativos se hicieron en silencio. Esperanza vistió a su padre con la ropa de los domingos; antes tuvo que revolver el baúl y rescatarlas del fondo, pues ya se sabe que en los barcos no había domingos, acaso tampoco había diferencias entre días. Doña Carmela lo aseó lo mejor que pudo, mientras Regina y María encendían los velones. Mientras la acción era el centro, el mundo giraba como siempre, imperceptible, sin risas ni lágrimas, las miradas como piedras, las personas como agua o viento, apenas elementos; pero cuando la escena estuvo dispuesta, cuando las mujeres, unidas por el dolor, contemplaron la improvisada capilla, el llanto espontáneo fue unánime, salvo Carmela, que aún con un brillo húmedo bordeándole los ojos, mantuvo la coherencia repasando las falsas perlas de su Rosario.
Era un hecho, don Guido estaba muerto, y las circunstancias repetidas, los ritos necesarios, como los diálogos y la vida subjetivada, estaban allí para confirmarlo.


Treinta y cuatro


Las cosas ocurren como deben ocurrir, siempre lo supe. Lo bueno, lo malo, los deseos negados, los golpes imprevistos, todo. Es que no hay bueno ni hay malo, solo valoraciones personales. No existen deseos negados, solo el temor de verlos cumplidos. No existen los golpes imprevistos, solo la negación de los signos que los anuncian. Siempre supe que debía volar y preferí caminar en caminos a veces impenetrables, pero otras placenteros y hasta sumisos. Siempre supe que detrás de mi afán por conquistar la Luna, estaba el miedo de llegar y encontrar que no era como la había imaginado. Siempre supe que sería Giovanni y no yo quien pudiera decir si mi supuesto destino le había resultado bueno o malo, cuando aquél simplemente era.

Y ahora que estás conmigo, que te siento entre mis brazos, que tus lágrimas lloran un dolor aún ausente y caen insustanciales sobre el hombro que te ofrezco, que mis manos apenas rozan tus brazos tibios y mis dedos sienten la sutil aspereza de tus ropas, vuelvo a preguntarme si eres tú la Luna que deseo, si debo alcanzarte en vuelo o acaso seguir un camino, si debo alcanzarte... si me dejaré alcanzarte.

Quisiera sentir tu dolor, ser yo quien sufre por ti, pero apenas albergo lugar para esta duda que antes fue alegría. Estás conmigo, me has elegido para descargar tu incredulidad, y eso no sé si es bueno, aunque sé que es.

Luna, mi Luna, somos este instante sobre tablas crujientes y viento insinuado, somos aquel cielo que comienza a dibujar oscuras nubes allá, tan lejos, donde parece terminar el mundo, un mundo de agua, donde dicen que está la tierra, y más allá la América; la tierra, la América, la Tierra, y tú girando tu órbita distinta.

Las cosas ocurren como deben ocurrir, siempre lo supe. Los deseos se cumplen para quienes están dispuestos a enfrentarlos; los que no, aunque se quejen, aunque lloren, aunque blasfemen por un destino al que gritando califican de injusto, en el fondo saben, ellos también saben, nosotros, todos sabemos que recibir la inercia es haberla deseado; hay que estar dispuesto a ser valientes para enfrentarse a los anhelos.

Lo sé, siempre lo supe.


Treinta y cinco


Una brisa fuerte, que no llegaba a ser violenta, le impedía encender la pipa. Más allá adivinaba el grumo pardusco que prefiguraba la tormenta. Cualquier persona que hubiese mirado la misma escena hubiese pensado en un incendio en pleno océano, en un tren que dejaba su huella de humo expandiéndose esclavizada por el viento, incluso se hubiese permitido fantasear con el hálito inmenso de un dios gigante soplando sobre el agua como cualquier niño podría hacerlo sobre un plato de sopa caliente, todo esto estaba dentro de las posibilidades, allí, en la abstracción del María Fioravanti, salvo la realidad de un frente tormentoso que se acercaba aún en silencio y opaco, sin las estridencias sonoras y visuales de los rayos, sin la vanidad centelleante de las tormentas. El viento, incluso, llegando después de horas, tal vez de días de calma absoluta, le resultaba imperceptible; su cabello se agitaba, al igual que los pliegues de sus ropas; sus manos eran incapaces de impedir que se apagaran los fósforos, sin embargo lo negaba; lo sabía y lo negaba. Ahora, obligado al límite impuesto por un hombre que era su igual pero que sin embargo dominaba, ahora, delante de un cuerpo inerte de alguien que fue su igual y que ahora le parecía tan distinto, ahora, contemplando el rostro de un dolor que había desconocido, se preguntaba cuándo fue que había tomado real conciencia de sí mismo, de su igualdad a pesar de todas las diferencias que existían. No fue en el pueblo, bajo el ala de su madre, al morir su padre. No fue siquiera al partir, en las aulas de una escuela que le enseñaron de libros de tiempos remotos semejantes a los actuales, tampoco fue en la Iglesia, donde el cura lo obligaba a la culpa en la sangre del Cristo crucificado, tampoco fue al conocer a su guía, quien le señaló el camino de la libertad, mucho menos el día en que comenzó a explicarse y admirar en esa explicación al Cristo que antes había asesinado, a ese Cristo más humano que empezaba a tener un sentido justamente por humano, quizá el único y verdadero sentido, permitiéndose la aceptación porque las palabras de aquél hombre no se oponían a las de la libertad. No, no podía precisar en qué momento advirtió que ya no era hijo ni padre, ni siquiera tío, o amigo, o cualquier otro título que lo justificase en la sociedad; no lograba dar una fecha al instante en que advirtió que él era quien era individualmente, que el tiempo que vivía era el suyo, que él era un representante de su generación, de la generación de iguales repletas de diferencias, que nadie podría vivir su vida y que mucho menos él podría vivir las ajenas; ¿cuándo fue que entendió todo aquello? Ni siquiera podía imaginar esa conciencia que parecía absoluta y eterna, sin comienzo (y probablemente sin fin) más allá de los días que lo limitaban al María Fioravanti. Bien podría ser una idea que albergaba desde su niñez, es cierto, incluso desde antes de los cirios apagados y las paredes grises, pero no se había expresado o no le había permitido nacer, porque su viaje había necesitado justificarlo a los demás, sus ideas necesitaban justificarse en la aceptación de los demás, la continuidad debía asegurarse en la apertura de la juventud, de los Julianes y los Liberatos, incluso de los Lucios, los Antonios y los Giovannis; todos ellos debían oírlo y aceptarlo, aunque para él, para Francisco, para que Francisco se sintiese Francisco, no necesitara más que de Francisco, de la mente de Francisco, y de la pipa que por fin consentía en encenderse, del fumar, de la conciencia del acto de fumar. Y de unas nubes que él veía, allá, como grumos oscuros, como un incendio, o como huellas de un tren. Allá, donde un dios poderoso y gigantesco soplaba para entibiar los ánimos, o acaso para impulsar las velas de un marino desconocido.

El humo agradable le hacía olvidar la muerte, de la esencia que él mismo llevaba consigo en esa conciencia sin tiempo. Había lágrimas en los rostros, lágrimas que ahora estaban pero que mañana ya no; tal vez, con el recuerdo, reaparecerían furtivas y consoladoras, pero volverían a desaparecer, y con ellas la muerte, don Guido, la influencia del viejo italiano sobre cualquier acto de la vida; la muerte de don Guido no sería como la de aquél hombre coherente, sobre quien recaían las penas dos mil años después. O tal vez sí, tal vez sí... quién podría asegurarlo.

El primer quiebre de luz sobre el grumo oscuro, que desapreció en una bifurcación viperina, le devolvió la conciencia de nube, la conciencia de hombre que piensacuestionarechazaoacepta, y se preguntó: ¿qué hago aquí, obediente de los hombres?


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